sábado 7 de noviembre de 2009
MALDITOS ADMIRADOS
El acento en el hombre
Guillermo Thorndike (1940-2009)
The great Rick in the sky Leer más...
MÚSICA
¡SALVE LA DIOSA! por Fred Borbor
Scream for me Lima! (Reseña del concierto de Iron Maiden en Lima) por Bryan Kabsther
Canta Warmi por Joseph Neyra
La mejor noticia del año. por Fred Borbor Leer más...
POLÍTICA
La historia de una imposición, de una inconstitucionalidad por Joel Caceres
La emergencia del Tribunal Constitucional por Fred Borbor
¡Dios mío, se aprobó despenalización del aborto eugenésico! por Fred Borbor
De retumbas y declaraciones por Joel Caceres
Cabronadas por Fred Borbor
¡Perú campeón, Perú campeón! por Fred Borbor
De ferias, mensajes y cumpleaños por Joel Caceres
¿Sabía usted que...? por Fred Borbor
Selva negra Bryan Kabsther
¡Se siente, se siente... Keiko Presidente! por Fred Borbor
Fujimori es inocente por Fred Borbor
El raspado de las ronchas por Fred Borbor
Colaboraciones:
Economistas forever por César Zarzosa Leer más...
POÉTICA
Página onírica por Bryan Kabsther
Páginas oníricas II por Bryan Kabsther
ENCUENTRO (cursileras primarias) por Joel Caceres
Cursilerias primarias por Joel Caceres
Obsequio por Hector Ccahua
Hoy vi a Dios por Fred Borbor
Cuando la inspiración llega por Joel Caceres
Picos por Bryan Kabsther
Miseria por Hector Ccahua
Después del tiempo por Joel Caceres
Un simple sueño por Fred Borbor
Ella por Joel Caceres
Inspiración perdida por Dither Durand
Cursileria adolescente (MAR) por Hector Ccahua
Escribir estas palabras por Joel Caceres
Te odio madre por Fred Borbor
Despedida por Hector Ccahua
S.M. por Bryan Kabsther
Poema para un llanto desolado por Hector Ccahua
FOBIA por Bryan Kabsther
Asesinarte por Joel Caceres
De tu encanto por Dither Durand
Confesión por Fred Borbor
Reverberación por Bryan Kabsther
Los labios de la puta Gioconda por Fred Borbor
Agradecimiento por Joel Caceres
Un dolor en el ano por Fred Borbor
Adicciones por Bryan Kabsther
Poema de un amor desesperado por Hector Ccahua
Decir nada por Joel Caceres
La masturbación primera por Fred Borbor
Anhelos reflejados por Bryan Kabsther
Es tan fácil romper un corazón por Fred Borbor
La noche que te vi por Hector Ccahua
¿Por qué me dueles tanto? por Fred Borbor
Manifiesto por Joel Caceres
El crepúsculo del héroe de mil batallas por Fred Borbor
Ceniza por Bryan Kabsther
Monstruo por Joel Caceres
A tu culo. por Fred Borbor
Recorro risa infantil por Joel Caceres
Deposiciones urgentes por Hector Ccahua
Colaboraciones
Retrato por Glaucos
Cuerdas cuerdo por Edy Valcarzal (abisal)
Visión nocturna por Ronald Coronado
El día del cóndor por Guillermo Chirinos
NARRATIVA
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (Pt7) por Fred Borbor
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (Pt6) por Fred Borbor
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt5) por Fred Borbor
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt4) por Fred Borbor
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt3) por Fred Borbor
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt2) por Fred Borbor
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt1) por Fred Borbor
Los borrachos también lloran III por Héctor Ccahua
Los borrachos también lloran II (2) por Héctor Ccahua
Los borrachos también lloran II (1) por Héctor Ccahua
Los borrachos también lloran por Héctor Ccahua
H por Bryan Kabsther
Mi nombre es Mercedes y he nacido para amarte por Héctor Ccahua
Hijo de tu padre por Bryan Kabsther
Nunca podrás llegar (Pt1) por bryan Kabsther
Memorias de un Mongo (Parte III: Cursilerías secundarias) por Bryan Kabsther
Memorias de un mongo (Parte II: !Amiiiiiiigo eeees¡) por Bryan Kabsther
Memorias de un mongo (Parte I: Dibujos que aburren) por Bryan Kabsther
De lo que sabe y de lo que no por Héctor Ccahua
Crónicas por Héctor Ccahua
Corazón delator por Héctor Ccahua
Un viaje (fragmento) por Fred Borbor
Yo soy la muerte y estoy aquí para bailar (y para cobrar) por Bryan Kabsther
Romance por Héctor Ccahua
Pura Ficción por Héctor Ccahua
NO ME ODIES por Bryan Kabsther
ES LA EVOLUCIÓN... NENA por Bryan Kabsther
Catarsis por Héctor Ccahua
A LA POLICIA SE LA RESPETA (Crónica de una crónica) por Bryan Kabsther
Los ojos no engañan por Héctor Ccahua
Todo por un cabro por Héctor Ccahua
La fábrica por Bryan Kabsther
¿Escuchaste? por Bryan Kabsther Leer más...
viernes 30 de octubre de 2009
El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt 7)
Uno de nuestros amigos tuvo la gentileza y la fineza de ofrecerse para llevarnos a casa esa noche después de la grandiosa fiesta que hubo por tu cumpleaños en aquel pequeño pero acogedor club del centro de la ciudad. Era un amigo entrañable al que ahora recuerdo con mucha nostalgia y al que también perdí por ser tan poco condescendiente con el cariño que tanto me prodigó durante aquel tiempo. Te pido por favor que cuando hables con él –ya que estoy seguro que tú sí supiste valorar su amistad–, le mandes mis saludos y mis más sinceras gratitudes por todo el apoyo y amor que siempre nos brindó.
La cantidad exagerada de licor que habíamos ingerido durante la fiesta nos había pasado la factura y ambos nos tumbamos en los asientos traseros del hermoso carro que tenía nuestro amigo. Nuestra ebriedad era tal, que no podíamos siquiera pronunciar bien las palabras con las que queríamos seguir la conversación de nuestro benefactor y sólo nos dedicamos a balbucear frases ininteligibles e inconexas. No quiero imaginar ahora lo que puede haber estado pensando aquel amigo nuestro mientras nos escuchaba hablarle de una forma tan ridícula. De seguro debe haberse muerto de la risa en cuanto ya no nos tuvo cerca o quizá lo hizo en ese mismo momento. ¿Quién sabe? Yo ni siquiera puedo recordar muy bien de qué trataba nuestro tema de conversación con él en esos momentos.
Una vez llegados a la casa, nos despedimos de nuestro amigo quien se mostró preocupado por la forma en la que pretendíamos llegar a nuestros aposentos. “No te preocupesh comphañero”, le dije, “creo que ya hicishte shufishiente con traernosh. Ahora déjame llevar a esta shica a dentro y sheguir shelebrando shu cumpleañosh, ¡hic!”, le dije y él emitió una sonora carcajada, me guiñó el ojo, subió a su vehículo y, levantando la mano, se alejó en medio de la madrugada.
¡Demonios, Elena! Te veías tan hermosa esa noche, que no puedo evitar repetirlo una vez más en esta carta. Aquella translúcida blusita roja que elegantemente vestías, combinada con aquel pantalón negro licrado que tan bien se ajustaba a tus piernas y glúteos, demostrando una vez más que tenías unas hermosas piernas y un maravilloso y celestial poto, hicieron que me olvide por unos minutos del alcohol que recorría mis venas a velocidades indescriptibles, y te mire con éxtasis mientras te llevaba en mis brazos hacia la recamara, haciendo incluso que no me fije bien en el camino ni en la estructura del suelo que estaba pisando, por lo que me tropecé con algo que no pude ver y ambos caímos estrepitosamente sobre la alfombra del pasadizo. ¡Cómo nos reímos en ese momento mientras a duras penas tratábamos de levantarnos, Elena. Hasta que por la gracia divina, pudimos llegar hasta nuestros aposentos e intentamos descansar.
“Quítame la ropa”, me dijiste e imprudentemente esperé a que me dijeras algo más. Talvez lo hice por la necesidad que tenía en esos momentos de escuchar alguna petición directa de tu parte. Alguna frase que me indique qué hacer, qué es lo que realmente querías o deseabas, y no sólo actuar según mi criterio, obligándote a soportar mi proceder según mis propios términos. Pero al cabo de unos segundos te hice caso. Con diligencia te quité aquella hermosa blusa roja translúcida y aquel pantalón negro licrado y me quedé prendado –una vez más– de las formas de tu bello cuerpo atrapado en aquellas diminutas prendas interiores (sé que ya lo mencioné antes, pero quiero hacerlo nuevamente: tu cuerpo tan bien formado, tan bien esculturado y tan finamente diseñado, Elena). Sentí entonces un fuerte impulso de deseo al disfrutar de una vista tan portentosa y tan sensual. No me atreví a hacerte ningún requerimiento porque ya conocía tu habitual flojera para las artes de la intimidad. Al parecer entendías que tan hermoso cuerpo no necesitaba hacer esfuerzo alguno por complacer a nadie. Que con su belleza era suficiente y que quien tenga el honor de poseerlo debería tenerse por complacido sólo por ese placer. Empezamos a besarnos frenéticamente impulsados por las grandes cantidades de alcohol ingeridas en la fiesta de tu cumpleaños. Te tomé el rostro y con una extraña voz de autoridad te dije que eras mía y que nunca podrías ser de nadie más. Tú me respondiste que sí, que nunca serías de nadie más, que siempre serías mía. Nuestros besos se sucedían casi con violencia por todos los rincones de nuestros cuerpos. Tu lengua me baño por completo de su humedad y tus dientes mordieron una y mil veces cualquier espacio de carne que encontraba entre mis movimientos. Sentíamos cómo el cuarto daba miles y miles de vueltas haciéndonos perder la noción de espacio, tiempo, formas o sentimientos. Creo que aquella noche nos convertimos en algo parecido a un par de caníbales hambrientos que con cada choque de bocas, con cada roce de cuerpos y con cada jadeo expulsado, daban la impresión de estar sumergidos en una lucha carnívora más que en una sesión amatoria y romántica. Fue la primera y única vez en la que realmente sentí que nuestros más profundos sentimientos de deseo se manifestaron de manera honesta, distinta de aquellas oportunidades cuando los postergábamos con estúpidos orgullos de seres indomables. Te arranqué con furia el sostén y tus grandiosos senos saltaron al vacío moviéndose con gracia. Empecé a disfrutarlos con virulencia y vigorosidad, las mismas que no tenía en las mañanas de cada día cuando despertábamos y antes de despegar nuestros adormilados cuerpos de entre las sábanas, me tomabas de la cabeza, te quitabas la pijama y pegabas mi rostro a tus pechos para dejarme succionarlos por largos minutos como si fuese un bebe recién nacido. Te levanté las piernas y casi con brusquedad te despojé de aquella sexy y diminuta trusa color blanca que llevabas puesta y comencé a acariciar tu intimidad con mis labios, besándote con pasión adolescente y moviendo mi lengua como una serpiente para que puedas sentirla y disfrutarla dentro de ti. De repente, en la única ocasión que recuerdo de alguna iniciativa tuya en nuestros revuelcos de la intimidad, me cogiste por el rostro y me dijiste: “¡Ponte de pie Pancho!”. Aturdido por mi estado de ebriedad y casi sin entender lo que buscabas hacer, te obedecí y me puse de pie con las dificultades que suponían el tratar de hacerlo en estado etílico. A cambio, recibí de tu parte uno de los mayores gozos que la vida me ha podido dar: sentir tus labios, tu lengua, tu paladar y tus encías acariciándome la masculinidad y elevándome hasta un desconocido éxtasis libidinoso. Pensé por unos instantes que aquel era mi mayor momento de satisfacción varonil a tu lado, pero mientras tus dientes rozaban un poco mi bálano, me miraste con tus feroces ojos marrones y me hiciste saber que ese momento no le pertenecía a nadie más que a ti, porque contenía la mayor carga de tu autoridad sobre mí al tenerme controlado por completo en lo físico y en lo psicológico. Me aturdió tu mirada, es verdad. Aún en esos momentos de ebriedad y de lascivia, era incapaz de mostrarme sereno ante los efectos de tu poderosa mirada y tu poderosa boca, Elena. Esperaste paciente a que alcance mi clímax, me pediste por favor que lo haga. Te juro que quise hacerlo, Elena, pero no podía. Le eché la culpa a mi enfermizo gusto por postergar el máximo tiempo posible mi clímax. “Entonces me quedaré aquí el tiempo que sea necesario” me dijiste. No te contradije. Levanté el rostro al cielo y en un ademán de agradecimiento cerré los ojos y seguí disfrutando de tan deliciosa libación. Cuando vi que no había forma en la que pueda vaciar mi simiente en tu boca, tal como lo deseabas, cargué tu precioso cuerpo desnudo y lo arrojé sobre la cama mirándote con imperio. Te ordené abrir las piernas y me eché sobre tu cuerpo. Tú me abrazaste muy fuerte diciéndome que me pegase a ti y que nunca me vaya. Tus piernas rodearon mi cintura y tus dientes se clavaron en mis hombros mientras con la violencia digna de dos amantes ebrios de amor y de pasión nos movíamos con vigor, consumando nuestra historia en cada penetración, asesinando con furor nuestras barreras personales en un vaivén de choques genitales que nos hicieron olvidar por completo de la existencia del mundo entero, creyendo por primera vez que lo nuestro era verdadero y que aquel sentimiento que nos unía era eterno. Después de pasar varios minutos con nuestro meneo demencial, cambiamos de posición, tú te apostaste encima de mi cuerpo para controlar más la situación y dar una cuota de esfuerzo a la locura lujuriosa en la que se había convertido aquella noche de cumpleaños. Tus movimientos también se volvieron violentos cada vez que ibas pasando más tiempo encima. Mientras lo hacías no dejabas de mirarme a los ojos y con cada caída encima de mi pelvis me ibas diciendo que yo era sólo tuyo y que nunca sería de nadie más. Yo te respondía que sí, que era tuyo y que nunca sería de nadie más. Me tomaste por la barbilla y mientras golpeabas mi cuerpo con tu cuerpo, con las palabras sofocadas por los movimientos que hacías y con la vigorosidad de una hembra en celo que llega al punto máximo de su excitación, me dijiste aquellas palabras jadeantes que ahora tanto recuerdo: “Tú-nun-ca-se-rás-de-o-tra”. Y yo con el aliento contenido, clavé también mis ojos en los tuyos y casi con furia te dije: “¡Nunca!”. Así seguimos casi hasta el amanecer, retozando nuestros cuerpos en una bulliciosa y furibunda lucha que más parecía el producto del deseo de asesinar los demonios que teníamos y que no nos dejaban avanzar con nuestra historia. Esa noche hicimos el amor con la fuerza y la cólera que nos daban los deseos postergados el uno por el otro. Saldamos nuestras cuentas pendientes de una forma salvaje y rudimentaria. Ya no importaba cuánto me gustabas o cuánto me excitaba tu precioso cuerpo. Ya no importaba cuánto te aferrabas a mí en tu naufragio sentimental. Sólo importaba la honestidad con la que nos estábamos poseyendo y la fluidez de nuestros verdaderos sentimientos. Tus subidas y caídas encima de mi cuerpo no culminaban y tú te mostraste cansada. Tu cuerpo sudoroso mojó al mío con vehemencia y tus besos desesperados, cual si fuesen los últimos que estarías dando en tu vida, me decían que a pesar de eso no querías parar. Te echaste boca abajo sobre la desordenada cama, mostrándome las bondades de tu espalda desnuda y de tus piernas homicidas. Nos unimos nuevamente formando un solo cuerpo, tú de espaldas a mí y abrazando la cama, yo cubriéndote toda la espalda con mi cuerpo y abrazándote mientras ambos jadeábamos como botando nuestros últimos alientos de vida. Ya para ese momento nos encontrábamos en los límites de nuestra capacidad de resistencia al placer (yo por lo menos sentía que ya no podía resistirme más al deleite de una buena culminación de toda aquella fogosidad), y ambos llegamos al clímax orgásmico con todo el gozo que nuestros sentidos nos pudieron dar. No nos importó ninguna regla de buen resguardo sexual. No nos interesaron las normas de cuidado y de planificación familiar. No pensamos siquiera en la posibilidad de privarnos del deleite de completar hasta el último segundo aquella jornada de verdadera entrega mutua. No quisimos desaprovechar ningún instante de la primera vez en la que hicimos verdaderamente el amor, en la que nos poseímos con una honestidad bravía, y nuestros gritos alocados y desesperados inundaron cada rincón de nuestra casa. Ahora, desde mi enclaustramiento voluntario, te digo que aquella fue la primera vez que tuve las agallas suficientes para descargar mi simiente dentro del cuerpo de una mujer, Elena. No sé si fue por el descontrol producido por el alcohol o simplemente por el descuido y despreocupación que me generaban el hecho de sentirme plenamente complacido a tu lado, pero lo hice y no tuve ningún empacho en hacerlo. Me deleité con aquel rico estrujamiento hormonal producido por el placer que me daba tu cuerpo. Aún no cruzaba por mi mente la idea de paternidad y el sólo hecho de pensar en la responsabilidad que eso me acarrearía me causaba una sensación de temor y cobardía únicas, pero... ¡qué chucha! Cuando dos personas hacen el amor de una forma tan maravillosa y son amenizados por el alcohol y la pasión desbordada, no existen paternidades no deseadas que impidan el goce de un buen orgasmo completo. Además, es probable que todos nosotros estemos en este mundo gracias a enredamientos de cuerpos como el que tú y yo tuvimos aquella noche, la más importante de nuestra historia. Nos abrazamos con fuerza mientras temblábamos de satisfacción y nos quedamos tumbamos en la cama, fascinados, diciendo una y otra vez: “woww!”. Los efectos del alcohol regresaron y el cuarto empezó a dar miles de vueltas nuevamente a nuestro alrededor. Finalmente nos acomodamos como dos niños inocentes y nos quedamos profundamente dormidos no sé hasta qué ahora.
Las semanas que llegaron después de aquella maravillosa noche, se convirtieron en un compendio de virtudes y defectos de pareja establecida. Problemas caseros, problemas económicos, pequeñas alegrías, pequeñas decepciones, algunas desavenencias; pero en general, nada que no se parezca a una convivencia de pareja plena y enrumbada. Pero sobre todo, empezamos a disfrutarnos más.
Nos levantábamos muy temprano, a veces faltando dos horas para que el sol comience a despuntar sus primeros rayos, con el único propósito de ganarle tiempo al tiempo y poder enredar nuevamente nuestros cuerpos en el juego amatorio. Algunos días yo pecaba de imprudente e interrumpía tu sueño con mis besos y mis caricias, invitándote con impaciencia a unirte a mis ansiosas pretensiones de amores matinales para empezar el día con tu aroma y con tu sabor en mi cuerpo. Algunos días tú simplemente te abalanzabas sobre mí mientras me encontraba profundamente dormido y me abrazabas fuerte por largos minutos hasta que me despertabas por completo y empezábamos otra vez con el arrebato diario de nuestros refriegos carnales. Y cuando las horas pasaban y en las tardes nos encontrábamos nuevamente a solas después de haber cumplido con nuestros deberes laborales, corríamos a la recámara para volver a poseernos con ansiedad.
También sucedía que mutuamente fuimos descubriéndonos más. Comencé a conocer a fondo tu carácter posesivo y tú fuiste aprendiendo a hallar cada día alguna pieza perdida del rompecabezas de mi personalidad altisonante.
Así, sucedió que en la mañana de un soleado fin de semana, varias semanas después de nuestra maravillosa noche, aquel amigo entrañable que nos llevó a casa nos invitó a visitar las instalaciones de su fabulosa fábrica de alimentos en las afueras de la ciudad. Yo me encontraba entonces atolondrado por un contratiempo académico que a todas luces podría convertirse en un constante dolor de cabeza si es que no le encontraba una rápida solución. Gracias a Dios que por aquellos tiempos aún existían personas que estaban dispuestas a auxiliarme con estos avatares y una de ellas me sugirió que mantuviéramos constante comunicación telefónica para coordinar bien las diligencias a realizar en pro del buen termino de aquel problema. Yo fui muy disciplinado con aquella sugerencia y la llamaba toda las noches y hablaba con ella por algunos minutos para que me ponga al tanto de lo que estaba sucediendo, no sintiendo en ningún momento que eso podría molestarte ya que se trataba de una cuestión meramente de necesidad y de deber antes que de deseo. Sin embargo tú opinabas de distinta manera. Para ti, yo no debía ni tenía la necesidad de llamar a aquella persona que me estaba ayudando a solucionar aquel problema. Creías que se trataba de una falta de respeto hacia ti y que de una u otra forma eso significaba que poca o nula era la consideración que yo te tenía, Elena.
Al principio sólo me mirabas con reprobación mientras yo realizaba la llamada, esperando talvez que mi sentido común me haga notar sin ayudas, lo mal que me estaba portando contigo al mantener aquella constante comunicación con esa persona que me estaba ayudando. Puedo asegurar sin temor a equivocarme que aquel enojo que sentías se debía en gran parte a que conocías de una pequeña aventurilla que en el pasado había vivido con aquella buena persona que ahora me ayudaba sin esperar nada a cambio, y con la que ahora yo no buscaba otra cosa más que su mano salvadora para el gran problema académico que tenía. Después, al ir pasando los días tu rostro adusto y de desaprobación fue dando paso a crudas frases de reproche por lo desconsiderado que era cada vez que recordaba que ya era hora de hacer la bendita llamada diaria, y te decía: “espera un ratito que voy a llamar a la persona que me está ayudando con este problema”. Te juro, Elena, que nunca fue mi intención faltarte el respeto ni mostrarme como una persona descortés contigo al hacer aquellas llamadas.
Aquella soleada mañana nuestro amigo tocó a la puerta y con todo el carisma que tenía nos dijo que ya era hora de irnos a su fábrica y que nos apresurásemos. Tú te demorabas en prepararte y yo, impaciente como siempre, comencé a hostigarte con mis “apúrate Eli”. Fue entonces cuando decidí sacarle provecho a tu demora y decidí hacer la llamada diaria a la persona que a lo lejos me ayudaba con el problema que tenía. En ese preciso momento terminaste de arreglarte y anunciaste que estabas lista para bajar y unirnos nuestros amigos que, junto con nuestro entrañable amigo, nos esperaban en una camioneta. Te dije que si ya nos esperaron más de quince minutos por tu causa, bien podía esperarnos un par de minutos más por una buena causa como la solución del problema que tenía. “¡No quiero que llames más a esa mujer!”, gritaste entonces con un tono de voz que nunca había escuchado y que me causó un gran sobresalto. La situación empezó a ponerse tensa nuevamente provocándome las mismas sensaciones que de pequeño me causaban los gritos que me mi madre me daba cuando hacía algo mal. Bajé el teléfono con el ánimo de colgar, pero inmediatamente caí en cuenta que si lo hacía, mi estatus de macho que se respeta quedaría vapuleado y arrastrado por el sucio suelo de aquella árido región donde vivíamos. “¡Si vuelves a hablarme así tendrás un gran problema conmigo!”, te advertí con un grueso grito, tratando de equiparar el chillido que habías soltado. Te quedaste en silencio por unos momentos esperando que termine de hablar y efectivamente lo hice en menos de dos minutos. Cuando colgué el auricular volteé hacia ti y reconocí aquella mirada inquisidora con la cual me demostrabas que estabas muy enojada. Me di cuenta que ese problema no iba a tener solución sino hasta que nuevamente tengamos una larga conversación y lleguemos a algún acuerdo, lo que francamente no estaba dispuesto a hacer, especialmente en esos momentos en los que debíamos apresurarnos en bajar y darle el encuentro a nuestros amigos que, seguramente, ya se impacientaban por nuestra demora. Intenté entonces pasar en dirección a la puerta y me cerraste el paso. “No quiero hablar ahora, Eli. Déjame pasar”, te dije y sin embargo tú no te moviste un solo centímetro. Fue entonces cuando hice el movimiento más lamentable de mi vida, no porque fuese uno desmedidamente brutal y dañino, sino porque fue aquel que marcó el inicio de la etapa más turbia de nuestra historia: te tomé por los hombros y elevándote un poco te puse a un costado, y pasé con dirección al baño. Una vez allí me lavé un poco la cara y nuevamente me miré al espejo diciéndome que debía estar loco para soportar a una mujer tan opresiva, controladora y posesiva como tú. Cuando salí, ya no te encontré en la casa y supuse que ya debías haber bajado, así que tomé mi chaqueta y mis lentes de sol, y salí de la casa con dirección a la camioneta donde todos ustedes se encontraban.
“¡Epa compadre. Ya era hora, hombre!”, me dijo nuestro amigo cuando llegué a la camioneta. “Por favor siéntate conmigo adelante”. Ese fue el primer indicio de extrañeza que tuve de aquella circunstancia, ya que era muy raro que nuestro amigo permitiese que quien vaya en el asiento del copiloto fuese alguien distinto a Chabela, de quien se había enamorado perdidamente. Subí entonces al vehículo y grande fue mi sorpresa cuando al voltear te vi rodeada por Chabela, Rosa y Elvira, quienes parecían consolarte por algo mientras tú derramabas gruesas lágrimas. Mi cabeza entonces se sumió en una considerable confusión y sospeché que todo eso tenía algo que ver con el pequeño incidente que acabábamos de tener en casa.
Aquel día la pasamos bien, para qué negarlo. Conocimos muchos lugares y nos maravillamos con muchos parajes espectaculares. Sin embargo, casi no nos hablamos el uno al otro. Tú te concentraste más en quedarte a solas en la camioneta mientras nosotros vivíamos a plenitud las maravillas que nos ofrecía aquella hermosa fábrica que tenía nuestro amigo a las afueras de la ciudad. Al regresar a la casa, ya sabía lo que probablemente me esperaba en los interiores de nuestra alcoba, así que decidí no malograr tan rápido mi noche y acepté la invitación de Elvira para salir a comer una pizza y simplemente me fui sin avisarte. Mientras conversaba con ella después de mucho tiempo, mencionó que tenía algo muy grave que reclamarme, algo que me delataba como un miserable abusador y que definitivamente hacía que ella evalúe bien la continuidad del cariño y la amistad que me entregaba desde hacía muchos años. “¿Cómo le pudiste hacer una cosa así a Eli, Pancho?, me dijo. “O sea, no es santa de mi devoción ¿ya?, pero igual creo que a una mujer no se la toca ni con el pétalo de una rosa”.
“¿De qué estás hablando Elvi?”
“¡De la golpiza que le diste a tu novia pues!”
“¿¡Qué!? ¿De donde sacas semejante barbaridad, mujer?”
“Hoy Eli bajó llorando y nos dijo que la habías golpeado. Que te descubrió hablando con otra y la golpeaste cuando te reclamó”.
En esos momentos mis ojos se abrieron más de lo debido y mis venas se inflamaron con mi sangre en plena ebullición. ¿Cómo era posible que me calumniaras de esa forma frente a nuestras amistades, Elena? Elvira se dio cuenta al instante de mi estado y me aconsejó que no cometa ninguna tontería. Le dije que ella, como la persona que más me conocía en aquel grupo, sabía muy bien que yo era incapaz de agredir físicamente a una mujer. Ella asintió y me pidió disculpas por haber dudado de mí, pero que pensó que era su deber el ponerse del lado de su congénere para hacer espíritu de cuerpo. Entonces me despedí pidiendo las disculpas del caso. Prometí que no iba a hacer ninguna tontería o alguna acción de la que me podría arrepentir después. Rápidamente llegué a la casa y entré en ella como un energúmeno. Tú estabas acostada en la cama viendo una novela en la televisión y te exaltaste al escuchar el gran ruido que hice al entrar. “¿¡Quién carajos te has creído para hacerme quedar mal con esas personas!?”, grité. Tú también empezaste a gritar aduciendo que no sabías de qué te hablaba. Te dije que Elvira ya me había contado todo y que era estúpido que tratases de negarlo. Tú seguías gritando mientras llorabas sin control. Dijiste que Elvira era una falsa, que sea lo que sea que me haya dicho sobre ti era mentira. Te dije que me parecía despreciable que mientas diciendo que te había golpeado, sólo para castigar mi orgullo. “¡Yo nunca dije eso!”, me aseguraste. Los gritos, reproches, riñas y reclamos continuaron por casi una hora. Ambos estábamos rojos de cólera y casi ya no teníamos fuerzas para seguir discutiendo. “Sólo te digo que eres una maldita psicótica”, culminé e inmediatamente empecé a empacar mis maletas con el firme propósito de largarme de aquella casa y de tu lado. Claro que en el fondo no pensaba hacerlo, pero sí quería asustarte y demostrarte que acciones tan malvadas como la que hiciste aquel día, siempre tienen malas repercusiones.

Mientras yo me encontraba concentrado en empacar mis cosas, pensando en cómo darte la mejor lección posible, tú te encerraste en el baño a llorar. No me importaba. Sabía que todo eso era parte de tu teatro para manipularme y simplemente hice oídos sordos a tu crisis. Cuando terminé de doblar y acomodar, me pregunté qué podía hacer ahora, ¿irme? ¿a dónde? De repente saliste del baño y buscaste hablarme. Yo no te hice caso ni te respondía. Hiciste un monólogo ininteligible y después de vaciar un mar de frases inconexas, pronunciaste las palabras que hasta ahora me queman y laceran cada vez que te recuerdo: “Estoy embarazada”. Y entonces nuestro mundo y nuestra historia dieron un giro de trescientos sesenta grados.
jueves 29 de octubre de 2009
El día del cóndor

Por Guillermo Chirinos
I
Pastorcito caza vicuñas
¿Qué buscas entre las punas?
¿Qué buscas entre corrales y quinchas?
¿Acaso mi vicuñita?
Vienes de lejos caza vicuñas
Arrastrando fierros traicioneros
Pesados y viejos
Cargados de acero, de azufre y lamento
…tu también tienes miedo
II
Hoy tienes las armas
Por eso, te crees que mandas
¿Dame permiso taitítay!
Para caminar solitario
Para admirar otra vez el campo
Los montes y el nevado
Los caseríos y centros poblados
…y buscar mi vicuñita
–¿Dónde estás vicuñita?
¿Por qué huyes?
¿Por qué te escondes?
¿Acaso… acaso también te arrestaron?
¡Dame permiso taitítay!
Y que tus hombres no me hagan daño
Para seguir sembrando mi tierra
Para seguir buscando otros pastos
III
Vicuñita humilde
Vicuñita pobre
¡Quién te persigue!
¡Quién te amenaza!
Vicuñita infeliz que abrigas al hombre
De noche el viento trae tus lloros
Y ves angustiada los cielos
El firmamento y las estrellas
¡Daría todo por ser como ellas!
…y no vivir en estos tiempos, ni en estas tierras
Has visto muchas caer desfiguradas
Por despeñaderos, fosos y quebradas
¡Quién se dice tu hermano!
¡Quién te insulta y te desplaza!
¡Quién margina tu sangre, tu raza!
¡Quién te defiende ahora vicuñita!
¡Quién te alcanza un trago de agua!
…o se acuerda de ti en tus prisiones
¡Quién reprime tus sueños!
¡Quién ahuyenta tus crías!
¡Quién roba tus pastos!
Y viola tus punas…
Si también ellos ahogan sus gritos
Si también ellos arrastran pasiones
IV
Cada día
Al asomar el sol por las pampas
Corres por tu vida
Huyes de borbotones de sangre
Que van escupiendo los fusiles
No estás sola vicuñita
Algún día sonreirás al cielo
Cuando veas en lo alto venir al Cóndor
Majestuoso él como ninguno
Cuyos antepasados
Nacidos de la misma tierra
Y de los mismos valles
Lucharon por tus hermanos caídos;
Cubrirá con sus alas las serranías
Levantará escudo contra tus enemigos
Herirá las sombras y espectros de tu historia
Caerán de sus muros
Los ídolos que te impusieron;
Te levantará del suplicio…
Sonreirás vicuñita
Un Día, no muy lejano
Pero un Día…
Vendrá el Cóndor
V
Yo cuidaba mis vicuñitas
Taitítay caza vicuñas
Y di cobija
Al lobo que huía
A la oveja que vagaba perdida
Al cazador que le sorprendió la noche;
…taitítay
¡Por qué me acusas!
¿Qué delito me hallas?
¿Acaso, el dar cobija?
Si también ellos respiran y tienen hambre
Si también ellos pertenecen a la serranía
VI
Me sorprendiste de noche caza vicuñas
No querías testigos
A las cuatro de la madrugada
…aún oscuro
Cuando estaba cansado y aturdido
No querías luz que atormente tu alma
Ni boca que acuse tu historia;
Manchaste mi tierra con sangre
Cuando el viento silvaba
Y me partía el frío
Taitítay…
Pastorcito caza vicuñas
¿Por qué me torturas?
¿Por qué usas tus armas para sembrar tu justicia?
¿Por qué me arrancas mentiras
A fuerza de látigos y escupitajos?
Me apena en el alma
Mirarte a los ojos y decirte mi hermano
De sangre, mi hermano
(…en tus guaridas me transtornas
Me pones nombres que nunca tuve
– ¡Me robaste la vida cuando más la quería!
Matas vicuñas taitítay
Siendo también tú vicuñita…)
VII
Pastorcito caza vicuñas
Un día hallaré mi vicuñita; (…ananay verás ese Día)
Tendida junto al camino
La abrazaré
Como se abraza a la tierra
Hundiré mis callosas manos
En su agonizante lana
Cantaré a su oído
Como puquios y manantiales
Le diré que la amo
Como el silencio a los collados
Calmarán mis lágrimas
Su sed fugitiva;
Lloraré de contento, porque…
Porque el Día del Cóndor
Habrá llegado
Al verme, vicuñita
Te sentirás segura
Y descansarás para siempre
(Extracto del poemario "El día del condor", de Guillermo Chirinos, pronto a publicarse) Leer más...
La historia de una imposición, de una inconstitucionalidad
"Considerando que el hombre procede suavemente del trabajo"
César Vallejo
"Quisiera que de este libro (post) se pudiera decir: habla de derecho y, a pesar de ello, consigue no aburrir"
Humberto Romagnoli
Como quien no quiere la cosa y sin ocupar ningún titular de nuestros medios de comunicación (“vaya sorpresa”), nuestro Tribunal Constitucional ha resuelto uno de las controversias más importantes sobre las relaciones laborales peruanas. Se ha establecido la inconstitucional la imposición de la negociación colectiva a nivel empresa.
Vamos paso a paso y, en suma, muy sencillamente para poder entender el tema:
La ciudadanía laboral como gran punto de partida. A ver: la inmensa mayoría en nuestro país somos ciudadanos trabajadores. ¿Ciudadanos trabajadores? Sí, claro. Vivimos de nuestro trabajo y recibimos por este una retribución que procurará satisfacer nuestra manutención y, de ser el caso, la de la familia. Algunos trabajan de forma dependiente y otros de modo autónomo, pero esencialmente la mayoría trabaja para procurarse una vida digna (alimentación, vestido, educación, recreación, etcetera)…
La necesaria autonomía colectiva. Si los empresarios o las organizaciones empresariales (Confiep, CNI, Capeco, etc.) se quejan constantemente que las leyes laborales son “muy rígidas” (así entre comillas) o que el Estado en nuestro país es “muy proteccionista” (entre comillas también). Y si, por otro lado, los trabajadores o la organización de ellos (sindicatos, asociaciones profesionales, federaciones, etc.) se aquejan que las leyes no protegen debidamente o que el Estado es uno de esos adictos a las clases empresariales o que vulneran constantemente los derechos del trabajo… Entonces, ¿La mejor solución no sería que ambas partes autorregulen sus intereses de acuerdo a sus propias carencias y bonanzas? Es decir, muchos beneficios para este sector de la economía cuando hay bonanza y pocos beneficios para este otro sector cuando hay carencias. Pues sí!! Esa es la mejor solución. Y eso se llama, en palabras sencillas, autonomía colectiva. Es por ello que a las relaciones colectivas de trabajo (entiéndase relaciones entre organización de trabajadores con uno o un grupo de empleadores) se le aplica los tres autos: la autoorganización (sindicación), la autorregulación (negociación colectiva) y la autotutela (huelga).
Esos tres ejes del Derecho colectivo del trabajo, que para la mayoría que desconoce el tema parece más un discurso comunista que otra cosa (aunque risible es lamentablemente retrógrado), son instituciones comúnmente aceptadas por las sociedades más avanzadas: Europa es un claro ejemplo. La tasa de sindicalización es altísima (en algunos lugares comos los países bajos llega casi al 100%) y los beneficios laborales y salarios en estos países se regulan esencialmente mediante las negociaciones colectivas.
Entonces, para ejercer una adecuada ciudadanía laboral es necesario que en una sociedad se fortalezca estos tres “autos”. De lo contrario, todos los ciudadanos trabajadores tendremos dos opciones: a) bajar la cabeza y recibir los mínimos que otorga la ley (sueldo mínimo y beneficios mínimos), y rezar por que estos se cumplan; b) Esperar qué tanta se puede “negociar” con una empresa (así entre comillas, porque, salvo excepcionales casos, no existe una verdadera negociación entre un trabajador y una empresa: la negociación se reduce a la elección entre el “acepto las condiciones y salarios y, por tanto, trabajo; o no acepto dichas condiciones y salarios y, por lo tanto, no trabajo”).
Por último, sobre la autonomía colectiva, los laboralistas ya han concluido uniformemente que existe una estrecha, casi casi necesaria relación entre una Estado democrático de derecho (hablo de un verdadero democracia, por si acaso) y la implementación y promoción de la autonomía colectiva en una sociedad. En otras palabras, no existiría una democracia real si las principales instituciones sindicales (tanto de empleadores como de trabajadores), fueran débiles o inexistentes.
El modelo de negociación colectiva en nuestro país (la autorregulación). Genéricamente existen dos modelos de negociación colectiva: el modelo abstencionista y el modelo regulador. En el primer caso, no exista casi nada de normas estatales sobre las relaciones laborales y se deja en su mayoría a la autorregulación de las propias organizaciones de empleadores y trabajadores. En el segundo caso, sí existen normas estatales. Este modelo regulador, a su vez, puede diferenciar dos corrientes: los países donde su regulación estatal promueve la libertad sindical, la autonomía colectiva, y aquellos otros países en donde la regulación se encamina en obstaculizar, restringir y limitar el ejercicio de la autonomía colectiva, de la libertad sindical.
¿A que no adivinas en qué modelos se encuentra el Perú? Pues es muy fácil (apuesto que ya le atinaste): en nuestro país la regulación sobre la negociación colectiva entorpece, obstaculiza y restringe el derecho de los trabajadores a autoorganizarse, autorregularse y autotutelarse.
En efecto, acá nomás en el gobierno dictatorial de Fujimori se hizo hasta lo impensable por vapulear y desaparecer a los sindicatos, aplicando toda la lógica de la política neoliberal instaurada. Fueron 16 observaciones las que realizó el Comité de Libertad Sindical (estamos punteando en la tabla de los países de la región por ser el que tiene más observaciones) sobre nuestras normas de relaciones colectivas de trabajo; y eso que aún faltan 2 observaciones por levantar relativas al derecho de huelga, y nuestra normativa, como si no pasara nada, las mantiene vigente y aplicables.
El nivel de la negociación colectiva. En el orden del párrafo anterior, la disposición que anuló drásticamente todas las mejoras que se habían conseguido en las negociaciones colectivas, fue lo relativo a la elección del nivel de negociación. Pero… ¿En qué consiste esto? En primer lugar, ¿Qué es un nivel de negociación colectiva?
El nivel de negociación colectiva es el ámbito de actuación, el campo donde se aplicará los acuerdos de la negociación colectiva. En nuestro país esencialmente existen 2 niveles de negociación colectiva:
a) El nivel de empresa. Es decir, la negociación colectiva (y su resultado: el convenio colectivo) actuarán en el ámbito de la empresa. Dicho acuerdo lo celebrará el sindicato de empresa con el representante de la empresa. Todo dentro de la empresa. Ejemplos de estos casos es el sindicato de Telefónica con la empresa Telefónica y el convenio colectivo de telefónica; o el sindicato de Yanacocha con la empresa minera Yanacocha y el convenio colectivo de la empresa Yanacocha.
b) El nivel de rama de actividad. La rama de actividad es la actividad económica a la cual se dedica varias empresas. Por ejemplo la actividad minera o la actividad de telecomunicaciones o la actividad portuaria o la actividad agrícola o la actividad de construcción, etc. La negociación colectiva por rama de actividad es la que se da en este ámbito. Por ejemplo, Capeco (organización de empresarios de la actividad de construcción civil) y la federación de trabajadores de construcción civil negocian las relaciones laborales a nivel de todas las empresas de construcción, es decir, a nivel de la rama de actividad de construcción.
Como se puede deducir de estos dos niveles de negociación, el más pequeño y restringido; mientras que el nivel de rama de actividad es mucho más amplio, más macro.
Dado que la propia Constitución lo establece o porque se debe garantizar una adecuada ciudadanía laboral o por el mismo carácter fundamental de la sindicalización; nuestro Estado está obligado a fomentar la negociación colectiva. Sin embargo, la ley desde 1992 más o menos, y de forma muy maliciosa, estableció la siguiente regla: “las organizaciones sindicales (de empleadores y de trabajadores) pueden acordar qué nivel de negociación elegir, pero si no lo hacen, se preferirá el de empresa”. En otras palabras, lo que la ley dice es “el nivel de negociación colectiva es el de empresa, salvo que los empresarios digan lo contrario”. En palabras aún más desnudas: la ley está imponiendo el nivel de negociación colectiva más pequeñito, menos favorable a la negociación colectiva, a la ciudadanía laboral, a la Constitución, bajo la cubierta de una “libertad de elección entre trabajadores y empleadores”.
Supongamos que existen dos grupo de personas: los que saben jugar de futbol y los que saben jugar voley, y se desea que los ciudadanos practiquen únicamente un deporte. Obviamente, ninguno de los dos grupos se ponen de acuerdo qué deporte jugar: los que saben de futbol prefieren este deporte, igual es el caso a los que prefieren voley. Entonces se publica una ley que dice: Ambos grupos deberán ponerse de acuerdo qué deporte jugar (futbol, voley u otros deportes diferentes) Pero si no se ponen de acuerdo se entenderá que han escogido futbol. Entonces los jugadores de futbol saltan de alegría porque saben que simplemente basta con negarse a elegir un deporte para jugar lo que le conviene. Hasta aquí todo estaría relativamente normal si es que la Constitución y los Tratados Internacionales de derechos humanos no establecían que los Estados en el mundo deben fomentar el voley, por ser este el deporte que mejora la salud de todos los ciudadanos. ¿Entonces no te parece que algo anda mal? ¿Qué esa ley está perjudicando la salud de los ciudadanos? Bueno, algo así sucede con la elección del nivel de negociación colectiva y los derechos de los trabajadores.
El caso de “destrucción civil”. Se acuerdan de las violentas protestas, paros y reclamos que realizaban los trabajadores de este sector. ¿Terribles no? Pues esto tenían una razón muy sencilla: con la preferencia-imposición de la negociación colectiva en el nivel de empresa en la actividad de la construcción, desaparecieron o disminuyeron radicalmente la autorregulación, la autoorganización y la autotutela de las organizaciones sindicales (es decir, desapareció la autonomía colectiva y, por lo tanto, un adecuado ejercicio de la ciudadanía laboral).
Tiempo después a todas esas protestas y reclamos (10 años más o menos) de los de “destrucción civil”, el propio Tribunal Constitucional, la Corte Suprema y hasta el Ministerio de Trabajo tuvieron que admitir que si es que se desea una adecuada negociación colectiva (autonomía colectiva) era necesario desentenderse de la ley que prefería-imponía la negociación en esta actividad a nivel de empresa.
El caso de la actividad portuaria y la sentencia del Tribunal Constitucional. En la actividad portuaria ha sucedido –casi– lo mismo con el sector de construcción civil: es inviable, muy deficiente y nada fomentadora la negociación colectiva a nivel de empresa. Entonces no es posible aplicar la ley que impone el nivel de negociación colectiva a ese nivel. Pero como esta ley, lamentablemente, es de obligatorio cumplimiento desde que hace unos 17 años el gobierno fujimorista la emitió, se acudió al Tribunal Constitucional.
Afortunadamente el Tribunal Constitucional –porque actualmente no viene respondiendo a su altura– ha declarado la inconstitucional de la imposición de la negociación colectiva a nivel de empresa. Y no sólo en el sector portuario o el de construcción civil, sino en cualquier otra actividad.
¿Y cuál es la solución entonces si los trabajadores y empleadores no se ponen de acuerdo con el nivel de su negociación colectiva? Pues simple: se ha establecido que a falta de acuerdo sobre el nivel de negociación no se preferirá el menos favorable o el más favorable para los trabajadores, sino lo decidirá un Tribunal Arbitral (algo así como un juez pero más rápido).
En conclusión: nos parece que nuestro Tribunal pudo ir más allá, pero al menos hizo algo al declarar la inconstitucionalidad del segundo párrafo del artículo 45 de la Ley de Relaciones Colectivas de Trabajo (la ley que impone la negociación colectiva a nivel de empresa).
En fin, 17 años aproximadamente con un precepto inconstitucional… Y después nos quejamos de la desconfianza de los ciudadanos por las leyes.
¿Se entendió?
lunes 26 de octubre de 2009
Los borrachos también lloran III

¿Y que sería de una fiesta sin sus invitados? Estos llegarían en cualquier momento, habrían de reunirse en la universidad, (porque Gianella está en la universidad y sus mejores amigos son los que estudian con ella) para llegar todos a la vez. Catalina, amiga íntima e inseparable de Gianella – y a la cual le debía la amistad de muchas de las personas que vendrán a la fiesta – era la encargada y anfitriona de llevar a los demás chicos a casa de la agasajada. Catalina la había conocido en los primeros años de la universidad con ese su carácter cordial e indulgente y propició que Gianella venciera las barreras que su timidez le planteaban y la convenció a interactuar con mayor libertad. A Catalina no le costaba mucho trabajo eso de interactuar ya que era bastante inteligente y poseía un no sé qué, una belleza extraña tal vez, que le brindaba una confianza diamantina y la hacía tan fácilmente accesible, tenía, en definitiva, un talento innato para caerle bien a las personas.
Sin embargo, y en palabras de Gianella, Catalina se había convertido en una ingrata tenaz y había perdido todo buen ánimo para la diversión extrema desde que empezó aquella relación sentimental hacía más de dos años. En todo ese tiempo Catalina iba sólo por cumplir (y por poco tiempo) a las fiestas o reuniones, que como todas, estaban guarnecidas de trago de todos los olores y colores y que terminaban con las primeras luces de la mañana y en ocasiones con desencuentros de tipo pasional. Gianella no le deseaba mal a nadie, pero se alegraba secretamente de que su amiga del alma haya dado fin, de una vez por todas, a su relación hace pocos días. Nadie más que Gianella sabía las razones oficiales, pero se rumoreaba que la ruptura tuvo su origen en lo poco placentero que se habían vuelto los encuentros eróticos de la pareja. Algunos decían que Catalina era casi como un témpano en la cama, que había perdido todo interés sexual y ya no satisfacía las demandas de su novio, mientras que otros se inclinaban a pensar que la causal de este aburrimiento entre sábanas se debía al descomunal tamaño del aparato urogenital que el chico de Catalina poseía (y que ella misma se encargaba de enterar a los demás) y que esta no podía cobijar a semejante criatura sin experimentar un dolor nada parecido a la delectación. En todo caso, lo que más le importaba a Gianella era que su entrañable amiga volvía a las andadas y a los festejos salvajes justo hoy que era su cumpleaños.
Luego de casi quince minutos de espera Catalina divisó a Verónica –otra amiga casi tan estimada por Gianella como ella y dueña de un carácter asiático y lozano– llegando al punto de encuentro con los demás invitados, todos amigos de la cumpleañera y compañeros de estudios. Catalina saludó efusivamente a todos, especialmente a Alexis, no porque ella sintiera algún entusiasmo romántico por este, sino por corresponder a una amistad a todas luces enternecedora y ganada en base al delicioso sentido del humor y temperamento dulzón y paternal que “el abuelo” (que así lo conocían todos por ser el de más calendarios) poseía y convidaba a todo aquel que se dispusiera a escuchar sus bromas geniales y disparates de alucinado. Pero Alexis, quien sí cobijaba un entusiasmo romántico por la extrañamente hermosa presencia de Catalina, se hallaba hacía muchos días en un estado constreñido de lucidez para las bromas y los festejos debido al sometimiento de sus fuerzas hilarantes a manos del más entorpecedor y mundano de los infortunios humanos: el amor, el amor por Catalina. Por ello no fue difícil para Marcos, su amigo incorregible desde la preparatoria, enterarse de su estado y brindarle, en primer término, su apoyo logístico para la conquista de Catalina y, luego del rotundo fracaso, propiciarle burlas ácidas por su ineptitud para el cortejo con totalmente mala leche como era su característica. Y es que Alexis era demasiado bondadoso en su amor hacía ella y no cumplía con la dosis de maña y picardía maleva necesarias para un galanteo exitoso. Meses después, Marcos no sólo se burlaría del estado de embobamiento en el que su amigo había quedado luego del rechazo, sino que además destrozaría hasta el rescoldo más primario de amistad entre los dos al sostener una relación tormentosa y apasionada con Catalina frente a los ojos percudidos de Alexis sin contemplaciones de ningún tipo.
Junto a Marcos y a Alexis, estaban el melenudo Rayan y su enamorada Ysela. Ambos vivían por aquel entonces el más feliz de sus estadios amorosos. Tomados de la mano e intercambiando miradas afiebradas, poco parecía importarles la presencia de los demás y si iban a la fiesta en lugar de estar encamados y hacer el amor retorcidamente en aquellos mismos instantes, era por el gran cariño que le tenía a Gianellita. Rayan se encontraba en un completo estado de complacencia y sumisión, para él Ysela era la felicidad completa. Se trataba de una chica sexy, fogosa y que lo amaba con intensidad volcánica, eran los mejores años de su vida sin lugar a duda. Todos los presentes habían sido testigos días atrás, durante un almuerzo de camaradería en un restaurante congestionado, de los límites de su amor delirante, cuando Rayan recibió en su boca (y casi sin estremecimiento alguno) la comida masticada y triturada por la boca de Ysela. No pocos dejaron de lado su almuerzo y algunos enfilaron al baño con unas arcadas tremendas, especialmente los de estómagos sensibles. A ambos les sorprendió ver la reacción de repugnancia y aversión que les habían causado a los demás aquel intercambio bizarro de comida, “es como pasarse el chicle o compartir un chupetín”, decía Rayan tratando de justificar su amor desmesurado por Ysela e intentando masticar el ya masticado bolo alimenticio que su bien amada trasladó desde su propia boca. Los demás explicaron a través de esas “muestras de afecto” el excesivo sobrepeso que ambos amantes lucían sin espanto por aquel entonces confirmando con eso que la felicidad engorda.
La última en llegar al improvisado centro de reuniones fue Juana, quien casi olvida que hoy era el cumpleaños de Gianella, ella iría solo por cumplir a la fiesta dado que su reciente (e incierta) devoción religiosa le impedía el consumo de bebida alcohólica alguna o los incidentes eróticos ocasionales que poco tiempo atrás ella misma propiciaba con quien estuviera dispuesto(a) a someterse a sesiones de masturbación mutua en algún establecimiento público. A nadie dejaba de sorprender este repentino cambio, pero bien es sabido que Juana (antes libertina, borracha y un alma conspiradora y ahora una antipática religiosa y de ánimos conservadores) es una mujer de armas tomar y que lo todo que ella dice, lo cumple. Con la llegada de Juana, todos enfilaron rumbo a casa de Gianella previendo el gran tono que se avecinaba.
Gianella los esperaba con cierta desazón. Su chico la había llamado para decirle que se iría a demorar en llegar un poco más, debido a que se encontraba en un embotellamiento feroz de esos que uno no sale hasta que se acaben todas las botellas. Una leve preocupación se deslizó entonces en su conciencia, ya que hoy Gianella tenía previsto presentar en sociedad a su chico, no solo para ganarse la admiración de sus respetables padres, sino para que de una buena vez se acaben aquellos rumores y especulaciones que ponían en tela de juicio su indudable feminidad y gusto por los varones. Por ello, cuando todos llegaron notaron cierta compunción en su rostro de cumpleañera que intentó disimular suministrando generosamente, desde el inicio mismo de la fiesta, un sinnúmero de botellas de cerveza y bocaditos de las más diversas variedades, porque si algo sobraba en aquella casa era justamente la comida y esos tres refrigeradores atiborrados de cerveza bien helada.
Quienes llegaron se dispusieron a aprovechar toda aquella generosidad no sin antes saludar a los padres de Gianella (que vestían con una decencia admirable) y a algunas otras amistades presentes. Marcos, presto siempre a dar como bien habidos cualquier trago que se le ponga en frente, empezó a hacer los brindis y fiel a su estilo decidió buscar la complicidad de sus camaradas, sin antes dejar de prometerse, acabar con toda la cerveza que minutos antes había alcanzado a ver en un rápido vistazo a la cocina. Sin embargo sus camaradas, por ambos bandos, parecían no tener la misma intención que él. Rayan era presa de su desbordada fascinación por Ysela y Alexis se hallaba al otro lado junto a la rarísima belleza de Catalina quien lo iba queriendo y adorando más a cada minuto, pero sólo como amigo, como el gran amigo que era.
Pasado algunos minutos, Marcos empezó a deslizar algunos temas provocativos en la plática para llamar la atención de los demás y no dejar, sobre todo, de aprovechar la cerveza de la cual estaban siendo provistos. Las conversaciones iban desarrollándose con aparente calma y armonía y siendo lo trivial que usualmente acostumbran ser cuando ellos conversan. Verónica al ver los esfuerzos que Marcos realizaba para mantener cierta unidad en la gente que había llegado desde la universidad, decidió, con su gentileza oriental, acomodarse a su lado para entretenerlo e impedir que siga interrumpiendo los besuqueos escandalosos de Rayan e Ysela (tendidos prácticamente en el sofá) y los esfuerzos del “abuelo” con Catalina. Era un secreto a voces el romance que ambos mantenían desde hace buen tiempo, nadie sin embargo se atrevía a hablar del tema, tal vez por puro desinterés o porque la mayoría le tenía mucho cariño al enamorado de Verónica que tan bien les caía.
La noche y las cervezas iban exaltando el ánimo de los invitados (en el mejor de los sentidos), no así para los amantes furtivos. Ambos se enfrascaron en una disputa sin sentido respecto a la belleza de sus respectivas parejas, Marcos criticaba lo feo y desagradable que era el enamorado de Verónica (ese chino feo, decía) y ella respondía diciendo que su ex enamorada no era precisamente la octava maravilla y que sumado a su escasa belleza, su cuerpecito de sorbete adolecía de cualquier encanto por delante y por detrás. Todos rieron y a Marcos no le quedó otra alternativa más que callar por unos segundos estoicamente, segundos en los cuales pensaba lo ridículo que era escuchar hablar a Verónica de belleza, a ella, a una mujer que poco o nada sabía de belleza o, que en todo caso, se veía completamente desprovista de tal virtud. Con ese afán de nunca perder ninguna batalla e intentando vengar el agravio propinado, Marcos se acercó al oído de Verónica susurrando su descargo, “no tendrá poto, pero no sabes lo rica que se ve cuando está desnuda”, le dijo con una sonrisa intrigante. Aquello enfureció a Verónica más allá de lo que Marcos había calculado e inmediatamente se alejó de él ofuscadísima y empezó a conversar amenamente con los demás invitados tratando de pasar el mal momento y de aislar a aquel maldito burlón que jugaba con sus celos mediterráneos e irreprimibles.
Al no tener más remedio, y con sus dos camaradas entretenidos en sus respectivas empresas, Marcos divisó a Juana (antigua cómplice de escapadas de clase, proveedora de los cigarrillos sin filtro y amante del pisco puro) con la firme convicción de que árbol que nace torcido jamás su tronco endereza. Ella lo miraba con cierta desconfianza pues sabía de lo peligroso de su acercamiento, pero pensaba al mismo tiempo que ahora las cosas eran diferentes, ella estaba en un plano superior de avenencia con la vida y ya ninguna tentación terrenal doblegaría sus férreas convicciones religiosas ni representaría problema alguno para su certidumbre espiritual. Marcos creía que la fiesta aún no despegaba y que la razón principal era la falta de más trago en el torrente sanguíneo de la gente, por ello le pidió que lo acompañase con una cervecita. Ella lo miraba como sintiendo pena y negaba con la cabeza diciéndole que ya no tomaba alcohol ni fumaba más. Él se burlaba de ella, como lo venía haciendo desde hace varios meses, de manera venenosa. Ella sólo callaba y sonreía. Luchaba por mantenerse firme en su resolución y no podía dejar de sentir lástima por el alma de Marcos.
Algunos metros más allá, la familia de la agasajada también celebraba el cumpleaños de su engreída. Sus padres, que en ningún momento dejaban de ser dos señores sumamente respetables, – y contagiados por el furor de tanto joven en la fiesta – habían querido sentirse menos viejos en la compañía de los amigos universitarios de Gianella. Ella en cambio, intentaba por todos los medios evitar el contacto de ambos grupos humanos. Gianella era bastante callada, pero muy consecuente y contundente en sus actitudes, sabía que sus padres la podrían avergonzar en cualquier momento con alguna anécdota embarazosa y ella ya no estaba para esos papelones.
La medianoche llegó y una enorme torta de cumpleaños se asomaba a la mesa principal, todos se disponían a celebrar los veintiún años de Gianella y a desearle las felicitaciones del caso. Sus padres orgullosísimos se esforzaban en hacerse notar entre tanto joven y los invitados pedían que de una vez se reparta la comida para ir hamacando la chela consumida hasta el momento. La cumpleañera parecía estar feliz, feliz por un año más de vida, por la fiesta y porque el amor que siente, y que la embarga hace algunos meses, es un amor inimaginable, inmarcesible e irrefrenable. El amor de su vida está entre los invitados a la fiesta, y aunque nadie le ha prestado la atención debida, es más que evidente la intensidad de sus miradas furtivas y esos deseos inflamados de poseerse cuanto antes. Para todos sólo es una más de las amigas que Gianella hizo en su viaje a Miami el año pasado, pero para Gianella, Rebeca (a quien todos llaman Queca cariñosamente) es el fuego que le abrasa las entrañas, la telaraña que la envuelve los martes de calenturas esotéricas, la razón de su sonrisa callada y satisfecha. Rebeca (quien es el único y verdadero amor de Gianella) es alta y delgada, posee mirada de buena gente y su conversación es graciosísima, los que recién la conocen festejan su buen gusto para las impertinencias y las vulgaridades. Lo que más sobresale en ella es esa forma, a veces tosca, a veces ruda, de reír y caminar que la delata como un miembro más del privilegiado grupo de seres humanos capaces de amar a alguien del mismo sexo. Gianella, en cambio, es más femenina y menos evidente, aunque Rayan crea que los manotazos en la espalda que recibe como saludos no son más que la confirmación de sus soterradas inclinaciones. Sin embargo no hay una sospecha contundente de la homosexualidad de Gianella (la de Queca está hace buen rato confirmada) ni la habría, por lo menos hoy, ya que siendo su cumpleaños y estando su enamorado ya presente (y bastante bien sazonado) y comiendo de su comida y bebiendo de su cerveza, se trataría de una insolencia mayor y nada oportuna intentar aclarar su condición sexual.
La fiesta empezó a animarse gracias a la llegada tumultuosa del chico de Gianella, este tenía toda la apariencia de haber estado sumergido en alcohol por tres días, no solo por el terrible estado en el que había llegado, sino por lo desfachatado y faltoso de su alegría, sin mencionar el aliento de dragón que se traía. Casi todos cuestionaban ese desatino (algunos como Marcos y Rayan lo celebraban) y se compadecían de la pobre Gianella, quien estaba pasando la vergüenza de su vida al tener que presentar a sus honorables padres y amigos más cercanos a un enamorado completamente ebrio y desalineado. Los padres de Gianella, tan respetables y solemnes como en toda la noche, dejaron escapar con una admiración de pánico un carajo (bastante bien distinguido, por supuesto) al ver la piltrafa de novio que su bienamada hija les ponía en frente como si se tratara de una marioneta sacada de algún barril cantinero. Así de jodida está la juventud pensaron y dispusieron retirarse para dejar a su hija con su novio decrépito y sus demás invitados, que de a pocos se iban poniendo a tono. Así de jodida está la juventud, se dijeron de nuevo y se marcharon.
A pesar del mal momento vivido, la fiesta debía continuar. Y qué mejor manera de continuarla que tomando la ingente cantidad de cerveza dispuesta a los invitados luego de que estos hubieran arrasado con todo el buffet que la familia de la cumpleañera había brindado desprendidamente. Marcos (quien hasta aquel momento ya se había secado más de una caja por cuenta personal) insistió nuevamente con Juana pidiéndole primero que la acompañase en los brindis, a modo de recordar viejos tiempos, y diciéndole, luego de la negativa, que no le creía ni un ápice de su renovado estilo de vida ni de su fe acartonada y que, más bien, todo le parecía una hipocresía imperdonable. Juana sólo le respondía con largos silencios e intentaba mantener la calma (calma que sólo iría a perder en la mitad de la fiesta). Ante la insistencia de su ex compañero de parrandas, Juana optó por levantarse e ir a buscar la compañía de Verónica y los demás que también habían decidido segregar al irreflexivo Marcos.
Él rió como hiena mientras Juana se alejaba y pensó en seguir torturándola con su incansable sarcasmo pero se vio interrumpido por las urgencias urinarias que estaban siendo reprimidas desde antes del happy birthday y que no pudo contener más. En el pasadizo que conducía al baño, se encontró con Rayan e Ysela, enmarañados en sus deseos ardientes de estar uno dentro del otro y quienes ante la pregunta impertinente y obvia de qué están haciendo aquí, sólo atinaron a decir que nada y siguieron con lo suyo. Como buen amigo, Marcos felicitó el atrevimiento de su camarada con una palmada en la espalda y lo envidió por no tener la oportunidad de hacer lo propio por haberse ganado la antipatía de Verónica, su amante desprovista de toda belleza pero siempre dispuesta.
Al entrar al baño Marcos quedó sorprendido por la majestuosidad de este. El inodoro era tan blanco y perfecto que se le ocurrió que los padres de Gianella habían planificado tan bien la fiesta y se habían esforzado de tal manera, que incluso habían comprado un excusado nuevo solo con el fin de que los amigos universitarios de Gianella depositaran con admiración sus inmundicias digestivas y al mismo tiempo envidiasen a su hija por tener a unos padres, que además de solemnes y respetables, eran dadivosos y sumamente refinados hasta para el acto ocioso de cagar. El baño además tenía un soberbio jacuzzi donde, si todo no hubiera lucido tan radiante como lucía, muy probablemente los padres de Gianella la habrían concebido. Sin embargo lo que más le impresionó del lugar fue lo grande y espacioso que resultaba ante sus ojos. Pensó que algún día querría tener un baño con esas características, de esa blancura deslumbrante, con un jacuzzi tan hermoso como ese y de las mismas dimensiones monumentales que resultaba incluso bastante más amplio que su propia habitación. Marcos meó con placer y salió de aquel espectacular baño con la certeza de que Gianella y todos sus hermanos habían sido concebidos en el jacuzzi. Mientras se dirigía nuevamente a la fiesta, Rayan e Ysela aprovecharon el momento y se encerraron en el magnífico baño para dar rienda suelta a esas ganas locas de devorar sus abultados cuerpos. Años después, Rayan comentaría que aquella noche, en aquella fiesta y en aquel baño de ensueño, él había experimentado el mejor sexo oral de toda su vida.
Con toda la envidia que le podía despertar la buena suerte de Rayan y la incontrolable sensación de hacer lo prohibido que le quemaba las partes bajas, Marcos buscó a Verónica y se sentó a su lado. Ella le fue indiferente por algún momento, pero todo se solucionó con una pasada de brazo por la cintura y un amago de caricia. Marcos aprovechó que estaba en medio de un grupo nutrido de gente y comenzó nuevamente a criticar el cambio de vida que Juana había experimentado. Todos rieron cuando Juana comenzó a mostrarse un poco erizada por la insistencia del tema y a mostrar indicios de querer responder la agresión. Marcos vio que era la oportunidad perfecta para obligarla a tomar y le lanzó un desafío que sabía no podría rechazar, “si esta noche tomas con nosotros, como antes lo hacías, te dejaré en paz para siempre”. Juana lo miró, y perdiendo la calma que había mantenido en todo el tiempo hasta ese entonces, no pudo encontrar mejor oportunidad para sacarse de encima al pesado Marcos y a sus constantes burlas, “ok, ¿quieres tomar conmigo?”, preguntó algo iracunda, “entonces tomemos”, agregó ella y fue en búsqueda de su vaso que iría a convertirse en su arma de combate. Los demás gritaron entusiasmados por el reto y porque la fiesta se iba a poner más candente de lo que ya estaba y porque Juana, la borracha incorregible, volvía a sus raíces.
Casi todos rodearon el mueble en el que se encontraban Juana y Marcos, incluso el enamorado de Gianella, quien gracias al desinterés de esta (interesada en conversar únicamente con Queca), no tuvo más remedio que unirse a un grupo de chicos que no conocía. Cuando Marcos se disponía a hacer un brindis por la recuperación de su vieja amiga, ella hizo un silencio incómodo e interrumpió de inmediato, “nada de brindis, si vamos a tomar, lo vamos a hacer de verdad. Tiene que ser seco y volteado. Una tú y una yo”. Marcos aturdido por el nuevo desafío, aceptó con placer resignado el lance, aunque entonces se sintió un poco inferior ya que su imagen de bebedor contumaz se podría venir abajo y caerse como el más frágil castillo de naipes si él no respondía a la altura de las expectativas cifradas en él por sus demás compañeros. Mientras iba llenando el vaso, su orgullo de borracho que no se amilana por nada y que llega hasta las últimas consecuencias le decía que no podía dejar de pasar esta oportunidad para demostrar su resistencia al alcohol y lo superior de su capacidad de aguante frente a los demás aprendices y seres ordinarios, pero su sentido común le advertía, por otro lado, que venía bebiendo desde hacía varias horas y que era mejor ser discreto en el empinamiento del codo y ser responsable de su salud física. Miró el vaso espumante casi a rebalsar y miró también a Juana imperturbable y con una ligera sonrisa de arpía gorda y optó por seguir a su orgullo.
Tal había sido el impacto del reto que nadie dudó en participar del evento. No había por qué preocuparse de una eventual y repentina falta de cerveza ya que era evidente que la chela no iría a faltar aun si las celebraciones se alargaran por tres días más. Así empezaron los sendos shots que iban cayendo como punzadas terribles al estomago para algunos, como Verónica, por ejemplo, quien empezó a sentir los embates después de unos cinco shots continuos y avisó que tenía la urgencia de ir al baño (al magnífico baño) dado lo abusivo del método de tomar que habían implantado los demás. Cuando llegó al baño, no necesitó de tocar la puerta pues la manija estaba sin seguro. Al abrir la puerta se topó con el enorme (y también melenudo) trasero de Rayan que tenía los pantalones abajo y las manos en la cabeza de Ysela, quien arrodillada parecía disfrutar bastante de su posición de sumisión. Verónica comenzó a hacer un escándalo interminable, creyendo que su amiga estaba siendo abusada por el patán de Rayan que aprovechando su estado de ebriedad la forzaba a hacer cosas espantosas e inmorales. Luego de entender lo sucedido Verónica retornó a la fiesta (que se había convertido en un combate de todos contra todos a base de shots de cerveza) ofuscadísima y enojada, esta vez ya no solo con Rayan, sino también con Ysela, pues entendía que las casas ajenas estaban para ser respetadas y no para dar rienda suelta a esas calenturas reprochables e incivilizadas. Tiempo después Verónica habría de olvidarse de sus propias palabras en el festejo de otro cumpleaños y en otra casa ajena cuando casi a vista y paciencia de algunos compañeros iría practicar esas calenturas incivilizadas con Marcos y luego fornicarían con un arresto demencial en el baño de aquella casa (no tan grande ni majestuosa como esta, claro está).
Rayan e Ysela regresaron un poco ruborizados por el escándalo de Verónica y pidieron participar del juego (sobre todo Ysela quien deseaba perder el mal sabor de boca). Marcos y Juana empezaron a shotear junto con los demás invitados que, conocidos o no, iban enfrascándose en un festival cervecero infernal. Ysela comenzó a sentirse jubilosa rápidamente impulsada por los shots tan seguidos que ingería y que iban haciendo estragos en su forma de hablar y en su mirada difusa, se reía de cualquier cosa y festejaba algún sonido corporal que invadía el aire justo cuando la música paraba (dado que ante tanta cerveza consumida el descontrol de los órganos era casi un hecho). Fue increíble la forma tan rápida como Ysela sucumbió a la borrachera, se sentía eufórica y risueña y propuso un concurso de eructos para demostrar que la boca de las mujercitas no solo sirven para los felatios furtivos sino también para las grandes sonoridades. Todos se sorprendieron de sus palabras pero le celebraron la gracia, todos menos Rayan que se agazapó ante tanta alegría y tan poca vergüenza.
Marcos, luego de vencer a todos con sus eructos abrasivos y bastante mamado, empezó a sentir sorpresivamente una fuerte e incontrolable erección. Quería tener sexo esa noche, encerrarse en el baño que tanto lo había deslumbrado y fornicar desesperadamente en su condición de borracho hasta los huesos. Buscó entonces a Verónica en medio de la fiesta, ella estaba sentada al lado de Catalina y Alexis, estos últimos se habían mantenido conversando casi toda la fiesta a solas y no habían bebido casi nada en lo que iba de la noche (casi nada en comparación a los demás que ya habían vaciado dos refrigeradas completas). Marcos se les acercó y comenzó a molestarlos sin piedad mientras buscaba la cintura de Verónica. Aquella fue la primera vez que Marcos iría a notar ese no sé qué de Catalina y que meses después lo impulsaría a iniciar su tórrida relación, relación que al margen de todo lo vivido tendría su punto de quiebre e iría a resquebrajarse desde que Catalina echó groseramente de su casa en medio de la madrugada a los amigos de Marcos luego de que estos le cantaran, (incentivados por el mismo Marcos) y sin la más mínima ojeriza, y que no me digan en la esquina, el venao, el venao, una canción que hirió seguramente su susceptibilidad de mujer leal e inteligente.
Marcos tomó a Verónica por el brazo y la sacó a bailar. Ella guardaba aún un poco de coraje en su corazón por el malestar que le habían causado las palabras de Marcos al inicio de la velada pero no podía ocultar el inmenso cariño sentido por aquel sinvergüenza. Él trató de congraciarse con ella y comenzó a decirle palabras bonitas y amelcochadas (las cuales sabía que le permitirían derruir la barrera que ella misma había construido para ambos aquella noche) y así poder tirarse un polvito por lo menos. La imagen del baño se le venía a la mente a cada instante, además de la envidia que le causaba el hecho de ver a Rayan quien sí le había dado buen uso a este. Verónica se mostraba infranqueable y exigía más pruebas, tal vez palabras más aduladoras, perdones más sentidos o tan solo una promesa de amor eterno. Marcos entendió y le dio gusto con ese su talento innato para el histrionismo, “sabes muy bien que te quiero mucho, chinita”, le dijo y a ella no le quedó otra alternativa más amarlo de inmediato y besarlo y “tal vez hasta el pasadizo. Solo hasta el pasadizo, al baño no”.
Cuando ambos se acercaban cada vez más a la puerta del baño y el silencio se iba llenado de lívidos gemidos, escucharon un fuerte ruido que provenía de las escaleras que conducían al primer piso del edificio. Eran Rayan e Ysela, quienes abandonando la fiesta no midieron el riesgo de su calentura y al ver que las escaleras se encontraban despejadas de cualquier imprudente presencia, decidieron usarlas como escenario para sus pericias sexuales, sin caer en cuenta que ambos se encontraban en un lastimero estado de ebriedad (e inestabilidad sobre todo), dando como resultado una caída descomunal y de antología en la historia de todas las caídas. Ambos rodaron con sus redondos cuerpos por los peldaños de la escalera causando incluso el estremecimiento del lugar y uno que otro moretón arbitrario. Todos arriba seguían embebidos en el desafío chelero e imperturbables ante todo el espectáculo que fue ver rodar literalmente a los dos amantes. Marcos rió impetuosamente mientras Verónica fue en ayuda de su amiga que aún permanecía tendida en el suelo más que por el dolor de la caída, por lo ebria que estaba y porque no podía ponerse de pie sola. Esto acabó con toda oportunidad de cumplir algún arriesgado deseo sexual por parte de Marcos. Rayan e Ysela se marcharon como pudieron de la fiesta y ya sin pocas ganas de seguir encandilando sus regordetes y ahora adoloridos cuerpos.
Marcos y Verónica regresaron a la fiesta (que hasta ese momento no paraba de ser un vendaval de cerveza a diestra y siniestra). En ningún momento la gente había notado su ausencia y menos la de Rayan e Ysela. Gianella seguía disfrutando de la danza y de sus veintiún años frente a la mirada enamorada de Queca quien de vez en vez iba robándole un beso disimulado o acomodando sus cabellos juveniles con tanta naturalidad y destreza que nadie se hubiera inmutado o pensado mal sino hubiera sido por el enamorado de la cumpleañera que movido, seguramente por su inconsciencia o alguna otra fuerza no racional, empezó a reclamar esos acercamientos escandalosos hacía su enamorada y más respecto, carajo que yo soy el novio y que nadie más me la toca. Afortunadamente todos atribuyeron aquel arrebato celotípico a lo borracho que andaba y no a la certeza de sus palabras (que algo de razón tenían).
Tantas emociones juntas revolotearon el estomago de Marcos y lo obligaron a ir de nuevo al maravilloso baño, esta vez sí lo necesitaba con suma urgencia y aún así hubiera encontrado una pocilga en lugar del majestuoso retrete él se sentiría igual de satisfecho, pues ahora era una cuestión de supervivencia y ya no de trivialidades ornamentales. Para su desgracia lo encontró ocupado. Pensó que la necesidad de evacuar sus intestinos podría esperar unos cuantos minutos más por lo tanto decidió regresar nuevamente al mueble donde Juana seguía tomando shots de cerveza con los demás incansablemente. Marcos se sorprendió de ver que el número de participantes en la contienda había aumentado, esto le repuso todas sus fuerzas, antes consumidas por el deseo de deponer sus miserias, y como buen macho solicitó su lugar. “Ah no, Marquitos. Tú debes meterte por lo menos cinco seguidos, porque te has perdido como media hora”, retó Juana aún imperturbable pero un poquito más alegrona que antes, “ok, venga”, aceptó Marquitos envalentonado. Aquellos cinco shots fueron los más devastadores de la noche. Cada uno de esos shots significaban un espasmo intestinal insufrible. Sus entrañas eran una caldera de líquidos densos que estaban a punto de estallar, dada toda la comida consumida y aproximadamente las dos cajas y media que por cuenta propia se había encargado de desaparecer. Esta ingesta inmoderada le estaban pasando la factura a esta hora de la madrugada y sus tripas eran las que más sufrían.
Después de esos terribles shots, Marcos ingresó en un estado francamente lastimero. Ya no pudo pararse nuevamente y sólo atinaba a recibir por automatismos el vaso de cerveza cada vez que Juana (viendo consumada su venganza y olvidando por un momento sus convicciones místicas) le servía sin compasión y lo obligaba a terminar de un solo sopapo. Marcos pues, se encontraba en un estado de ebriedad absoluta y lo peor, o lo más preocupante por lo menos, eran esas escalofriantes ganas de cagar que lo embestían como estremecimientos abdominales continuos. Su estómago estaba completamente embotado de cerveza y de toda la deliciosa comida ingerida en la fiesta por lo que necesitaba con urgencia ir al baño.
En una reverberación de lucidez, Marcos pensó que lo mejor sería pedir auxilio a alguien para que lo ayudase a ponerse de pie primero (en vista de que ya no podía hacer si quiera eso) y que luego lo condujera al baño a toda prisa, todo esto por el temor de moverse por cuenta propia y en el intento sufrir un accidente vergonzoso frente a todos los que aún seguían tomando la chela inacabable. Volteó a su lado izquierdo, con dirección al mueble donde se encontraba “el abuelo”, y se dio cuenta que este ya dormía plácidamente junto a Catalina quien estaba recostada en su pecho, “abuelo de mierda”, pensó e intentó reprimir esas ganas invencibles de expulsar rabiosamente todo lo que llevaba dentro. Pasaron unos minutos más y la ansiedad por descargar su organismo comenzó a hacer trizas sus nervios. Inmediatamente hizo un esfuerzo heroico y se levantó del mueble a duras penas (y no con pocos aspavientos). Cuando se disponía a enfilar al baño, fue tomado por el brazo por una Juana inconmovible quien le ofrecía un shot más, “yo creo que se está mariconeando”, dijo y rió sintiendo ahora lastima no por el alma de Marcos, sino por su cuerpo constreñido. Marcos bebió rápidamente y siguió su camino al baño sin hacer caso a las palabras de sus compañeros, palabras que ya no podía descifrar ni distinguir claramente, había perdido hasta el don de la comprensión del lenguaje hablado y en su cabeza solo deseaba estar por fin en el baño, en ese magnífico baño.
Poco a poco, dando pasos cortos y cuidadosos, llegó a la puerta del baño que, por gracia divina ya estaba desocupado. Cruzó la puerta intranquilo (como intranquilos estaban sus esfínteres) y prendió las luces con premura. Vio nuevamente el deslumbrante inodoro y el enorme jacuzzi donde probablemente había sido concebida Gianella y sintió emerger de su cuerpo desgarbado una criatura desafiante y sin control. Rápidamente se bajó los pantalones y dispuso a sentarse, donde sea, pero a sentarse. Ya para esos momentos, y como era comprensible, Marcos había perdido completamente la noción de espacio-tiempo. Su mente comenzó a divagar por un sinnúmero de imágenes inconexas que poco le ayudaban a ser conciente de sus actos. Comenzó a disfrutar el placer de sentir como todas sus inmundicias salían en grandes y gruesas cantidades de un estómago que ya no soportaba más la presión de la carga fecal. Su pensamiento delirante bullía en aquella orgásmica eliminación de las sustancias inservibles para su organismo mientras le agradecía a la vida haber nacido con un ano y tener la gracia de poder cagar. Al terminar con todas estas reflexiones y luego de muchas espiraciones se dio cuenta que no había ni siquiera un mugriento pedacito de papel higiénico con el cual limpiarse el culo. Ante tanta desesperación y tan poca conciencia, no atinó a mejor idea que limpiarse con los dedos. Se restregó incesantemente el recto con los tres dedos principales de la mano izquierda hasta sentirse seguro de que se había librado de todo los restos de deshechos que adornaban los contornos de su agujero. Cuando terminó de hacerlo, sintió unas ganas enormes y una curiosidad infantil por saber cómo era el olor de la mierda tocada, o de la mierda en las manos, o de la mano que ha tocado mierda, o lo que fuera. Se llevó entonces la mano izquierda a la nariz y experimentó el fuerte pero, a la vez, buen aroma del alimento procesado y desechado.
Una vez satisfecha su necesidad de cagar, sintió que ya era hora de regresar a la fiesta. Sin lavarse las manos se subió nuevamente los pantalones, sólo para darse cuenta que el lugar donde estaba sentado no era el hermoso retrete, sino el piso del baño. Había depuesto toda esa inmensa cantidad de residuos excrementicios en medio del baño (que era fastuoso e inmenso). El majestuoso piso de ese hermoso baño había sido mancillado por la mierda descuidada de Marcos. Este se quedó observando el mojón por un buen rato, contemplándolo sin pestañear si quiera y, mientras trataba de concentrarse en una probable solución para la asquerosidad que acababa de cometer (e intentando apartar todas las ideas que se le venían a la cabeza producto del alcohol corriendo en su torrente) sintió de pronto un enorme deseo de hacer de su asquerosidad una verdadera desgracia, de crear un caos cósmico, una revolución de magnitudes, una obra de arte o lo que fuera que se pudiera crear con tanta mierda derramada. Se agachó y tomó porciones de su generosa mierda con ambas manos y comenzó a embarrar las blancas y deslumbrantes paredes de aquel maravilloso baño con una emoción desquiciada, con violencia creativa, con tanto furor que quien lo hubiera visto lo hubiera confundirlo con la más insidiosa demencia o con estado irreparable de psicosis aguda. Marcos se encargó de dejar su huella en aquella habitación (literalmente). Sus manos alucinadas dejaron grabadas con restos de mierda las magníficas paredes de la habitación higiénica para la posteridad (o por lo menos por las siguientes horas). Finalmente al sentir que sus manos ya estaban completamente limpias de toda suciedad, (suciedad esparcida y pintarrajeada por todo el lugar), se acercó al interruptor de luz y lo apagó satisfecho.
Toda su mente después de aquello, se volvió en blanco como si al apagar el interruptor del baño hubiera también desconectado su conciencia (o lo poco que quedaba de ella). Lo último que recuerda es haber estado durmiendo plácidamente en uno de los muebles de la sala, con su ropa perfumada y manchada por su propia inmundicia.
A la mañana siguiente Gianella lo despertaría luego de samaqueado por largos minutos para decirle que ya era hora de que se vaya a casa. Marcos se despertó con un terrible dolor de cabeza, con los ánimos macilentos y sin una pizca del recuerdo de su obra siniestra. Levantó la mirada cansada y vio acostado a su lado al enamorado de su amiga, quien se encontraba totalmente inconsciente, y hasta podría decirse postrado en un coma etílico. Alexis le habló desde el otro mueble y él solo escuchó que eran más de las nueve de la mañana y que tenían que irse. Ambos se alistaron para salir y mientras “el abuelo” buscaba a Catalina desesperadamente para despedirse de ella, Marcos se acercó a Gianella y de la mejor manera que encontró le confesó la inquietud que lo embargaba en esos instantes, “Giany, no es por nada, pero creo que tu flaco está mal, bien mal”, “sí pues, ha tomado demasiado. Ya se despertará más tarde”, dijo ella intentando calmar al comprensivo Marcos. “No lo digo por eso, me refiero a que creo que ha tenido un accidente, uno de tipo intestinal, amiga. Huele a pura mierda”, repuso él un tanto asqueado. “¿En serio? No te creo nada”, dudó ella primero, y lo luego de olerlo y de sentirse decepcionada por la vida, repuso con un poco más de gracia, “que desgraciado, tendré que hacerlo limpiar nomás”. Ambos rieron y se despidieron no sin antes prometer (Marcos a Gianella) que no le diría a nadie lo del accidente de su chico. Alexis regresó algo desesperado diciendo que no encontraba a Catalina por ningún lado (él de veras que la amada) pero Gianella lo calmó diciéndole que ella estaba en su cuarto, descansando.
Marcos y Alexis partieron envueltos en un inexplicable aroma a mierda, tomaron un taxi y se dirigieron a sus hogares conversando de las incidencias de un tono memorable y de cómo el enamorado de Gianella se había cagado en los pantalones. Dos horas después en la casa de Gianella, Catalina se despertaría para usar el baño y se quedaría horrorizada, boquiabierta y asqueada por la tremenda escena surrealista que había encontrado frente a sus ojos.
El rumor de aquella fiesta y de todo lo acontecido en ella (especialmente aquel espectáculo pictórico encontrado en el baño) se regó como pólvora y fue comentado por varias semanas entre los asistentes a la fiesta y quienes nunca se perdonarían no haber ido. A todos les pareció increíble, reprochable y de pésimo gusto que el enamorado de Gianella hubiera sido capaz de cometer semejante barbaridad y aunque él nunca lo aceptó, nadie dudó en ningún momento de su autoría. Gianella terminó con aquel tipo para siempre, y nunca nadie más supo que había sido del causante de la peor vergüenza registrada en alguna fiesta de cumpleaños.
Cuando aquellos rumores llegaron a los oídos de Marcos al día siguiente (gracias a una llamada de Alexis que a su vez había sido enterado por una traumatizada Catalina), y luego de reírse por un buen rato y “o sea que no solo se cagó en los pantalones sino que también le cagó el baño a Gianella”, una extraña sensación de culpa le recorrió la garganta pero no supo reconocer a qué se debía sino hasta cuando vio sus pantalones embadurnados de excremento incuestionable. En aquel momento, todo se dilucidó y luego de un gran esfuerzo y de mucha vergüenza, recordó hasta el último detalle de cómo en una fiesta de cumpleaños él había decorado el magnifico baño de la casa con sus ordinarias heces en medio de la peor borrachera de su vida. Por suerte para él todos culparían al chico de Gianella (quien en realidad nunca se había ensuciado los pantalones siquiera) y eso lo dejaría libre de sospecha. En definitiva él había triunfado no sólo porque la había pasado de lo mejor ayer noche, sino porque, había cometido el crimen perfecto, cosa de la cual no muchos pueden jactarse. Bajo esa argumentación Marcos se levantó de su cama algo entusiasmado, salió de su casa en busca de un descampado y armado de algo de combustible y unos cerillos se dispuso a quemar sus pantalones agravantes y llenos de pruebas excretorias y luego de unas carcajadas triunfales y de los recuerdos que iban recomponiéndose, se prometió, mano en pecho, jamás contar la verdadera historia.
viernes 23 de octubre de 2009
La emergencia del Tribunal Constitucional

Por Fred Borbor.
Pero una cosa es aceptar participar de una cortina de humo que genera necesarios debates en la población, haciendo que las ideas al respecto fluyan y se esparzan como semillas en el campo para que después puedan generar sus frutos; y otra muy distinta es aceptar participar de una cortina de humo malintencionada, generada por gente malintencionada que se supone debe ser la más ecuánime del país, la que actúe con más apego a las normas y sobre todo a la lógica.
El Tribunal Constitucional, la “más más” de nuestras instituciones jurídicas, el “ya no ya” de nuestro mundo legal acaba de dictar una sentencia para la vergüenza. Algo así como un paso atrás, qué digo uno, miles de pasos atrás. Y no sólo por el hecho de legislar en contra de un tema que ya se creía estudiado, analizado y zanjado, sino por lo aberrante que resulta el mismo texto y estructura del documento.





