lunes 8 de diciembre de 2008

Alegrémonos, ya es navidad!!!


Se acerca una fecha importante en nuestro calendario y no podemos ser ajenos a tal acontecimiento, el año ha pasado rapidísimo, en un abrir y cerrar de ojos y los días no son más que hojas que se dejan arrastrar por el cada vez más inclemente tiempo y así sin más ni más ya es navidad. Y no hay mejor forma de esperar la navidad que recordando las más entrañables, todos tenemos por lo menos alguna navidad que recordar sea buena o mala, pero la tenemos, son fechas especiales pues, nadie lo puede negar.

Cuando niño recuerdo haber vividos navidades maravillosas, las esperaba con mucho entusiasmo es cierto, quería reventar cientos de cohetones y asustar a los mariquitas de mis amigos que no se atrevían a prender la mecha ni de la más inocente chispita mariposa talvez porque a los 5 años ellos no tenían los cojones que yo si tenia a mis 7, pero como sea eso no era excusa, eran mariquitas y punto. Recuerdo también todos los ajetreos que a mi edad aún no podía refutar como lo haría ahora en parte porque tales ajetreos gozaban de mi simpatía en cierta manera y en parte porque era un niño poco entregado a reflexiones que fueran más allá de indagar la relación existente entre el niñito Jesús y Papa Noel.

Me encantaba la navidad porque los regalos más generosos iban dirigidos al engreído de la casa y primer nieto de la familia, o sea a este pechito, y porque mi familia no peleaba por aquellos días sorprendentemente, sonará ridículo pero todo era amor y confraternidad que a veces añoro con una profunda pena. Es increíble pero cuando niño la felicidad parece estar compuesta por la cantidad de personas tengas al alrededor y lo feliz que ellas también parecen estar. Las cenas eran especiales también, todos hacinados en una misma mesa, compartiendo las delicias provenientes de las amorosas manos de una mujer dotada con una sazón extraordinaria por la naturaleza y no importando el calor y el bochorno provocado por nuestros mismos cuerpos y el clima tropical de diciembre, todos disfrutábamos de nuestra espumosa taza de chocolate caliente y un buen pedazo de panetón como la costumbre manda. Grandes épocas caracho!!

Las personas sufrían también transformaciones inverosímiles a nivel de comportamiento, por lo menos dentro de mi vecindario, los más faltosos y conflictivos vecinos y las vecinas más viperinas del lugar sacaban lustre a sus más refinados modales y ánimos festivos para saludar como se debe a quienes los agasajaban con un “¡Feliz navidad vecino!”. Las calles parecían también sucumbir a esta suerte de magia y lucían en sus ventanas destellantes colores y adornos alusivos a tan ilustre fecha, después de todo era el nacimiento del niñito Jesús, me decía pero aún me preguntaba que tenía que ver ello con los arbolitos, renos, medias rojas, chimeneas y la nieve, sobre todo la nieve. En fin, era navidad, eso poco importaba.

Los característicos cohetones le dan un ambiente muy festivo a las navidades cuando niño, además de darle un delicioso olor a pólvora en cualquier rincón de la ciudad y luminosidad en los cielos poco acostumbrados a tales sucesos (salvo alguna fiesta patronal o cuando la selección peruana gana algún partido, o sea recontra raro), pero pueden también tornarse peligrosos y amargar una feliz velada. Así ocurrió en una navidad en el que casi le causo una quemadura de tercer grado en el pecho a mi quejumbroso hermano por aquella fascinación piromaniaca que se apoderaba de mí a finales de diciembre, menos mal que nada paso, nada que un buen sermón matizada con mensaje navideño de parte de mis padres no pudiera solucionar.

Mientras la navidad se apartaba de mi niñez (los niños tiene el perdón que su condición de hijos les da para creer en sandeces y esperar que sus más intensos deseos se materialicen en estas fechas) las cosas iban perdiendo su encanto, se desteñía la magia, probablemente porque ya nadie le regala nada (que realmente le interesase) a quien seguía siendo el primer nieto de la familia pero había dejado de ser hace rato el más engreído de la casa y porque las reuniones familiares en navidad eran cada vez más melancólicas y menos los miembros hacinados en la misma mesa. En la adolescencia por ejemplo la navidad era insípida, ya no eran muy atrayentes los ajetreos habituales y aquellas costumbres eran ahora más bien ridículas (nacimientos, arbolitos, rezar al pie de muñequitos, besarlos, etc.). La familia como siempre tenía a bien utilizar cualquier tipo de chantaje emocional manipulando el poco fervor religioso que aún se anidaba en mí, consiguiendo su propósito muy eficazmente.

Recuerdo una navidad en particular, faltaban pocas horas para recibir la noche buena – nunca entendí esta frase tan trillada – y me encontraba solo en casa viendo tele y buscando algo que no tenga que ver nada con la navidad mientras que el resto de la familia o compraba regalos de ultima hora para aliviar su sentimiento de culpa o iba a visitar a algún pariente llevando un panetón también para menguar la culpa (la navidad ahora me parece diseñada para que las personas atenuemos nuestros más incandescentes “pecados” acumulados en el año con alguna “obra de bien”), lo cierto es que la ocasión fue propicia para sintonizar el único canal que no pasaba nada relacionado a la navidad: Venus, maravilloso canal de televisión argentina que (a partir de la fecha) alegraba mis días como adolescente entregado a explorar los placeres que su propia mano podía proporcionarle, Que pendejo mi tio, se lo tenía guardadito, me decía mientras me masturbaba casi compulsivamente esperando la noche buena o que alguien llegara a interrumpir mi cita con las actrices porno que tan bien lucían aquella noche, lo que pasara primero.

Después del gusto casi siempre llega el disgusto y este se manifestó con una culpabilidad impetuosa, después de todo era aún un adolescente que aún creía en el nacimiento del niñito Jesús y la culpa me carcomía, como era posible que hubiese hecho eso justo en la noche de navidad, que mala persona soy, no merezco nada ni siquiera el chocolate de mi mamama, soy malo y diosito me va a castigar por no honrar esta fecha y masturbarme justo en navidad, realmente me sentía muy mal, culpable hasta los huesos, pero no podía controlar las ganas de correrme una pajita pues, las hormonas estaban en un estado efervescente en aquellas épocas y lo dicho, la ocasión era propicia… aquella fue una navidad magra y llena de culpa, obviamente mi familia lo notó, pero supe disimular todo …es la pena de no tener cerca a mis papas, les dije a los interesado en mi estado emocional, era mejor una mentirilla de esas en lugar de confesar la verdad, si ya había “pecado” nada iba a empeorar la situación y menos con una mentirilla que gozaba de cierta veracidad, extrañaba a mis padres pero mi congoja se debía a aquella pajita navideña que me propiné.

Luego llegaron navidades muy parecidas entre sí, familia melancólica llorando a sus lejanos miembros, rituales religiosos más ridículos cada vez, deliciosa comida, robos en las vísperas, gente a montones por las calles infestando la ciudad como ratas, comprando compulsivamente en supermercados, tiendas, grifos, mercados, puestitos ambulantes, lo que fuere: ropas, juguetes (sobre todo juguetes), cohetones y cohetecillos, adornos inservibles, chucherias, panetones y un largo etcétera de cosas navideñas. Por mi parte las cosas estaban un poco más claras, no había relación entre Papa Noel y el nacimiento de Jesús definitivamente y sobre todo el fervor religioso se había esfumado gracias a todos los cielos de mi organismo por cuestión de sentido común básicamente, disfrutaba de mis pecadillos a escondidas y no quería renunciar a ello, me era muy placentero para dejarlo y detestaba el sentimiento de culpabilidad que se formaba en mis adentros luego de consumar dichos pecadillos, por lo cual era momento de renunciar a una de esas dos cosas. Opté por la alegría de vivir, por buscar lo placentero y dejar las culpas para quienes querían albergarla dentro de sí, y por la consistencia, soy hipócrita con las personas usualmente pero no quería mentirme a mi mismo, seria absurdo y me sentiría estúpido.

La navidad a partir de la fecha sirvió como la excusa perfecta para reunirme con mi familia y disfrutar aún de las delicias preparadas por mi mamama (así llamo a mi abuelita o así me enseñaron a llamarla), ya no me condeno a tomar chocolate caliente en medio de tanto calor ni a armar nacimiento alguno, pero no puedo evitar sentir melancolía por los viejos tiempos.

Tampoco puedo evitar tener sentimientos ambivalente frente a estas fechas, claro que se me escapa a las 12 de la noche del 25 de diciembre un efusivo ¡Feliz navidad! a las personas que más quiero, presencialmente o por teléfono, pero ahora detesto los cohetones que espantan a mis perros y contaminan más el aire de esta ciudad de por sí contaminada (aunque el olor a pólvora me sigue resultando inquietantemente placentero), detesto la gente en las calles y el incremento de choros pululantes y al acecho que las fechas navideñas provocan (ellos sí que pasan una buena navidad caray) y la proliferación de chocolatadas, fiestas navideñas en comedores populares, entrega de regalos, ropa y demás cosas usadas en asentamientos humanos y otro largo etcétera de “obras de bien” que a mi manera de ver las cosas son una huachafada y un acto de hipocresía por más que no quieran aceptarlo.

Mientras más se aleja la navidad de la niñez adquiere su verdadera forma o la forma que nosotros le hemos dado en estos días, una manera más de demostrar la injusticia social, la hipocresía religiosa y la estupidización masiva por ello agradezco infinitamente al destino o a lo que fuere no creer en el cristianismo ya que si yo fuese católico o evangélico o protestante o testigo de jehová u otro practicante asiduo de la enorme lista de religiones existentes que aceptan a la navidad como festividad religiosa, me sentiría inevitablemente idiota, ridículo y grotescamente burlado de que la fiesta que supuestamente simboliza la llegada del mesías e hijo de dios al mundo, se haya convertido en una fiesta donde el consumismo, al cual contribuimos y del cual somos parte todos y que contradice en esencia lo que el cristianismo desea profesar, sea el principal motor de tal festividad a nivel mundial.

¡Que desdicha! Gracias al destino o a lo que fuere, no es este mi caso, gracias!

Mucho se dijo, se dice y se dirá respecto a la navidad, pero la opinión de los demás poco me importa, lo cierto es que se trata de una fecha muy melancólica para este pechito como ya lo decía e indignante en muchos de sus aspectos, pero sigue siendo especial eso ni dudarlo porque es la excusa perfecta para pasarla con las personas que más quiero y celebrar la vida, así es que feliz navidad pues a todos los lectores, pásenla como quieran pasarla (pero no hagan cosas que pueden joder tanto a personas tan quejumbrosas como jhony pacheco) pero nada hay más importante en estas fechas recordar que si se sale a las calles se voltee a cuidar las espaldas propias y evite que le roben, recordemos que la navidad no distingue ni razas ni oficios y todos buscaran de la manera que saben pasar una buena navidad, a cuidarse se ha dicho…


Hector R. Ccahua