Nota de autor: Esta es la primera entrega de muchos relatos venideros, todos imaginarios e inventados y que nada tienen que ver con la realidad de alguno de los miembros de este blog o amigos cercanos a ellos. Son historias maceradas por el tiempo para ser disfrutadas como anécdotas divertidas a sorbos pequeños. Las historias reveladas aquí –como ya lo dijimos– son fantaseadas y azarosas, asimismo no tiene ningún tipo de conexión ni temporal ni argumentativa, son historias aisladas. Y si a pesar de ello no lo creen así… será una lastima para ustedes por incrédulos.
Capítulo primero
Por Hector Ccahua:
Mientras bebía la última cerveza de la noche y de aquella celebración, y apenas se sostenía por sus propios medios con las piernas bien separadas para no perder el equilibrio, pensó en lo contenta que se pondría su madre cuando llegase a casa con la olla arrocera que se había ganado hacía pocas horas en el sorteo realizado por el día del trabajo en su centro de labores. Era sábado y todos los trabajadores de aquella academia –que lleva el nombre del poemario que significó el anticipo del vanguardismo literario en Latinoamérica– habían estado celebrando desde el mediodía su condición de empleados con un entusiasmo de feria. No era para menos, se tenía un empleo en estos tiempos difíciles, habían recibido un almuerzo de camaradería bastante generoso y lo mejor de todo: la cerveza era gratis. ¿Qué más se podría pedir en esta vida? Si todo fuera gratis, la humanidad estaría un paso más cerca de la felicidad, eso ni quien lo dude.
Willy era su nombre y ahora enrumbaba hacia el paradero donde tomaría la combi que lo llevaría hacia su casa. Eran exactamente las 10 y 50 de la noche y ya la última cerveza ahora solo era un montón de espuma acumulada en el fondo de la botella de 650 mililitros. Era hora de marcharse porque en medio de las celebraciones y el júbilo, Willy se había quedado solo en una mesa repleta de botellas vacías y cabezas dormidas sobre sus brazos que no reconocía de ningún lado, no se había percatado en el barullo de la fiesta que los demás tutores, como lo era él, habían decidido irse a celebrar a otro recinto donde hubiera más trago y menos borrachos, y ahora se encontraba rodeado de rostros desconocidos y que lo miraban con un gesto de risa contenida e hilaridad lastimera por aquella inestabilidad inusitada para caminar que ahora lo sorprendía.
Salió tambaleando del lugar y preguntándose donde se habrían ido sus compañeros tutores a seguir celebrando. Tomó su magnífico y costoso teléfono celular de su bolsillo izquierdo (celular adquirido recién hacía un mes atrás y por el cual aún le faltaban pagar 6 cuotas de 200 soles) y empezó a enviarles mensajes misios, que eran los únicos que tenía por enviar, ya que Willy era de esos espíritus ahorrativo en extremo e incomparables a algún mortal – el celular fue solo un hecho aislado y circunstancial– y que además le valían la fama de avaro consumado y servían para la creación de mitos tales como aquel que no le gusta comer plátanos por no botar la cáscara. Sin embargo, y al ver que nadie lo llamaba o respondía sus mensajes misios, decidió con enorme convicción que sería mejor irse a casa a mostrarle a su madre la hermosa olla arrocera que se había ganado hoy. Cuanto había tomado Willy esa noche, cuanta cerveza gratis, a cuantas mujeres no le habría pedido disculpas por el involuntario desliz de sus manos que estando en las caderas de estas terminaban en las zonas más blandas de su anatomía al bailar, el ímpetu del alcohol les decía. Si así fueran todas las reuniones, la vida sería otra cosa, pensaba él mientras se colocaba en los oídos los audífonos de su discman que lo acompañarían hasta el paradero donde habría de tomar su carro.
Con los ojos achinados como los traía y su andar vacilante fue recibido por un fuerte golpe del viento en la cara – que no sería el único golpe que recibiría aquella noche– y por un instante fue feliz al recordar lo mucho que había bebido y lo poco que había gastado. Luego de aquel ventarrón sorpresivo en el rostro y como por algún conjuro licencioso de la mala fortuna, Willy no pudo controlar más el movimientos de sus piernas y su visión ahora era más borrosa que antes. Pensó que sería bueno caminar hasta el paradero en lugar de tomar una combi para darle tiempo a que la borrachera pase, además solo eran siete miserables cuadritas de la avenida La Marina hasta llegar a la avenida Universitaria para tomar otra combi y lo mejor de todo: ningún centavo saldría de sus bolsillos.
Emprendió entonces su camino con el premio ganado bajo el brazo derecho, los audífonos en las orejas para no aburrirse y el magnífico y costoso celular recientemente adquirido en el bolsillo izquierdo. Se sorprendió de lo difícil que era caminar con una caja en el brazo derecho pues lo hacía tambalear tan exageradamente que ocupada todo lo amplio de la vereda y no lo dejaba ir en línea recta como casi siempre acostumbraba caminar. El zigzagueo lento de su andar además de lo mucho que se movía todo a su alrededor lo hizo caer en cuenta de que estaba más borracho de lo que él imaginaba, así es que sabiamente decidió tomar un atajo, de esos que él tomaba siempre que salía de la academia a su casa, para ahorrarse unos cuantos centavillos.
Con el mismo ímpetu y despreocupado orgullo de los borrachos, Willy encontró el atajo a través de un parque de árboles elevados y arbustos abundantes. Tan tranquilo era aquel parque, se decía, que recordó la vez que en la que a estas mismas horas y en compañía de su, por entonces señorita enamorada, él experimentó el encuentro sexual más excitante y rápido en su historial de sesiones amatorias furtivas. De pronto y como un sacudón de la mismísima noche Willy se vio desposeído de su preciado premio –la hermosa olla arrocera– y se vio rodeado de siluetas que no alcanzaba a contar porque cuando creía que eran tres, estos malhechores de la noche se desdoblaban y ahora parecían seis. Con valentía se arrojó a recuperar la hermosa olla arrocera que sería el deleite de su madre (y que por ser gratis, era mucho más preciada) y en lugar de ello se tropezó con un sonoro ruido de vidrio y una extraña sensación en su mano derecha que no supo reconocer en aquel momento. Uno de sus contendores intentaba atacarlo con lo que quedaba de una botella que instantes antes prácticamente se había despedazado en la mano derecha de Willy, este con todo el temperamento de un buen borracho empezó a utilizar su brazo como escudo. Maravilloso estado de ensueño y bendito licor que no le permitía sentir dolor alguno, se decía y luchaba encarnizadamente contra aquellos espectros nocturnos. Para nadie es un secreto que el alcohol provee a sus benefactores de una fuerza arriesgada y la ausencia total del miedo y cierto adormecimiento del sentido común también, bajo aquel influjo se hallaba Willy cuando decidió no rendir las armas y arremeter contra esos fantasmas que cada vez se movía más rápido y más furiosos.
La reyerta terminó cuando uno de los espectros sorprendió a Willy por las espaldas y le aplicó una llave magistral que casi lo deja sin cuello y sin aliento. Luchó hasta donde las fuerzas del alcohol se lo permitieron y cayó desvanecido en la vereda despojado de toda pertenencia. Tosió un buen rato por la fuerza del cogoteo y luego se repuso. Quiso saber de qué se trataba la extraña sensación que no reconocía en su mano derecha, pero su borrachera, la falta de aire producida por la estupenda llave que le aplicaron y unas insólitas ganas de dormir, lo llevaron hasta un árbol donde se apoyó y durmió hasta las 3 de la mañana.
El pobre Willy despertó en su cama a las 5 de la tarde del día siguiente sin recordar si quiera como pudo llegar a casa. Quiso ponerse de pie y empezar a recordar lo que había pasado en todo este tiempo pero no pudo hacer ni lo uno ni lo otro. Cayó pesadamente en el suelo de su cuarto y no entendió las razones de su inestabilidad, ¿acaso seguía bajo los efectos de la borrachera? Gritó desde el suelo un auxilio desgarrador y su madre lo asistió como solo las madres saben hacerlo entre recriminaciones y muestras de preocupación ¿Por qué se había caído? Intentó dar un suspiro para invitar a la remembranza de los sucesos de su aventura y un fuerte dolor le impidió si quiera el respirar cómodamente. Se quitó la camiseta que llevaba y descubrió en sus costillas unos moretones espeluznantes producto de las patadas recibidas por los fantasmas de ayer noche. Se despojó de sus pantalones y descubrió la causa de su caída, sus rodillas y piernas también estaban amoratadas y desolladas. Su madre cariñosamente lo reprendía mientras curaba sus heridas y le ayudaba a recordar.
Le comentó que su padre le abrió las puertas a las cuatro de la madrugada y tuvo que pagar un taxi desde la avenida La Marina. Les informó que había sufrido un atraco y luego de maldecir su suerte, su padre lo llevó a su cuarto casi a rastras. Lo tumbó en la cama con la misma ropa ensangrentada y llena de pasto y vomito y lo dejó dormir hasta las cinco de la tarde para que le pasara la borrachera. Sin embargo nadie (ni el mismo Willy) se había percatado de los golpes que llevaba como regalito de sus agresores.
La pregunta era ahora, ¿Qué había ocurrido la noche anterior? Aquello era todo un misterio para la familia, incluso para el mismo Willy que ahora solo se lamentaba no haberle regalado la hermosa olla arrocera a su madre. Fue forzando la memoria a pesar de las terribles palpitaciones de sus sienes y el sedimento de sus tripas y paladar. Y justamente esa olla arrocera lo llevó hasta el recuerdo del atraco sufrido. Se vio la mano derecha y su recuerdo como una clarividencia del pasado le aclaró todas las dudas.
Recordó primero haber despertado en un parque –luego de la golpiza propinada– apoyado en un árbol añejo y con un frío en el pellejo que lo hacía tiritar, “fue el frío en realidad, lo que me hizo despertar”, dijo Willy mientras contaba su historia. El frío de la madrugada debió haber sido superlativo ya que superó el umbral de sensaciones que el alcohol había adormecido. Se puso de pie con menos problemas que antes y no recordó donde estaba ni porque había dormido en un parque si el tenía una casa acogedora y una cama confortable y amplia. Miró a su alrededor y reconoció la avenida La Marina. Se le ocurrió que si estaba allí es que venía de su trabajo, de la academia con nombre de poemario. Se tranquilizó y empezó a recordar la gran celebración que había tenido, cuantas botellas se habría encargado de vaciar él solito, “cuanta diversión, ¡por Dios!”, se dijo. Sonrió y decidió ver la hora para decidir si tomaba una combi o seguía caminando. Introdujo su mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón para buscar su magnífico y costoso celular y no lo halló. Se alarmó, “mi celular”, se preguntó y empezó a buscarlo en todos sus bolsillos. A pesar de haber dormido por más de cuatro horas apoyado en el árbol de un parque de San Miguel, frente a la avenida La Marina, los estragos de la bombaza que se había metido y los efectos de la espumante chela gratuita bebida en grandes cantidades, aún seguían firmes como un roble en su sistema sanguíneo y la confusión de un sueño incomodo y frío también confundían sus respuestas.
No halló su celular en sus bolsillos y su estado de confusión se entremezcló con una tristeza hondísima, la misma que sienten los tacaños más extremos cuando pierden algo que aún no han terminado de pagar. Miró aquella avenida y pensó que quizás no sea tan tarde por el constante ajetreo y la vida que tenía a esas horas las calles. Le preguntó la hora a una señora que pasaba por allí y le ofrecía cigarrillos y caramelos y ella le informó lo que no creyó que fuera verdad, “son las tres de la mañana, jovencito”, le dijo la señora, quien se fue rauda luego que Willy introdujo su mano al bolsillo trasero de sus pantalones para sacar dinero y comprarle unos cigarrillos y no encontró nada en ellos, “mi billetera”, dijo para sí y empezó a buscar en el césped lo que nunca halló.
Recordó que también llevaba audífonos en las orejas y en la cintura un canguro donde guardaba su discman y que ahora tampoco estaban, “mi discman”, se cuestionó enseguida. Buscó en sus bolsillos su discman o sus audífonos, aún cuando fuera como consuelo, y adivinen…nada de nuevo. Sin billetera, ni celular, ni discman, se percató recién que algo había ocurrido mientras se había quedado dormido. Se tomó la frente con la mano derecha como una lamentación y se hizo un pequeño corte. Había dolor, lo cual era signo inequívoco que el alcohol iba diluyéndose. ¿Qué había en su mano que lo había cortado?, se preguntó. La miró y su mirada se tropezó con una mano incrustada de vidrios. Ahora todo estaba claro. Había sido victima de un atraco, probablemente el peor de su vida. Con estos funestos recuentos de los hechos y el dolor que empezaba a sentirse como ligeras molestias al caminar y respirar, hizo lo que todo buen borracho haría en aquellos momentos, sacar lo de adentro, exteriorizar sus sentimientos sin menores cuidados. Se arrodilló y dejo fluir su sentir materializado en un vomito espeluznante y amarillento, en un buitreo intenso donde toda su rabia, frustración y desazón por la mala noche que el destino le había reservado, se esparció en el pasto donde había dormido minutos antes y en alguna proporción en sus propios pantalones y zapatos.
El pobre Willy, borracho, herido, ensangrentado, mugriento de pasto y vomito, desposeído de sus bienes más preciados y sin un centavo en los bolsillos, enrumbó hacia el paradero donde tomaría la combi que lo llevaría a su casa –si habría alguna a esa hora, y peor aún, si alguna de las que había, lo quisiera llevar gratis–. Quiso llorar por su mala fortuna pero se la aguantó como los machos, pues ya había llegado al paradero y el llanto le impediría empezar sus descarnados ruegos para que lo llevasen gratis hasta uno de los últimos paraderos del trayecto. Nunca antes le había molestado que le dijeran borracho, pero aquella madrugada fría, desvalido de todo cuanto podría sacarlo de esa situación, le indignó recibir tal calificativo de boca de los cobradores de combi inclementes que le negaban el favor de llevarlo a su casa a esas horas. “Para eso tomas, borracho”, “no levantes a ese borracho”, “esta borracho, va a hacer problemas, avanza nomás”, y tantas otras frases de inmisericordia fueron dirigidas hacia el pobre Willy.
Sin más remedio, decidió tomar un taxi y con el dolor de su corazón pagar en su casa el dineral que le cobraría, pero una situación extrema como aquella requería medidas extremas. No obstante, primero tenía que dejar de tambalear, abrir bien los ojos, esconder la mano ensangrentada y luego intentar hablar con claridad. Tomó el primer taxi, pero lo tuvo que abandonar dos cuadras más adelante pues el taxista violentamente lo echó cuando Willy le comentó su desgracia y le dijo que le pagaría llegando a casa. Era un riesgo que el taxista no quería asumir, “borracho de mierda”, le dijo el hombre y arrancó enseguida. La misma suerte corrió con otros 3 taxistas, “¡qué desconfiados son los taxistas carajo!”, parecía decirse Willy. Cansado de aquella situación y con el temor de quedarse completamente calato a esas horas y por lugares poco familiares para él, paró el siguiente taxi y no preguntó nada. Abrió la puerta, se subió enseguida y le dijo con la lengua de trapo que llevaba, el destino hacía donde deberían ir. “Son 20 lucas”, le dijo el taxista ni corto ni perezoso, “en mi casa te pago, por favor, me han robado”, respondió Willy con voz suplicante y enseguida le mostró la mano ensangrentada como prueba infalible de su desgracia. El conductor casi sin inmutarse por el estado tan lastimero de su circunstancial pasajero, le dijo al mismo tiempo que lo veía con ojos amenazantes, “si no me pagas, te voy a dejar calato en la calle, huevón”.
El pobre Willy llegaría a su casa únicamente amparado por la buena fortuna. Intentó mantenerse alerta por evitar cualquier arremetida del chofer, pero nuevamente el alcohol consumido se apoderó de su conciencia y lo arrastró hasta un sueño pesado y profundo, sueño que fue interrumpido rudamente por el taxista que le avisó que ya estaban por llegar y que le indicase por donde tendría que ir. Así llegó Willy a su casa aquella madrugada y así recordaría la vez que se bebió cuantas chela gratis se le cruzaba en el camino. Nunca aceptó lo que le dije, pero creo, sin seguridad de afirmarlo, que todo aquello le pasó por borracho y por tacaño.








