jueves 9 de octubre de 2008

Catarsis


Las mañanas de estos últimos días tiene que ser producto de un mal aventurado sueño en el que me he estado envolviendo sin darme cuenta. Pero eso es harina de otro costal por así decirlo, lo que perturba más aún dichas mañanas, extiende la modorra y las alimenta con grandes dosis de mal humor, rabia e indignación es nuestro bien ponderado sistema de transporte publico.

Me animaría a decir que luego del terrorismo y la corrupción política, el transporte público se ha convertido en uno de los más grandes males de la sociedad peruana. Y es que solo basta darle un vistazo a quienes son los encargados de nuestro diario transitar las calles para darse cuenta del tremendo rollo que todo esto trae consigo. Y digo que es un problema porque las personas que hacen uso diario de este servicio y quienes no lo hacen también lo padecen, ya que uno no se libra del problema solo por tener su carrito, no, porque se los va a topar en las carreteras sí o sí.

La gente se enferma, se trastorna y en ocasiones arremete. Los transportistas en mi percepción son los principales culpables del caos vehicular y sobre todo de la mala atención a la que nos vemos sometidos y el infortunio de llegar a nuestro destino de mal humor o indignado como ya lo dije; estos “hijos de puta” como cariñosamente los llamo, pues son más responsable de la situación de lo que se podría pensar, porque para ser totalmente justos, las pistas, los combustibles, las autoridades, los policías (ay los policías), los transeúntes y el parque automotor contribuyen también a todo el caos reinante, pero no son el principal problema desde mi muy modesto punto de vista.

Y nuevamente remito al lector a la realidad para constatar el severo problema en el que nos vemos inmersos, los hijos de puta estos (de puta deben ser hijos, ya que el oficio no les permitía compartir mayor tiempo con ellos para darles una educación por lo menos consistente o quizás ni siquiera hayan tenido madre) cuentan entre su repertorio con la más execrable desfachatez criolla para cagar a la gente en todos los aspectos, desde los pasajes y la manera insolente de trato, hasta la mal intencionada manera de conducir y el irrespeto total por las vidas ajenas que tienen como responsabilidad. Pero como se le puede pedir responsabilidad a sujetos en su gran mayoría (porque como se sabrá ya, no se trata de generalizar, ni echar en un mismo costal a todos, sino de describir con lo que se convive a diario, que inevitablemente es la gran mayoría) muy probablemente tengan a la anomia como explicación de su comportamiento habitual en sus horas de trabajo y en su vida hogareña, así como un egoísmo casi endémico del cual sí son víctimas y no victimarios, pero del cual también se aprovecha hasta el hartazgo.

El transporte público y en especial los muy hijos de puta de los transportistas son los causantes de ulteriores perjuicios a la población en general, ya que además del mal rato que significa pasar el tiempo en una unidad, sea cual sea el formato del vehículo, se tiene que convivir con un tráfico terrible en casi cualquier punto de la ciudad, causado, además de lo dicho, por la falta de respeto total a las normas viales de parte de nuestros ejemplares transportistas y, hay que decirlo también, por gran parte de los parroquianos que conducen un auto o unidad vehicular que manejan de una manera absolutamente bestial por no decir menos. Asimismo el público usuario, o sea cada uno de nosotros que aún no tenemos el dinero suficiente para comprar un auto (aunque ya explique que ni aún así nos libraríamos del todo del problema) nos vemos obligados a movilizarnos en esta maquinaria vil y enfermiza porque no nos queda de otra.

Ejemplos los hay muchos, basta con recordar algún desencuentro dentro de algún microbús, combi, coaster (si así se escribe), taxi o taxi colectivo y hasta mototaxi en el cual hayamos estado esta semana y hayamos experimentado ya sea de manera directa o indirecta, siendo nosotros los que hayamos discutido o incluso reclamado un justo derecho violentado, o sido los espectadores de un bochornoso incidente entre el hijo de puta del cobrador con algún universitario que no deberíamos estar dispuestos a soportar.

Inevitablemente surge la pregunta, ¿Por qué el transporte público tiene que estar a cargo de estos reverendos hijos de la gran puta madre? Y se me ocurre una única respuesta casi de inmediato y que luego de analizarla suena aún más coherente, y es que cada pueblo o sociedad se merece lo que tiene como autoridad, gobernante, profesionales, policías, políticos y en este caso transportistas públicos. Nos lo merecemos y que esto quede claro, el transporte no es más que el fiel reflejo de una sociedad hasta el reverendo culo, de la cual soy parte, pero cuanto daría por no serlo.

¿Soluciones por allí? Yo tengo algunas propuestas, pero lamentablemente atentarían los derechos humanos de estos hijos de puta, así es que como este texto se trata de una catarsis solamente, lo dejaré allí, en suspenso. Me siento en la obligación de remitir al lector a escuchar una maqueta autogestionada de un grupo de rock peruano de los ochenta, poco conocido como es obvio para los oídos más delicados, la maqueta se llama Primera Dosis y el grupo Narcosis y queda como tarea escuchar la muy actual canción El Microbús, para darse una idea de que este problema no es solo de ahora, sino que tiene un tiempito ya de joderle la vida a propios y extraños.


Hector R. Ccahua