martes 30 de junio de 2009

Los borrachos también lloran



Nota de autor: Esta es la primera entrega de muchos relatos venideros, todos imaginarios e inventados y que nada tienen que ver con la realidad de alguno de los miembros de este blog o amigos cercanos a ellos. Son historias maceradas por el tiempo para ser disfrutadas como anécdotas divertidas a sorbos pequeños. Las historias reveladas aquí –como ya lo dijimos– son fantaseadas y azarosas, asimismo no tiene ningún tipo de conexión ni temporal ni argumentativa, son historias aisladas. Y si a pesar de ello no lo creen así… será una lastima para ustedes por incrédulos.


Capítulo primero

Por Hector Ccahua:

Mientras bebía la última cerveza de la noche y de aquella celebración, y apenas se sostenía por sus propios medios con las piernas bien separadas para no perder el equilibrio, pensó en lo contenta que se pondría su madre cuando llegase a casa con la olla arrocera que se había ganado hacía pocas horas en el sorteo realizado por el día del trabajo en su centro de labores. Era sábado y todos los trabajadores de aquella academia –que lleva el nombre del poemario que significó el anticipo del vanguardismo literario en Latinoamérica– habían estado celebrando desde el mediodía su condición de empleados con un entusiasmo de feria. No era para menos, se tenía un empleo en estos tiempos difíciles, habían recibido un almuerzo de camaradería bastante generoso y lo mejor de todo: la cerveza era gratis. ¿Qué más se podría pedir en esta vida? Si todo fuera gratis, la humanidad estaría un paso más cerca de la felicidad, eso ni quien lo dude.

Willy era su nombre y ahora enrumbaba hacia el paradero donde tomaría la combi que lo llevaría hacia su casa. Eran exactamente las 10 y 50 de la noche y ya la última cerveza ahora solo era un montón de espuma acumulada en el fondo de la botella de 650 mililitros. Era hora de marcharse porque en medio de las celebraciones y el júbilo, Willy se había quedado solo en una mesa repleta de botellas vacías y cabezas dormidas sobre sus brazos que no reconocía de ningún lado, no se había percatado en el barullo de la fiesta que los demás tutores, como lo era él, habían decidido irse a celebrar a otro recinto donde hubiera más trago y menos borrachos, y ahora se encontraba rodeado de rostros desconocidos y que lo miraban con un gesto de risa contenida e hilaridad lastimera por aquella inestabilidad inusitada para caminar que ahora lo sorprendía.

Salió tambaleando del lugar y preguntándose donde se habrían ido sus compañeros tutores a seguir celebrando. Tomó su magnífico y costoso teléfono celular de su bolsillo izquierdo (celular adquirido recién hacía un mes atrás y por el cual aún le faltaban pagar 6 cuotas de 200 soles) y empezó a enviarles mensajes misios, que eran los únicos que tenía por enviar, ya que Willy era de esos espíritus ahorrativo en extremo e incomparables a algún mortal – el celular fue solo un hecho aislado y circunstancial– y que además le valían la fama de avaro consumado y servían para la creación de mitos tales como aquel que no le gusta comer plátanos por no botar la cáscara. Sin embargo, y al ver que nadie lo llamaba o respondía sus mensajes misios, decidió con enorme convicción que sería mejor irse a casa a mostrarle a su madre la hermosa olla arrocera que se había ganado hoy. Cuanto había tomado Willy esa noche, cuanta cerveza gratis, a cuantas mujeres no le habría pedido disculpas por el involuntario desliz de sus manos que estando en las caderas de estas terminaban en las zonas más blandas de su anatomía al bailar, el ímpetu del alcohol les decía. Si así fueran todas las reuniones, la vida sería otra cosa, pensaba él mientras se colocaba en los oídos los audífonos de su discman que lo acompañarían hasta el paradero donde habría de tomar su carro.

Con los ojos achinados como los traía y su andar vacilante fue recibido por un fuerte golpe del viento en la cara – que no sería el único golpe que recibiría aquella noche– y por un instante fue feliz al recordar lo mucho que había bebido y lo poco que había gastado. Luego de aquel ventarrón sorpresivo en el rostro y como por algún conjuro licencioso de la mala fortuna, Willy no pudo controlar más el movimientos de sus piernas y su visión ahora era más borrosa que antes. Pensó que sería bueno caminar hasta el paradero en lugar de tomar una combi para darle tiempo a que la borrachera pase, además solo eran siete miserables cuadritas de la avenida La Marina hasta llegar a la avenida Universitaria para tomar otra combi y lo mejor de todo: ningún centavo saldría de sus bolsillos.

Emprendió entonces su camino con el premio ganado bajo el brazo derecho, los audífonos en las orejas para no aburrirse y el magnífico y costoso celular recientemente adquirido en el bolsillo izquierdo. Se sorprendió de lo difícil que era caminar con una caja en el brazo derecho pues lo hacía tambalear tan exageradamente que ocupada todo lo amplio de la vereda y no lo dejaba ir en línea recta como casi siempre acostumbraba caminar. El zigzagueo lento de su andar además de lo mucho que se movía todo a su alrededor lo hizo caer en cuenta de que estaba más borracho de lo que él imaginaba, así es que sabiamente decidió tomar un atajo, de esos que él tomaba siempre que salía de la academia a su casa, para ahorrarse unos cuantos centavillos.

Con el mismo ímpetu y despreocupado orgullo de los borrachos, Willy encontró el atajo a través de un parque de árboles elevados y arbustos abundantes. Tan tranquilo era aquel parque, se decía, que recordó la vez que en la que a estas mismas horas y en compañía de su, por entonces señorita enamorada, él experimentó el encuentro sexual más excitante y rápido en su historial de sesiones amatorias furtivas. De pronto y como un sacudón de la mismísima noche Willy se vio desposeído de su preciado premio –la hermosa olla arrocera– y se vio rodeado de siluetas que no alcanzaba a contar porque cuando creía que eran tres, estos malhechores de la noche se desdoblaban y ahora parecían seis. Con valentía se arrojó a recuperar la hermosa olla arrocera que sería el deleite de su madre (y que por ser gratis, era mucho más preciada) y en lugar de ello se tropezó con un sonoro ruido de vidrio y una extraña sensación en su mano derecha que no supo reconocer en aquel momento. Uno de sus contendores intentaba atacarlo con lo que quedaba de una botella que instantes antes prácticamente se había despedazado en la mano derecha de Willy, este con todo el temperamento de un buen borracho empezó a utilizar su brazo como escudo. Maravilloso estado de ensueño y bendito licor que no le permitía sentir dolor alguno, se decía y luchaba encarnizadamente contra aquellos espectros nocturnos. Para nadie es un secreto que el alcohol provee a sus benefactores de una fuerza arriesgada y la ausencia total del miedo y cierto adormecimiento del sentido común también, bajo aquel influjo se hallaba Willy cuando decidió no rendir las armas y arremeter contra esos fantasmas que cada vez se movía más rápido y más furiosos.

La reyerta terminó cuando uno de los espectros sorprendió a Willy por las espaldas y le aplicó una llave magistral que casi lo deja sin cuello y sin aliento. Luchó hasta donde las fuerzas del alcohol se lo permitieron y cayó desvanecido en la vereda despojado de toda pertenencia. Tosió un buen rato por la fuerza del cogoteo y luego se repuso. Quiso saber de qué se trataba la extraña sensación que no reconocía en su mano derecha, pero su borrachera, la falta de aire producida por la estupenda llave que le aplicaron y unas insólitas ganas de dormir, lo llevaron hasta un árbol donde se apoyó y durmió hasta las 3 de la mañana.

El pobre Willy despertó en su cama a las 5 de la tarde del día siguiente sin recordar si quiera como pudo llegar a casa. Quiso ponerse de pie y empezar a recordar lo que había pasado en todo este tiempo pero no pudo hacer ni lo uno ni lo otro. Cayó pesadamente en el suelo de su cuarto y no entendió las razones de su inestabilidad, ¿acaso seguía bajo los efectos de la borrachera? Gritó desde el suelo un auxilio desgarrador y su madre lo asistió como solo las madres saben hacerlo entre recriminaciones y muestras de preocupación ¿Por qué se había caído? Intentó dar un suspiro para invitar a la remembranza de los sucesos de su aventura y un fuerte dolor le impidió si quiera el respirar cómodamente. Se quitó la camiseta que llevaba y descubrió en sus costillas unos moretones espeluznantes producto de las patadas recibidas por los fantasmas de ayer noche. Se despojó de sus pantalones y descubrió la causa de su caída, sus rodillas y piernas también estaban amoratadas y desolladas. Su madre cariñosamente lo reprendía mientras curaba sus heridas y le ayudaba a recordar.

Le comentó que su padre le abrió las puertas a las cuatro de la madrugada y tuvo que pagar un taxi desde la avenida La Marina. Les informó que había sufrido un atraco y luego de maldecir su suerte, su padre lo llevó a su cuarto casi a rastras. Lo tumbó en la cama con la misma ropa ensangrentada y llena de pasto y vomito y lo dejó dormir hasta las cinco de la tarde para que le pasara la borrachera. Sin embargo nadie (ni el mismo Willy) se había percatado de los golpes que llevaba como regalito de sus agresores.

La pregunta era ahora, ¿Qué había ocurrido la noche anterior? Aquello era todo un misterio para la familia, incluso para el mismo Willy que ahora solo se lamentaba no haberle regalado la hermosa olla arrocera a su madre. Fue forzando la memoria a pesar de las terribles palpitaciones de sus sienes y el sedimento de sus tripas y paladar. Y justamente esa olla arrocera lo llevó hasta el recuerdo del atraco sufrido. Se vio la mano derecha y su recuerdo como una clarividencia del pasado le aclaró todas las dudas.

Recordó primero haber despertado en un parque –luego de la golpiza propinada– apoyado en un árbol añejo y con un frío en el pellejo que lo hacía tiritar, “fue el frío en realidad, lo que me hizo despertar”, dijo Willy mientras contaba su historia. El frío de la madrugada debió haber sido superlativo ya que superó el umbral de sensaciones que el alcohol había adormecido. Se puso de pie con menos problemas que antes y no recordó donde estaba ni porque había dormido en un parque si el tenía una casa acogedora y una cama confortable y amplia. Miró a su alrededor y reconoció la avenida La Marina. Se le ocurrió que si estaba allí es que venía de su trabajo, de la academia con nombre de poemario. Se tranquilizó y empezó a recordar la gran celebración que había tenido, cuantas botellas se habría encargado de vaciar él solito, “cuanta diversión, ¡por Dios!”, se dijo. Sonrió y decidió ver la hora para decidir si tomaba una combi o seguía caminando. Introdujo su mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón para buscar su magnífico y costoso celular y no lo halló. Se alarmó, “mi celular”, se preguntó y empezó a buscarlo en todos sus bolsillos. A pesar de haber dormido por más de cuatro horas apoyado en el árbol de un parque de San Miguel, frente a la avenida La Marina, los estragos de la bombaza que se había metido y los efectos de la espumante chela gratuita bebida en grandes cantidades, aún seguían firmes como un roble en su sistema sanguíneo y la confusión de un sueño incomodo y frío también confundían sus respuestas.

No halló su celular en sus bolsillos y su estado de confusión se entremezcló con una tristeza hondísima, la misma que sienten los tacaños más extremos cuando pierden algo que aún no han terminado de pagar. Miró aquella avenida y pensó que quizás no sea tan tarde por el constante ajetreo y la vida que tenía a esas horas las calles. Le preguntó la hora a una señora que pasaba por allí y le ofrecía cigarrillos y caramelos y ella le informó lo que no creyó que fuera verdad, “son las tres de la mañana, jovencito”, le dijo la señora, quien se fue rauda luego que Willy introdujo su mano al bolsillo trasero de sus pantalones para sacar dinero y comprarle unos cigarrillos y no encontró nada en ellos, “mi billetera”, dijo para sí y empezó a buscar en el césped lo que nunca halló.

Recordó que también llevaba audífonos en las orejas y en la cintura un canguro donde guardaba su discman y que ahora tampoco estaban, “mi discman”, se cuestionó enseguida. Buscó en sus bolsillos su discman o sus audífonos, aún cuando fuera como consuelo, y adivinen…nada de nuevo. Sin billetera, ni celular, ni discman, se percató recién que algo había ocurrido mientras se había quedado dormido. Se tomó la frente con la mano derecha como una lamentación y se hizo un pequeño corte. Había dolor, lo cual era signo inequívoco que el alcohol iba diluyéndose. ¿Qué había en su mano que lo había cortado?, se preguntó. La miró y su mirada se tropezó con una mano incrustada de vidrios. Ahora todo estaba claro. Había sido victima de un atraco, probablemente el peor de su vida. Con estos funestos recuentos de los hechos y el dolor que empezaba a sentirse como ligeras molestias al caminar y respirar, hizo lo que todo buen borracho haría en aquellos momentos, sacar lo de adentro, exteriorizar sus sentimientos sin menores cuidados. Se arrodilló y dejo fluir su sentir materializado en un vomito espeluznante y amarillento, en un buitreo intenso donde toda su rabia, frustración y desazón por la mala noche que el destino le había reservado, se esparció en el pasto donde había dormido minutos antes y en alguna proporción en sus propios pantalones y zapatos.

El pobre Willy, borracho, herido, ensangrentado, mugriento de pasto y vomito, desposeído de sus bienes más preciados y sin un centavo en los bolsillos, enrumbó hacia el paradero donde tomaría la combi que lo llevaría a su casa –si habría alguna a esa hora, y peor aún, si alguna de las que había, lo quisiera llevar gratis–. Quiso llorar por su mala fortuna pero se la aguantó como los machos, pues ya había llegado al paradero y el llanto le impediría empezar sus descarnados ruegos para que lo llevasen gratis hasta uno de los últimos paraderos del trayecto. Nunca antes le había molestado que le dijeran borracho, pero aquella madrugada fría, desvalido de todo cuanto podría sacarlo de esa situación, le indignó recibir tal calificativo de boca de los cobradores de combi inclementes que le negaban el favor de llevarlo a su casa a esas horas. “Para eso tomas, borracho”, “no levantes a ese borracho”, “esta borracho, va a hacer problemas, avanza nomás”, y tantas otras frases de inmisericordia fueron dirigidas hacia el pobre Willy.

Sin más remedio, decidió tomar un taxi y con el dolor de su corazón pagar en su casa el dineral que le cobraría, pero una situación extrema como aquella requería medidas extremas. No obstante, primero tenía que dejar de tambalear, abrir bien los ojos, esconder la mano ensangrentada y luego intentar hablar con claridad. Tomó el primer taxi, pero lo tuvo que abandonar dos cuadras más adelante pues el taxista violentamente lo echó cuando Willy le comentó su desgracia y le dijo que le pagaría llegando a casa. Era un riesgo que el taxista no quería asumir, “borracho de mierda”, le dijo el hombre y arrancó enseguida. La misma suerte corrió con otros 3 taxistas, “¡qué desconfiados son los taxistas carajo!”, parecía decirse Willy. Cansado de aquella situación y con el temor de quedarse completamente calato a esas horas y por lugares poco familiares para él, paró el siguiente taxi y no preguntó nada. Abrió la puerta, se subió enseguida y le dijo con la lengua de trapo que llevaba, el destino hacía donde deberían ir. “Son 20 lucas”, le dijo el taxista ni corto ni perezoso, “en mi casa te pago, por favor, me han robado”, respondió Willy con voz suplicante y enseguida le mostró la mano ensangrentada como prueba infalible de su desgracia. El conductor casi sin inmutarse por el estado tan lastimero de su circunstancial pasajero, le dijo al mismo tiempo que lo veía con ojos amenazantes, “si no me pagas, te voy a dejar calato en la calle, huevón”.

El pobre Willy llegaría a su casa únicamente amparado por la buena fortuna. Intentó mantenerse alerta por evitar cualquier arremetida del chofer, pero nuevamente el alcohol consumido se apoderó de su conciencia y lo arrastró hasta un sueño pesado y profundo, sueño que fue interrumpido rudamente por el taxista que le avisó que ya estaban por llegar y que le indicase por donde tendría que ir. Así llegó Willy a su casa aquella madrugada y así recordaría la vez que se bebió cuantas chela gratis se le cruzaba en el camino. Nunca aceptó lo que le dije, pero creo, sin seguridad de afirmarlo, que todo aquello le pasó por borracho y por tacaño.

lunes 29 de junio de 2009

¿Sabía usted que...?


Por Fred Borbor

"Hola chicos de SCyL, ¿cómo están? Oigan, una pena lo de la muerte de Jako ¿no? Se va un grande. Se va el rey. Se va, como dijo Pedrito Suarez Vertiz: el soundtrack de mi vida y además..." (clic en el botón 'siguiente'). Sorry "Carloncho", pero la verdad ya tenemos suficiente con la cantidad de horas que la tele le dedica a la muerte del "Peter Pan freak" y con el aburrimiento que ya causa escuchar sus canciones cada cinco minutos en la radio.

¿El resto de muertes? Pues una pena. Eso es todo.

Ahora, ¿sabías que hay otras cosas que han estado ocurriendo en el mundo y que deberían interesarte mucho más? Pues sí. Por ejemplo el golpe de estado en Honduras.

¿Qué carajos? ¿Un golpe de estado en estos tiempos? ¿Eso no es algo arcaico? Así es, pero hay gente que aún no lo entiende. Claro, es también algo arcaico eso de querer imponer un modelo político y económico como el "Socialismo del siglo XXI", pero nada, absolutamente nada, por más arcaico que sea puede convertirse en una excusa para alterar el Estado de Derecho y el buen caminar de la democracia (por más adolescente que esta sea).

Por algo que aún no podemos entender, los militares en Latinoamérica siempre se han creído los tutores naturales de la nación, mientras que en realidad no son más que empleados públicos a quienes les pagamos para que cuiden el orden interno y además para que cuiden nuestras fronteras e intereses externos. No existe un sólo artículo en las Constituciones y Códigos de algún país en el hemisferio occidental, donde se les dé la potestad de decidir qué gobierno es bueno y qué gobierno es malo para dirigir las riendas de nuestros estados. Por lo tanto ningún militar puede darse el lujo de cagarse en el Principio de Derecho, erigirse como un ente superior a las instituciones de gobierno establecidas y tomar decisiones inherentes sólo a la población que creó esas instituciones.

De tal modo que, mediante este humilde espacio, queremos denunciar, rechazar y reprobar la actitud arcaica, ilegal y antidemocrática de los militares golpistas en Honduras y de todos los sectores que los auspician. Quienes tienen que decidir qué gobierno tener son los electores, es decir los pobladores, no un personajillo vestido de verde manejado por intereses en las sombras. Quienes tienen que decidir si quieren o no quieren a un títere de Hugo Chávez en el poder, si quieren o no quieren un modelo económico arcaico y trasnochado como el "Socialismo del siglo XXI" son los mismos ciudadanos de Honduras mediante los mecanismos que su constitución establece.


¿Sabías también que hoy se condenó a 150 años de prisión al sindicado como el más grande estafador de la historia de Estados Unidos? Así es, Bernard Madoff, al que se acusa de ser uno de los responsables de la reciente crisis que azotó a la economía mundial, ha sido condenado hoy a pasar el resto de sus días en una prisión por todo este desastre. Pero, ¿les creemos a los que afirman que toda la culpa de este robo la tiene una sola persona? Él dice que no tiene cómplices, que todo fue planeado por su brillante cerebro y que si hay alguien que la debe pagar secando sus huesos en una celda norteamericana es sólo y únicamente él, y nosotros respondemos: ¡Sí, claro Bernie!

Ya es conocida la costumbre que tienen los gringos de siempre buscar un chivo expiatorio para los distintos problemas que afrontan. Por lo general este es un pobre diablo al que nadie conoce y del que están seguros que no hablará (bueno y si habla, ¡pum! un plomazo y se acabó el asunto). Pero en esta oportunidad creo que sí se pasaron de pendejos: mira que intentar hacernos creer que un sistema tan ilógico no fue detectado por las grandes compañías financieras y que cuando la institución que debía investigar, teniendo una denuncia que contenía una investigación ya realizada por especialistas (servida en bandeja, para ser más claros), no hizo nada al respecto, ya que quienes vieron ese tema eran jovencitos recién egresados de la universidad, mal pagados e inexpertos, los cuales, por un error humano, no le dieron mayor importancia al asunto; es francamente una burla a nuestra inteligencia.

Mientras tanto George “Dubya” Bush, el verdadero culpable de todo el desastre financiero que hasta hoy nos sigue acongojando duerme tranquilo todas las noches en su rancho de Texas. ¡Salud Maestro!

domingo 28 de junio de 2009

Espasmo


Por Alexandra Mena

Definitivamente era una mañana muy soleada, todo parecía en orden como cuando Daniel se levantaba mas temprano a hacer el desayuno, la diferencia yacía en la constante de silencio que seguía el pequeño zumbido de sus oídos cansados de escuchar las constantes peleas de esos vecinos provenientes de quien sabe que basural.

“mierda, hoy se que no es un día de fiar”…se dijo mientras levantaba sus brazos por encima de su cuerpo cubierto por aquel edredón negro que siempre silencio sus noches.

La mañana del 15 de febrero de hace muchos amaneceres se parecía tanto al que vivía que sin duda no tardo en recordarla; abrió los ojos y encontró a Daniel mirándola desde una esquina de la recamara con un cigarro en la mano. Su mirada era tan penetrante que parecía hacerle el amor en ese instante…sin duda fue un pensamiento excitante.

Prolongo su estadía en la cama unos minutos mas hasta que se dio cuenta que no tenía opción esa mañana, se levanto con la modorra pensándole el cuerpo y se dirigió completamente desnuda hacia su amante… “creo que es hora…”, fue su ultima palabra antes de entrar con paso fino hacia el baño donde tomo una ducha tibia; libre de perjuicios y desatino.

…Su mirada se poso directamente en el celular que traía su acompañante, le parecía ilógico traer un aparato tan controlador para una situación tan directamente peligrosa si bien no espasmódica a la cual su mente dirigía completa y estricta lucidez, temblando por dentro su ansiedad se hacia mas grande cada vez que un paso retumbaba en su tórax. Comienza el miedo y la adrenalina de solo pensar en la felicidad de acercarse a su preescrito comienzo, donde quizás el final se leía claramente en sus manos larguisimas.

…Ahí estaba… el cuerpo dilapidante y rígido volteado boca abajo como quien mira su cuna primaria; necesitaba aire, las emociones tomaban vilo, la soledad entre el cadáver y ella eran solo la distancia que repetía su mente; recordó el ultimo sollozo de la alegria pero sus recuerdos se volvieron confusos al reflejarse en el espejo contiguo a su amor… sentía su estructura ósea desfallecer corriendo rápidamente a ese ser que dejo de existir sabiendo que su cuerpo seria una vez mas posesa de la muerte… apretó el bisturí helado por el desuso y lentamente acaricio la piel verdosa, disfrutando cada momento, excitándose de manera escabrosa… el momento había llegado con cada pedacito de piel que podía cortar.

No necesitaba más que el silencio punzo cortante… “de pronto no hubo mas que rencor, movimiento indeseado y un grito que jamás pudo olvidar…”.

“Siempre estaré aquí...” susurró con cierta ironía.

Memorias de un mongo (Parte II: !Amiiiiiiigo eeees¡)


Por Bryan Kabsther

El reloj daba las cinco de la tarde, y yo había quedado con Pablo para ir a tomar un café, más bien para pagarle un café. ¿Y cuál era la razón? Pues ninguna apuesta en especial, simplemente tenía plata debido a mi nuevo trabajo.

Así que nos sentamos en un Mc Café que había en las begonias:

- Explícame de nuevo ¿por qué te estoy invitando a tomar café?-

- A parte de que quedaste en hacerlo y de que somos amigos, pues porque eres medio huevón a veces- la sinceridad de Pablo era digna de ser recompensada con cuanto café deseara.

- bueno, siendo así- me acerqué a la barra y pedí dos frapuccinos.

- Bien ahí, chévere con el café. Mas bien, ¿qué tal estuvo la reunión ayer en la casa de Renzo?- Renzo era un viejo amigo que estudio gastronomía, pero en el transcurso de su carrera aprendió también (ya que era parte de su currícula) a preparar tragos, lo que lo hacia el invitado y muchas veces el anfitrión ideal de cuanta reunión planeáramos.

- Pues, que te puedo decir, fue una señora bomba; alucina que llegue mareado a la residencial y encontré a la gente en la pared del parque tomando en el carro de la rana- esa noche la casa de Renzo se convirtió en un pub de cuatro personas (que con Pablo hubieran sido cinco). Todo comenzó con una ronda de pisco sours y terminó luego muchas rondas de diferentes extractos con una declaración de bisexualidad por mi parte, que muchos se tomaron a pecho y les generó una serie de cuestionamientos morales, pero mas tarde entendida la mofa, los cuestionamientos quedaron también como eso, mofas.

Luego de unos Sanguches monstruosos también cortesía y mano de Renzo, y sin poder evitar las caídas respectivas y el golpe con la puerta del taxi, llegué al barrio. Entre tumbos y risas propias de un beodo pude reconocer a un grupo de gente haciendo bullicio al frente de la residencial en la que vivo, en la pared del parque mas cercano, un parque que parecía mas prisión para evitar el ingreso nocturno de los adictos a la marihuana y otros elementos alucinógenos.

- Y seguro seguiste chupando con ellos- la predicción de Pablo era mas que obvia.
- Pues… sip, pero eso no es la novedad, ni lo más… curiosos de la noche, digamos-
- ¿Ah no?, ¿cual es?, ó ¿quién es?... no me digas que habían bitches
(palabra utilizada para calificar a damas de fácil acceso carnal)
y esta vez si decidiste aplicar-
- Pues… no, esa noche no hubo bitches-


Luego de terminarnos una caja de cerveza, los ánimos habían pasado de ser jolgoriosos a libertinos, razón por la que decidimos (la verdad decidieron ya que yo me encontraba sin un centavo después de la reunión en la casa de Renzo) comprar otra caja mas. Subimos al carro y Daniel, quien ya estaba en un estado etílico ligeramente avanzado, no escogió mejor momento para querer ser jodido.

Si bien previamente nos había hecho conocer su deseo de compartir sus labios con alguien esa noche, no esperábamos que fuera tan temerario como para hacer lo que hizo.

Con el auto en marcha, Daniel volvió a expresar sus ganas de besar (¡quiero chapar con alguien!), se metió entre el asiento del conductor y el copiloto, y comenzó a forcejear a Nicolás, el conductor, para que este le suelte un beso. La situación hizo que Andrés (el hermano de Pablo, que se encontraba al lado del piloto) y yo tomáramos a Daniel y lo sentáramos a la fuerza de vuelta… el carro regreso al camino luego de unos zig zags.

No contento con su primer intento, Daniel se volvió a levantar pero esta vez para robarle un beso a Andrés. De un momento a otro este tenía a Daniel cogiéndolo con las dos manos de la nuca y empujando para que sus labios colisionen con los suyos. Luego de unos empujones, un “no me jodas Dan, para eso chupas” y un golpe en el pecho que lo obligó a sentarse, los intentos de abuso cesaron, al menos eso es lo que había pensado.

Relajado en la esquina del asiento trasero después de haber calmado a Daniel, y obviamente desprevenido, la tercera ola de ataques provenientes de la libido alcoholizada de Daniel arremetió contra mí. Sin que pueda percatarme sus manos ya estaban en mi nuca y mi cabeza se acercaba irremediablemente a las suya. Mi mano en su pecho evitó la colisión.

- Oe Dan cálmate carajo, te va a caer mas golpe- pero este no respondía, por lo que tuvo un merecido puñetazo en la entrepierna, lo que lo volvió a dejar inhabilitado.

De manera asombrosa (me había olvidado que el alcohol adormece) se incorporó, volvió a tomarme d el a nuca e intento desesperadamente besarme. En ese segundo intento, por alguna razón, asumo mas que nada debido a los efectos del licor, me dije a mi mismo, en milésimas de segundos “ya que chucha”, y dejé de forzar.

Los labios de Daniel y los míos se unieron, y en ese momento solo pensé, “¿te estas dando cuenta? Estas besando a tu amigo”. Luego del intercambio salival, un Daniel con un letrero de “mission accomplished” en sus ojos se recostó en la esquina del asiento y yo me comencé a reír descontroladamente.

-Oe, Daniel me acaba de besar- le comenté entre risas a Andrés.
-Ah te tocó pes huevón, así es Dan cuando esta recontra ebrio, hace sus idioteces-
-Si pero esto no es idiotez, esto es mariconada-
la misma persona que horas antes por joda había declarado su bisexualidad se quejaba de las mariconadas de su amigo luego de besarse con el, mejor ejemplo de ironía no creo que exista.

La risa de Pablo estalló junto con el frapuccino luego de oír el relato de mi sábado por la noche.

- Puta Daniel se pasa de pendejo y de marica también. Y ¿has hablado con él?-

- Pues sí, aunque en los momentos previos, aunque parezca mas gracioso y mas mariconesco, sentía esos nervios que tenía o que alguien puede tener cuando tiene un encuentro con esa flaca con la que no querías hacer nada, la feita por ejemplo, o la que se te pega y no le quieres dar bola, o esa loca a la que le gustas pero no quiere que tu lo sepas y te agarra en una borrachera y te roba un beso (ya en la universidad había tenido esos episodios, pero tenerlos con un hombre y que a la vez este sea tu amigo, si que era una novedad)
, ¿manyas?

- jajaja, si, si-

- Bueno, luego de sentir esos nervios, recibí un mensaje de el, en el que me dice para ir a jugar un winning eleven, y yo le respondí “ya pe”, así que cuando me lo encontré comenzamos a conversar sobre la chupeta-

- ¿y qué te dijo?-

- en verdad yo saque el tema a luz, durante la conversación agarro y le digo, “oe, tu eres bien rosca cuando estas borracho, ¿no?”, a lo que el responde con un “¿por?” y le termino explicando la situación. Y me dijo una huevada que me hizo me matarme de risa, ¿sabes cual fue su explicación?-

- No ¿Cuál?-

- “Es que quería chapar esa noche y no había flacas pes, así me pongo cuando estoy arrecho y borracho”. Mi risa se detuvo un rato y luego, en silencio, me puse a pensar en sus palabras, y no me quedo otra que seguir riéndome, porque me di cuenta de que mi primer encuentro, digamos homosexual, fue con Daniel pes, es como que te masturbes a los ocho años con Micky Mouse. Y su respuesta me dio a entender lo huevón que el era y, mas jodidamente traumante, mi dubitativo comportamiento-

- ¿Por qué? No entiendo-

- ¿No te das cuenta? A el no le jodió en lo absoluto porque para el fue un simple juego, fue una borrachera y paso pes. Pero yo si pensé en que fácil iba a ser algo así como “Y tu mama también”, esa película mexicana con Gael Garcia Bernal y Diego Luna, en la que los dos patas luego del encuentro que tienen, se separan y se vuelven solo conocidos, saludándose solo por respeto- las risas siguieron, era un situación cómica sin lugar a dudas, por lo menos en eso habia terminado.

La relación con Daniel aún sigue siendo buena, seguimos siendo buenos amigos, sigo riendome de ese evento, y mas aún, sigo preguntándome, ¿por qué sentí ese ligero temor de verlo al siguiente día?

jueves 25 de junio de 2009

El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt 5)


Por Fred Borbor

Yo tenía un secreto, Elena. Un secreto que nunca quise contárselo a nadie y que probablemente nunca debiste descubrir. Era un secreto que me reafirmaba como un ser despreciable, no por su calidad, sino por el mal uso que yo le daba. Y sé que al registrarlo en esta carta me expongo a la reprobación de todos y al abandono fraternal incluso de mis más cercanos coetáneos, pues estoy seguro que nadie en su sano juicio querría compartir algún tipo de cercanía con alguien que hizo las cosas que yo hice.

Tenía un secreto que significó dolor y malestar para todas aquellas personas que fueron afectadas por él. Era un secreto que te lastimó mucho, querida Elena, y a la vez era un secreto que destruyó su propia fuente y origen.

Resulta que, a pesar de que había tenido una aventura muy intensa con aquella mujer no tan bonita y hermosa como tú que me tenía embobado, y a pesar de que –después de cortar toda relación con ella– compartía contigo una paradisíaca convivencia que me enloquecía y me empalagaba de placer; mi corazón le pertenecía a otra mujer.

Sé que no tengo excusas que justifiquen mi comportamiento y a la vez sé que se trata de una situación totalmente atípica y confusa (lamento que así haya sido por aquellos tiempos mi cabeza, Elena) que no daba lugar a ningún tipo de concesiones de tu parte ni de parte de alguna otra persona que haya sufrido los efectos de ese secreto mío. No trato en estas líneas de justificarme o de compelerte a que cambies tu resolución de odiarme para siempre, sólo quiero explicarte la forma en que sucedieron las cosas y las consecuencias que trajeron, aunque tú ya las conoces muy bien.

Mi corazón y mi amor le pertenecían a una joven pintora peruana muy talentosa que sencillamente me tenía loco. Ella, su arte, su bondad y su inteligencia produjeron en mí una extraña reacción positiva y una agradable sensación de tranquilidad. No sé exactamente cuando empecé a amarla, pero sí estoy seguro que fue mucho antes de conocerte e incluso de iniciar aquella tórrida aventura con la mujer no tan bonita y hermosa como tú que me tenía embobado –incluso recuerdo que en más de una oportunidad, sin el menor cuidado y sin la más mínima consideración, le confesaba a ella el intenso amor que sentía por la pintora peruana.

La pintora y yo nos conocimos una noche de navidad en una de las tantas elevadas montañas del norte de Estados Unidos y desde la primera vez que la vi quedé impactado por su imagen, la cual hasta hoy me parece una de las más intrigantes que he visto en mi vida entera. La amé desde el primer segundo en que su rostro estilizado con aquellos lentes de señorita intelectual, sus hondeados cabellos y su profunda mirada se posaron en mí. Así que no pasó mucho tiempo sin que mis ímpetus juveniles empezaran a hacer esfuerzos por llamar su atención, pero lamentablemente –y como ya lo dije antes– mis dotes de conquistador no superaban el nivel estándar de lo comúnmente aceptado. Además, la pintora peruana de la que me enamoré ya estaba comprometida con alguien –que sabrá Dios qué sobrenaturales virtudes poseía para haberse ganado su amor– y eso era motivo suficiente como para desdeñar mis torpes coqueteos.

Sin embargo, una vez más, mi buena suerte acudió en mi ayuda y me dio un espaldarazo, pues a las pocas semanas de conocerla me enteré que aquel compromiso que ella tenía se había roto por iniciativa del carácter inseguro de su novio. “A decir verdad, si yo tuviese una novia como ella a miles de kilómetros de distancia, también me sentiría demasiado inseguro”, me dije a mí mismo.

Mis torpes coqueteos, como era previsible, seguían sin darme buenos resultados y más me hacían quedar como un tonto y patético chico fiesterito que quiere conquistar a la chica intelectual de la clase. De tal modo que, al ver que la pintora peruana de la que me enamoré no tenía ni la más mínima intención de darme sus favores amorosos y que mis torpes coqueteos me jugaban más malas pasadas que réditos en su corazón, decidí abortar todo tipo de intento de conquista.

Ya no me interesó ser más el chico de coqueteos torpes y estúpidos, sólo traté de ser Pancho y nada más. “Si no puedo ganar su amor, por lo menos trataré de ganar su amistad”, fue mi consigna. Y no sé si fue por esta decisión o si fue por alguna otra razón, pero la pintora peruana de la que me enamoré me regaló un soberbio y delicioso beso la noche de celebraciones de año nuevo en aquel pueblo de las montañas del norte de Estados Unidos. Y creerás Elena que tal vez estoy exagerando, pero aquella noche, aún extasiado por el increíble regalo que me había dado, le propuse matrimonio a la pintora peruana de la que me enamoré. Ella por supuesto declinó de mi propuesta, pero a cambio aceptó ser mi novia hasta que llegase el momento adecuado para dar el gran paso de formar una familia.

El tiempo fue pasando y la pintora peruana de la que me enamoré, por razones de su actividad académica y artística, no podía estar cerca de mí. Las distancias eran casi una constante en nuestras vidas, no obstante que el amor que nos teníamos era cada vez más poderoso. A veces ella viajaba a Lima para verme y pasar conmigo algunos días. A veces yo tomaba mi mochila, algunas prendas, algunos accesorios y emprendía largos viajes para poder verla y pasar con ella algunos días.

Un día, sin miramientos de ningún tipo y a pesar del profundo amor que sentía por la pintora peruana de la que me enamoré, inicié una tórrida aventura con aquella mujer no tan bonita y hermosa como tú y algún tiempo después, te conocí Elena.

Mi amor por la pintora peruana no varió en forma alguna, pero si trataba siempre de mantenerlo en secreto, básicamente para no afectarlo o embarrarlo con las relaciones aventureras que iniciaba. Me comunicaba con ella casi a diario por medio de la correspondencia y así trataba de mantener viva la llama del amor que ella sentía por mí. En realidad esperaba que, con el tiempo, aquella situación penosa de la distancia se acabara entre nosotros y vivamos una vida normal. “Ese día dejaré todo atrás”, me prometía a mí mismo.

Te vuelvo a repetir Elena, que mi cabeza era así de mazacotuda en aquellos tiempos.

La mujer no tan bonita y hermosa como tú sí sabía de la existencia de la pintora de la que me enamoré. Incluso en algún momento descubrió mi amor por ella. Pero nunca aquello fue problema entre nosotros. Ella me aceptaba tal como era y yo… bueno, yo no.

Creo que tú ya habías tenido alguna noticia de la pintora peruana de la que me enamoré. No estoy muy seguro de ello, pero supongo que algo comenté aquella noche cuando, antes de iniciar nuestra aventura y antes de vivir juntos, tú, Rosa, Carlos, Elvira y yo compramos algunas cervezas y las tomamos en mi habitación. Creo que, con el ir y venir de los sorbos, alguien preguntó cuál era el momento más recordado en la vida amorosa de cada uno de nosotros.

Tú contaste que tu momento más recordado era aquella vez cuando, doblegada por un sentimiento no correspondido, fuiste a la casa de aquel muchacho que amabas y le hiciste guardia varias horas, llorando y rogándole que abra la puerta, cosa que nunca hizo.

Elvira contó que su momento más recordado era aquel que, en el matrimonio de su hermano mayor, su chico le propuso tomar los votos matrimoniales a la par que lo hacían los novios.

Y yo –olvidando por completo mi deber de mantener en secreto algo tan preciado como el amor que sentía por la pintora peruana– conté que el momento más recordado en mi vida amorosa era aquel día cuando, por ser mi cumpleaños, recibí de regalo una camiseta azul con la imagen de una deidad pre-inca dibujada a mano por el talento sin igual de la pintora peruana de la que me enamoré y un cuadro de saludo hecho con todas las tarjetas telefónicas que ella usaba para comunicarse conmigo a la distancia. “Es la mujer más buena que he conocido en mi vida entera”, recuerdo que dije al terminar mi relato (creo que esas palabras quedaron grabadas con acero en tu mente Elena, porque con dolor me las reclamaste tiempo después cuando virulento te reprochaba tu actuar).

Una noche al regresar del trabajo y como todas las noches, revisé el buzón del correo y encontré en él un paquete peculiar. Inmediatamente supe que se trataba de uno enviado por la pintora peruana de la que me enamoré y con mucho cuidado lo abrí para extraer de él la carta que contenía. Bueno, en realidad no sólo contenía una carta, también traía algunas fotografías que ella me enviaba. Unas fotografías donde posaba de manera muy coqueta para beneplácito de su novio que vivía a la distancia. “Te extraño horrores” me decía en su carta, denotando un extremo esfuerzo por mantener el pulso de sus letras.

Me sentía un simple miserable por estarla pasando tan bien a tu lado, mientras que ella evidenciaba un padecimiento atroz por no tenerme en esos momentos, Elena.

Escondí la carta y las fotos entre mis ropas y me tiré en la cama mirando fijamente al techo, pensando en lo que le hacía a mi vida y al amor de la pintora peruana que me esperaba a la distancia. No podía evitar el imaginarme –aunque sólo por algunos segundos– en lo mal que me sentiría si en algún momento aquel secreto que guardaba de manera tan celosa se llegase a descubrir.

Aquella noche, cuando ya te habías quedado profundamente dormida, me levanté sigilosamente de la cama y empecé a ver nuevamente las fotos de la pintora de la que me enamoré. Se veía tan bella en ellas, Elena. Se la notaba tan elegante, tan sincera, y con una seriedad tan impactante que continuaba impresionándome. La empecé a admirar nuevamente, estudiando al detalle y poco a poco sus características. Obviamente lo hacía con la seguridad que me daba el creerte profundamente dormida, porque créeme que si en algún momento hubiese notado que estabas despierta o simplemente medio dormida, jamás me hubiese atrevido a faltarte el respeto de esa forma.

Aquella noche simplemente me regocijé con la imagen de la pintora peruana de la que me enamoré y me llené de su recuerdo, de su imagen y del amor que me enviaba desde miles de kilómetros de distancia. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas y la recuerdo, todavía soy capaz de olvidarme de todo lo demás, de no pensar en nada y de hacer a lado cualquier tipo de cuidado. Esos eran los efectos que me causaba siempre la pintora peruana de la que me enamoré.

Una vez saciado de la delicia que me provocaba su recuerdo, su arte, su intelectualidad y su belleza, me quedé profundamente dormido también, con la seguridad de que el tiempo pasaría, las distancias entre nosotros se acortarían o simplemente desaparecerían y que yo dejaría todo atrás –incluso a ti, Elena– para poder tener una vida junto a la pintora peruana de la que me enamoré.

Al día siguiente, como todas las mañanas, prendí el televisor para ver las noticias mientras me preparaba para enrumbar camino hacia mi centro laboral. Te abracé con fervor y te di un largo beso de buenos días, sin embargo y de manera extraña, tú no te levantaste para compartir el desayuno conmigo como lo hacías todas las mañanas. En esos momentos tal vez debí darme cuenta de que algo extraño te sucedía pero más allá de la sorpresa no hice mayores esfuerzos por descubrir el motivo de tu indiferencia matinal, así que terminé de desayunar, cogí mis cosas, te di otro beso largo de despedida y me fui.

De manera casi instantánea las horas volaron ese día. Los compañeros de trabajo que tenía y la señora Linda realmente hacía que me sienta muy a gusto laborando en ese lugar –eso sin contar el hecho de que te tenía y que me alegrabas mucho la vida, Elena–. Así que fui a casa muy contento. En realidad no podía sentirme mejor: tenía un buen trabajo, muchos buenos amigos, en casa me esperaba una preciosa mujer y a miles de kilómetros de distancia me esperaba otra preciosa mujer quien además era una pintora. Mi vida no podía ser mejor.

Fueron pasando los días y algunas semanas. Me comportaba como un empleado modelo en el trabajo y como el enamorado ideal contigo. No me hacía de más problemas en realidad. Creía que todo estaba bajo control y que por lo tanto mi proceder no violaba ninguna regla de buena conducta y de normalidad. Tú no volviste a demostrar el extraño comportamiento de aquella mañana y al contrario, volviste a ser la mujer hermosa que siempre se mostraba diligente conmigo. Todo estaba bien.

Hubo sin embargo una tarde, cuando al regresar del trabajo me saludaste como siempre y me mimaste como lo hacías todos los días. Almorzamos juntos, jugamos y nos disfrutamos como lo hacíamos siempre. No observé por tanto, nada extraño entre nosotros y mucho menos en ti. Sin embargo sí había algo en ti ¿verdad Elena? Aquella mañana en la que no quisiste despertar a desayunar conmigo sí estabas enojada. Tu corazón estaba dolido y el hecho de que mi tonto intelecto no haya sido capaz de captar aquello no quiere decir que no tenías nada y que sólo querías dormir un poco más ¿verdad Elena? Claro que sí.

Luego de almorzar y juguetear un rato más y mientras veías la telenovela a la que te habías vuelto adicta, tomé como pretexto la necesidad de ir a comprar cigarrillos para salir y revisar la correspondencia. Grande fue mi sorpresa cuando, entre todas las cartas que habían llegado ese día, encontré una carta de la pintora peruana de la que me enamoré. Inmediatamente miré de un lado a otro con el cuidado debido y tomé la carta rápidamente escondiéndola entre mis ropas.

Compré los cigarrillos y me dirigí a la sección de fumadores de un restaurante, pedí un café y saqué la misiva para disfrutar de su lectura seguro de que había tomado todas las previsiones para no tener una desagradable sorpresa. Sin embargo sí tuve una desagradable sorpresa aquel día, ya que aquella carta era un compendio de las recriminaciones más crueles y de los insultos más duros que alguien me haya podido dar jamás: “Eres lo peor que me ha podido pasar en la vida”. “No puedo creer que te amé como a nadie para que me traiciones de esta forma”. “¿Qué te has creído madito imbécil de porquería?”. Y así por el estilo.

Inmediatamente sentí un remesón violento y un frío sudor surcó mi frente porque la pintora peruana de la que me enamoré nunca me había hablado de esa forma.

Al instante pensé en la mujer no tan bonita y hermosa como tú que me tenía embobado y supuse que aquello era resultado de algo que ella había hecho. Sin embargo esta idea fue descartada, pues ella también se encontraba a miles de kilómetros de distancia y además ya no existía ningún vínculo entre nosotros.

Continué leyendo la carta y poco a poco la verdadera causa de ella fue revelándose: “No sé qué tendrás con esa tal Elena, pero si sé que se trata de una perra arpía que busca hacer el mayor daño posible. Y si la tienes allí a tu lado dile que lo logró. Me ha causado un daño muy grande…”

Ya para esos momentos mi sorpresa se había convertido en un temor inmenso y mi acostumbrada calma se había vuelto una tembladera casi incontrolable. ¿Qué habías hecho Elena? ¿Qué tenías que ver en todo eso?

Todavía no entendía nada de lo que pasaba hasta que, líneas más abajo, empecé a encontrar las respuestas: “Esta es la foto que me mandó tu tal Elena”, y de repente todo encajó para mi indignación: le habías enviado una foto nuestra en la cual salíamos tomados de la mano y dándonos un beso.

¡Bandida Elena! Aquella mañana cuando no quisiste compartir el desayuno conmigo como estabas acostumbrada a hacerlo todos los días, no era por una simple cuestión de desgano. Era porque la noche anterior no estabas profundamente dormida –como yo lo suponía– sino que estabas muy atenta a todo lo que yo hacía y por ende te diste cuenta de que lo que hacía. Me viste apreciando y admirando las fotos de la pintora peruana de la que me enamoré y de forma muy astuta guardaste silencio en aquel instante esperando a que llegue el momento indicado para darme una dolorosa lección ¿no Elena? Y fuiste tan maravillosamente malvada que al ir pasando los días, mientras planeabas bien la forma en la que me ibas a dar esa lección, tu comportamiento fue el mismo de siempre (salvo el que tuviste aquella mañana). Así, decidiste realizar el plan más dañino posible.

Inmediatamente volví a leer la carta. Aún no podía creer del todo lo que estaba pasando y no podía reaccionar ante todo lo que allí se decía. El nerviosismo empezó a hacer presa de mis músculos porque una repentina tembladera se apoderó de mí. Mi acostumbrada calma se convirtió de un momento a otro en un sin fin de movimientos involuntarios. Estaba en shock pues no podía creer que hayas sido capaz de hacer tamaña majadería, Elena. Por primera vez empecé a preocuparme por las consecuencias de mis acciones y un repentino y desconocido sentimiento se apoderó de mí: el miedo. Ahora sé que no le deseo a nadie el placer de experimentar la mezcla de aquellas dos sensaciones. El remordimiento y el miedo juntos son capaces de hacer añicos al más avezado y salvaje de los espíritus.

Ahora bien, no sé aún por qué escogiste justamente aquella foto para enviársela a la pintora peruana de la que me enamoré, pero tengo mi teoría al respecto que de una u otra forma intenta explicar aquella elección. Y es que tal vez hayas enviado justamente aquella fotografía porque en ella ambos salíamos muy bien, a decir verdad. Era por así decirlo, una imagen muy tierna y denotaba la sensación de paz y pasión entre dos amantes que se encontraban rodeados por un clima de algarabía (recuerda que estábamos en la fiesta que organizaron los chicos sureños en su casa), y qué mejor imagen que ésa para destrozar el corazón y el amor de tu rival ¿no Elena? Vamos, no seas humilde en admitir que, como psicóloga, conocías muy bien el mundo interno del comportamiento de las personas y de las reglas bajo las cuales se regía la salud mental del individuo, especialmente en temas como el amor. Enviando esa fotografía y no otra, reafirmabas la posesión que ahora tenías gracias a la paz y a la pasión que me dabas; paz y pasión que tú sabías que sólo la pintora peruana de la que enamoré era capaz de darme.

Me tomé el rostro y de manera desesperada aguanté un grito de furia. Sin embargo sabía que debía tranquilizarme, sabía que no lograría absolutamente nada dejando que mis sentimientos salgan a flote y dando concesiones a las vulgares formas de proceder que un humano común tendría bajo una circunstancia parecida. Inmediatamente comencé a armar un plan de contención. Apelé a mi capacidad de seducción y comencé decidir las actitudes que iba a tomar, las palabras que iba a decir –a la pintora peruana de la que me enamoré– y las palabras que no iba a decir –a ti–.

Los cigarrillos que había comprado ya se habían acabado y el dinero que tenía en los bolsillos ya no me alcanzaba para pedir un café más. Vi por la ventana que prácticamente ya era de noche y decidí que debía regresar a casa y aunque aún no había trazado bien el plan a seguir, me levanté decidido a enfrentar la situación como sea necesario hacerlo a pesar de que el nerviosismo me carcomía brutalmente.

Me acerqué a la casa y divisé a Chabela quien entraba después de regresar del trabajo. La alcancé y le pregunté si podíamos conversar un poco. Ella aceptó de mala gana pues ya sabes que no me tenía mucho aprecio por aquellos días. Entramos a su habitación y poniendo mi mejor cara de indignación comencé a relatarle lo que había pasado –claro está que obviando las partes que no me convenían–. Ella me escuchó con educación pero con un rostro que más parecía de fastidio y luego de un monólogo de veinte minutos simplemente me dijo: “Si quieres estar con Elena, pues quédate con ella y olvídate de otras, no seas desleal. Te has comportado como un miserable y tal vez lo seas y si crees que voy a salir a tu favor, olvídalo”. Dicho lo cual me pidió –aún con la cara de fastidio– que me retirase, que quería descansar.

Herido en mi orgullo, salí de la habitación con la firme convicción de que todo aquello no era más que una reacción normal de una fémina para con la desgracia de una de sus compañeras, “Se trata de un típico caso de apoyo entre mujeres”, pensé y no hice el mínimo esfuerzo porque mis pensamientos no se entrancaran en la idea de que tú ahora tenías como aliadas a todas nuestras amistades y que yo simplemente me encontraba en una total orfandad de apoyo. “Maldita sea la hora en que…” dije, pero no pude terminar la frase. Salí de la casa de Chabela y más decidido que nunca me dirigí a la nuestra con el firme propósito de hacer algo, aún no sabía qué, pero algo.

Tú estabas –paradójicamente– revisando tu correspondencia cuando llegué. Supongo que dedujiste lo que pasaba por el fuerte golpe que di a la puerta y por la cara que puse cuando te vi. Me acerqué y me paré frente a ti a poca distancia –tú estabas sentada en el escritorio–, te miré por unos segundos esperando alguna respuesta y sin embargo tú no despegaste los ojos de tu correspondencia.

“¿Qué carajos has hecho, Elena?” te pregunté. Tú continuabas con los ojos bien puestos en tu correspondencia. “¿Por qué lo hiciste? ¿Qué derecho tenías?” Volví a preguntar. Fue entonces cuando levantaste la mirada y con los ojos brillosos me dijiste: “¿Por qué tú lo hiciste Francisco? ¿Qué derecho tenías?” Sinceramente no esperaba que tus respuestas a mis preguntas sean otras preguntas que sencillamente me dejaron desarmado y a las cuales no supe cómo responder.

Opté entonces por la lógica barata que siempre me ha gustado manejar: “No me refiero a derechos de pareja Elena, me refiero a derechos sobre terceros. ¿Por qué tuviste que meterla en esto? Si querías hacer algún daño, ¿No era mejor que ese daño sea para mí? ¡Soy yo quien hizo las cosas mal, demonios!” Fue entonces cuando dejaste a un lado tu correspondencia, como poniéndote en posición de pelea, y comenzaste a hablar: “Escúchame bien Francisco, yo lo único que hice fue poner una foto en el buzón de correspondencias, si por casualidades de la vida esa foto llegó a manos de tu pintora no es mi problema, ¿o es que acaso no tengo también el derecho de poner mis fotos donde yo quiera?”

Mi calma y mi autocontrol me abandonaron en aquellos instantes y mi sangre empezó a hacerme ebullición en la cabeza. Sencillamente no podía entender tu actitud. ¿Cómo era posible tu capacidad de negar lo evidente con tanta calma, Elena?

Fue entonces cuando me di cuenta que tú eras una mujer totalmente distinta a todas las mujeres que se habían cruzado por mi camino hasta ese momento. Me aturdía tu agresividad tan fría y pasiva y, sobre todo, a la vez me aterraba la belleza que tenías aún en esos momentos de cruenta lucha. Me acerqué a ti de manera amenazante, concentré fuerzas en mi mano izquierda y, cuando estuve a punto de levantarla para dejarla caer pesadamente sobre tu rostro, rápidamente se proyectó una película en mi mente: Elena golpeada, gritando, tal vez sangrando, las demás chicas acudiendo al llamado de los gritos, Pancho acusado, culpado, despreciado y sacado a patadas de aquella casa. No, definitivamente no era lo que quería que suceda. Ahora agradezco a Dios que mis impulsos no me jugaron una mala pasada en aquellos momentos. Ve tú a saber cómo y donde hubiese terminado, Elena. Decidí entonces, por primera vez en mi vida, callar y tomar una actitud pasiva en una discusión. Bajé la cabeza, esbocé una sonrisa y salí de la habitación.

Tomé mi chaqueta y mi reproductor de música dispuesto a salir de esa casa con rumbo desconocido. No podía seguir un minuto más allí con la cabeza que me explotaba y tu presencia que lo llenaba todo. Mientras bajaba las escaleras me encontré con Carlos quien me invitó a fumar unos cigarrillos juntos. “T-Ta que-que a-a t-ti ya-a n-no se-se te ve n-nunca-ca P-Pancho, ¡e-estás que-e t-tiras c-co-como l-lo-co m-man!” Me dijo. Yo sólo sonreía y miraba al vacío. Él entendió y sólo se dedicó a fumar a mi lado sin hacer más comentarios.

Luego de un par de horas fumando casi todos los cigarrillos que él tenía, finalmente pregunté: “¿Qué harías si es que el amor de tu vida descubre alguna de tus perradas, Carlos?”. “P-Put-ta q-que si-si e-es el a-a-amor de-dee m-mi vi-vida, l-le pi-pido pe-pe-erdón su-su-biendo e-el ce-cerro S-Sa-an Cri-cri-stóbal de-de r-r-rodi-dillas ii-da y-y vu-vu-elta m-man.” Entonces fue cuando supe lo que debía hacer. Agradecí a Carlos los cigarrillos y el consejo, me despedí de él aduciendo que tenía bastante sueño y me dirigí nuevamente a la casa.

Entré sin hacer mucho ruido, puse mi chaqueta en la mesa y mis audífonos al costado del televisor. Tú no estabas presente, lo cual ya suponía pues después de una discusión como la que habíamos tenido era comprensible que lo que menos querías era tenerme cerca. Me tiré en la cama y con la mirada clavada en el techo empecé –ahora sí– a pensar en el proceder que tendría en adelante con respecto a este y a otros asuntos.

Tomé lápiz y papel para empezar a escribirle una carta a la pintora peruana de la que me enamoré diciéndole y explicándole todo, sin reservas y sin mentiras. Le pedía perdón y le suplicaba su misericordia por mi actuar tan miserable y detestable. Incluso estuve a punto de asegurarle que por su perdón era capaz de hacer una penitencia al cerro San Cristóbal de rodillas ida y vuelta, pero ella era demasiado inteligente como para insultarla de una forma tan simplona y vulgar.

Luego de unos segundos de haber culminado la redacción de la carta, una idea cruzó mi mente –al parecer la primera idea lúcida que tenía en medio de todo ese caos– y decidí que no iba a enviársela a la pintora peruana de la que me enamoré, porque creía que la humillación que había pasado no me otorgaba el derecho de ni siquiera tener el placer de volver a intercambiar alguna línea con ella (lo cual sería a todas luces una nueva humillación), y además porque mi situación era muy vergonzosa, tanto como para no permitirme volver a mostrarle ningún rostro y ninguna presencia. Había perdido al amor de mi vida y esa era la cruz y el padecimiento que tenía que cargar de ahora en adelante como castigo por mi miserable comportamiento.

Sin embargo aún no decidía qué tipo de comportamiento iba a tener contigo. Mi orgullo y arrogancia me hizo suponer que, a pesar de todo, continuarías a mi lado así que debería tomar una decisión rápido. La relación que teníamos definitivamente no iba a ser la misma en adelante y con premura debía trazar un esquema de comportamiento a seguir. Pero en aquellos momentos te odiaba demasiado Elena, y ya mi experiencia me había enseñado que cualquier plan trazado con la mente llena de odio o de furia, de ninguna manera podría ser uno bueno. Así que dejé esa tarea para después.

Empecé a hacer denodados esfuerzos por dormir, sin éxito, claro, y luego de dos horas de deseos inútiles por caer bajo los efectos del cansancio alguien tocó a la puerta. Me sobresalté al imaginar que eras tú. Puse mi rostro de sueño y abrí, pero era Elvira quien, a pesar de haber salido de la casa de una forma poco amigable, no había olvidado nuestra amistad y venía a ofrecerme su solitario pero muy valorable apoyo en esa guerrita que se había iniciado entre tú y yo. Le agradecí con sinceridad su apoyo y, basándome en la necesidad de oídos que escuchen mi pesar, comencé a contarle todo. Al poco tiempo de iniciado mi monólogo ella interrumpió diciendo que ya conocía todos los detalles. “No vine sólo a decirte que te apoyo o a escuchar algo por segunda vez. Vine a darte información que supongo te servirá mucho.” Dijo y sin mediar más palabras empezó a narrarme con lujo de detalles algo que yo ya venía suponiendo desde el primer momento que te conocí.

Resulta pues que tú, una de las mujeres más bellas que he tenido el gusto de conocer y el placer de poseer, en efecto tenías un gran amor escondido. Más que un amor, era quizá una tristeza muy honda que día a día te carcomía y que tratabas de olvidar conmigo, pues da la casualidad que tu amor también era uno arruinado por las grandes distancias. Así fue que tuve el honor de ser elegido de entre las casi nulas opciones que tenías para poder sobrellevar esa pena y poder sobrevivir a la vida sin tu verdadero amor.

Mientras Elvira me narraba el periplo que tuviste que pasar algunos días antes de conocernos, tratando de salvar tu amor e intentando evitar que la distancia se imponga y te aleje de tu pasión, yo sólo pensaba en el buen uso que le podría dar a toda esa información en adelante. “Dime por favor que hasta hoy siguen juntos. Dime que ella lo ama con locura y que, a pesar de la distancia todavía se comunica con él muy seguido.” Pregunté con desesperación. Elvira sonrió al ver mi rostro de locura al querer saber algo que en definitiva me iba a poner en una mejor posición de la que me encontraba en la batalla que estábamos librando tú y yo. “Eso sí que no sé amigo. Mi fuente no me dijo nada al respecto”. “Vamos Elvi, dile a Rosa que te cuente todo pues”. Rogué finalmente. “Ja, ja, ja. No sé de donde sacas que Rosa fue la que me contó eso”. “Ay vamos Elvi, no soy ningún imbécil”.

Elvira culminó su relato asegurando categóricamente algo: tú estabas totalmente enloquecida por aquel misterioso, oculto y triste amor que tenías a la distancia. Fue de esta manera como pude empezar a entender muchas cosas que sucedían.

Talvez ese amor te estaba esperando a lo lejos Elena. Talvez ese es el mismo amor que ahora tienes nuevamente junto a ti después de haber superado las barreras que las miles de millas les impusieron. Si es así, déjame aplaudirte de pie porque eso significa que tú ganaste la guerrita, Elena. Tú fuiste mucho más astuta y tus tácticas funcionaron mejor que las mías, pues da la casualidad que, desde aquel tiempo en el que se desarrollaron estos acontecimientos, nunca más volví a saber de la pintora peruana de la que me enamoré y continúo cargando hasta hoy la cruz y el padecimiento como castigo por mi miserable comportamiento. Yo perdí la guerrita aquella, porque perdí al amor de mi vida.

En fin. Cuando Elvira se fue de la casa aquella noche, me quedé nuevamente mirando hacia el techo y tratando de enmarcar aquella información en el tipo de proceder que iba a tener en adelante contigo, y decidí que, a modo de venganza, iba a utilizarla cada vez que tú me atacaras con alguna queja, algún reclamo o algún reproche.

En los días siguientes, después de haber reinado entre nosotros un silencio atronador y cruel, te prometí que todo había acabado entre la pintora peruana de la que me enamoré y yo. Te prometí también eterno e incondicional amor, Elena.

Sinceramente ya no quería seguir con aquella guerrita pues ya me había cansado de ella y de todo lo que implicaba. Necesitaba paz y tranquilidad y, al ser tú la persona que estaba a mi lado, pensé que estaba bien intentar tenerlas contigo. Sin embargo mi espíritu revanchista y mi carácter vengativo no me permitieron lograr ese objetivo. Aún esperaba el momento preciso para devolverte la estocada. Y ese momento no tardó en llegar. Aunque debo aceptar que tal vez se me pasó un poquito la mano y debo, por lo tanto, pedirte nuevamente mis más sinceras disculpas por ello, Elena (otra vez).

Cursilerias primarias


Por Joel Cáceres

Tomando en cuenta que ninguno de mis amigos de este blog han publicado por algunos días algún escrito suyo (algo que me extraña mucho, dado el entusiasmo por este espacio); y considerando principalmente que hace varios años descansan en las últimas hojas de mis cuadernos universitarios poemas cursileros de aquella época, y que gracias a la aventura de este blog he perdido el miedo de mostrar poemas mios –así crea que estén algunos hastalculo–. Van pues en este post dos poemas de las cursilerias primarias, inspirados en una muchacha que me trae algunas nostalgias como pérdidas de tiempo cuando logro recordar, cada vez con más lejanía, mis recuerdos universitarios.


RECITAL
(Cursilerías primarias)

Y además tú me gustas
porque tienes
el color de la tristeza
el color de la alegría.

Cuando ríes
algo así como si reafirmaras
o renovaras
este sentimiento que traigo
y tengo por ti ya desde un tiempo atrás.

Básicamente desde que te conozco me gustas,
pero no porque me gustas te quiero.
Yo te quiero
por el enigma
estigma
que me traes
día a día
martes a martes
y otras clases coincidentes.

Pues yo te escribo de aquí,
donde sólo permites
corazonadas
o sólo causas
palpitaciones,
de acá muy cerca
vuelvo a escribirte,
donde este extrañísimo sentimiento
te nombra
y convoca,
y desliza su inquietud tras tu imagen apacigua
tras tus ojos crepusculares
o tu beldad suspensa…

Pero de pronto
–y es a lo que me refiero–
irrumpes con tu encanto renovado
con tu mirar
tu decir
y tu morir
con tu color tristeza
–irrumpes hacia mis ojos–
con tu color alegría.


POR TI
(Cursilerias primarias)

Y es que por ti
sólo por ti
el aire me es brisa,
las brisas son palabras,
las palabras son melodías,
las melodías canciones de cuna
y las canciones de cuna
me evocan una tristeza infinita
igual a la de tus ojos.

Fíjate muy bien en lo que te digo
porque lo digo muy en serio
así me encuentro percibiendo el aire en las tardes
de esta ciudad entristecida y universitaria.

Digo esto además
porque
o para que
descubras nunca
una imagen de mi imagen
que es poesía.
Y valgan verdades
también
para demostrarte
la ternura con que te veo
y me encuentro prendido a tu voz y a tu imagen.

sábado 20 de junio de 2009

Mira y escucha


El último post de uno de nuestros autores y un sin número de cartas con reclamos de algunos lectores nos ha hecho reflexionar y creemos que sí pues, que la literatura, la internet y cualquier medio debe ocuparse de cosas importantes antes que sólo basarse en burlas, mofas, odios, ironías, sacasmos y relajo.

Es por eso que -siempre pensando en ti y en tu bienestar- hemos decidido con sabiduría que semanalmente te vamos a regalar un video y una canción.

Ya sabemos que leernos es un placer, que no existe mayor delicia que disfrutar de nuestro espectacular talento literario, que somos lo máximo y bla, bla, bla. Pero créenos, todo eso es mucho mejor con una buena dosis de imagenes y sonidos.

¿De qué tipo de videos y canciones estamos hablando? Pues de aquellos que nos de la gana poner. No, mentira. Bueno, verdad. Lo que sea. Lo cierto es que trataremos de que sean realmente buenos. Así que: ¡mira y escucha lo que te ponemos! Chequealo en las nuevas secciones de El video de la semana y La canción de la semana.