La hija que nunca tuvimos
tiene cabellos largos,
sonrisa sospechosa
y parpados honrosos.
Son sus apariencias
nuestros cuerpos combinados,
nuestros besos enredados
y nuestras almas mezcladas.
La hija que nunca tuvimos
es de nariz respingada,
de dientes de conejo
y cuello de cisne.
Es rico jugar con ella
y me gusta tomarla en brazos
mientras poquito a poco
va quedándose dormida.
Nos enojan sus travesuras
y sus disculpas nos derriten
recordándonos cada día
que hicimos las cosas bien.
Ella siempre nos observa
como tratando de aprender
o talvez solo esperando
alguna mueca en mi cara.
A veces es callada
como tratando de ocultar
alguna pena ancestral.
O quizá es solo como tu.
La hija que nunca tuvimos
tiene ojos marrones hondos,
no tan profundos como el mar
pero si fuertes como el metal.
Son ojos calmos y buenos
que se irritan con el viento
y a veces al enojarse
son fieros como el tiempo.
Le gusta traducir
lo que escucha alrededor
y desea algún día
alcanzar la perfección.
Todo el mundo se sorprende
por lo sin par de su belleza
y a mi me gusta presumir
que salió a su papá.
Aunque debo reconocer
(y solo entre tu y yo)
que su gran hermosura
es fiel reflejo de la tuya.
Su actuar es muy vivaz
y contagia su esplendor.
No le gustan los dulces
y tampoco el mucho color.
Cada vez que camina
oculta sus atributos
Pero no lo logra del todo
(es tu hija de todos modos)
La hija que nunca tuvimos
lo tiene todo
y todo lo usa
hasta no quedar más.
Sus ansias de perfeccion
la llevan más allá
de límites y barreras
y nunca se cansa.
No piensa en la eternidad
o en que siempre podrá,
pero cree en la justicia
y en que no se la negarán.
Da frutos en su esplendor
y lo comparte con quien quiere,
lo disfruta a rabiar
y se siente muy feliz.
Sus manos, sus pies
sus brazos y sus piernas
ejecutan virtuosismo
que sale de su mente.
La hija que nunca tuvimos
me enorgullece
y hace que por fin
esté contento con lo que hice.
Cuando la vimos un día
me tomaste de la mano
y mirándonos nos dijimos:
“¡Está bien ah!”
La hija que nunca tuvimos
Me dijo un día: “papi,
¿algún día no existirás?”
Y no supe que contestarle.
Ella se quedó esperando
y en lugar de mirarla
yo trataba de encontrar
algún motivo para ello.
“No lo sé mi pechocha”
fue lo que le dije,
“no encuentro una razón
para no ser yo tu papi.
“Salvo que un buen día
me despierte en mi cama
y descubra que todo esto
no fue más que un simple sueño”
Ese día fue hoy,
en esta mañana
cuando al despertar descubrí
que no estabas junto a mi.
tiene cabellos largos,
sonrisa sospechosa
y parpados honrosos.
Son sus apariencias
nuestros cuerpos combinados,
nuestros besos enredados
y nuestras almas mezcladas.
La hija que nunca tuvimos
es de nariz respingada,
de dientes de conejo
y cuello de cisne.
Es rico jugar con ella
y me gusta tomarla en brazos
mientras poquito a poco
va quedándose dormida.
Nos enojan sus travesuras
y sus disculpas nos derriten
recordándonos cada día
que hicimos las cosas bien.
Ella siempre nos observa
como tratando de aprender
o talvez solo esperando
alguna mueca en mi cara.
A veces es callada
como tratando de ocultar
alguna pena ancestral.
O quizá es solo como tu.
La hija que nunca tuvimos
tiene ojos marrones hondos,
no tan profundos como el mar
pero si fuertes como el metal.
Son ojos calmos y buenos
que se irritan con el viento
y a veces al enojarse
son fieros como el tiempo.
Le gusta traducir
lo que escucha alrededor
y desea algún día
alcanzar la perfección.
Todo el mundo se sorprende
por lo sin par de su belleza
y a mi me gusta presumir
que salió a su papá.
Aunque debo reconocer
(y solo entre tu y yo)
que su gran hermosura
es fiel reflejo de la tuya.
Su actuar es muy vivaz
y contagia su esplendor.
No le gustan los dulces
y tampoco el mucho color.
Cada vez que camina
oculta sus atributos
Pero no lo logra del todo
(es tu hija de todos modos)
La hija que nunca tuvimos
lo tiene todo
y todo lo usa
hasta no quedar más.
Sus ansias de perfeccion
la llevan más allá
de límites y barreras
y nunca se cansa.
No piensa en la eternidad
o en que siempre podrá,
pero cree en la justicia
y en que no se la negarán.
Da frutos en su esplendor
y lo comparte con quien quiere,
lo disfruta a rabiar
y se siente muy feliz.
Sus manos, sus pies
sus brazos y sus piernas
ejecutan virtuosismo
que sale de su mente.
La hija que nunca tuvimos
me enorgullece
y hace que por fin
esté contento con lo que hice.
Cuando la vimos un día
me tomaste de la mano
y mirándonos nos dijimos:
“¡Está bien ah!”
La hija que nunca tuvimos
Me dijo un día: “papi,
¿algún día no existirás?”
Y no supe que contestarle.
Ella se quedó esperando
y en lugar de mirarla
yo trataba de encontrar
algún motivo para ello.
“No lo sé mi pechocha”
fue lo que le dije,
“no encuentro una razón
para no ser yo tu papi.
“Salvo que un buen día
me despierte en mi cama
y descubra que todo esto
no fue más que un simple sueño”
Ese día fue hoy,
en esta mañana
cuando al despertar descubrí
que no estabas junto a mi.






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