lunes 20 de abril de 2009

Corazón delator


Por Hector Ccahua:


A Mariaelena le gusta verme dormir por largos minutos luego de entreverarnos en las sábanas y hacer el amor – si así se puede llamar a lo que nosotros hacemos de tiempo en tiempo – y yo le doy gusto cada vez que puedo. Ella dice que puede ver en las personas la paz que albergan en sus almas mientras descansan - o algo así que nunca entendí - y yo le pregunto a cuantas personas de sexo masculino, que no sean parientes suyos, ha visto dormir para sostener tal afirmación. Ella se ríe y como me lo suponía, no me contesta.

Me dice que no parece que fuera Escorpio, porque mi dormir es muy calmo, “los Escorpio tienen el sueño intranquilo, siempre están con la mente ocupada, pensando en su próxima fechoría”, me dice con esa fascinación suya por el horóscopo y los signos del zodiaco. “Esas son tonterías”, le respondo y le refuto la idea diciéndole que nada tiene que ver mi cumpleaños o mi signo con mi calmo sueño, “del mismo modo que soy Escorpio, soy mala persona, pero amo dormir y por nada del mundo haría del mejor momento de mi día un espacio de intranquilidades o culpas inútiles”. Ella ríe y se burla de mis palabras, “ay amor, tú no tienes ni una pizca de mala persona, lo sé, yo te conozco y tú, mala persona no eres. No podrías matar ni una mosca”, me dice y yo solo la escucho con simpatía.

Sin embargo, últimamente no he podido satisfacer el gusto de Mariaelena por verme dormir, en parte por la mala fortuna y la infeliz coincidencia de que nuestros encuentros han convenido con mis periodos de insomnio (lo cual hace que ella sucumba ante el sueño antes que yo), y al mismo tiempo, y en mayor medida, porque ahora resultan ser menos frecuentes las veces que nos vemos, pues mi precaria y miserable economía por estos días, me impiden planificar cualquier salida con ella. La crisis ha devastado no solo la bolsa de Wall Street, sino también mis bolsillos. Por ello no me atrevo a llamarla como antes e invitarla a salir. Ella me dice que no hace falta dinero para salir y divertirse, y yo me callo las ganas de decirle que por lo menos yo sí necesito de dinero para pagarme los tragos que me ayudan a no aburrirme de las cosas que me cuenta, que siempre son las mismas: sus conflictos amorosos con un amante suyo al cual conozco en mediana medida.

Mariaelena no es buena conversadora pero posee un bello rostro, un cuerpo ondulante y la sonrisa fresca que compensa su aburrida charla y hacen que le perdone cualquier cosa. A veces ella exagera con el maquillaje, pero es como se siente más cómoda. La primera vez que salimos le comenté las ganas que tenía de ver su belleza al natural, es decir, sin tanto artificio labial o pintura adornando su cara y ella me respondió con enorme picardía que la vería sin maquillaje cuando nos bañásemos juntos; tal respuesta me entusiasmo de inmediato pero fue efímera su duración al escuchar la frase completa que mi morbosa complacencia había interrumpido, “…cuando vayamos a la playa”. Nunca fuimos a la playa, pero sí pudimos compartir la ducha y bañarnos juntos, y pude ver que su belleza no necesitaba de maquillaje alguno para encandilarme.

Cuando salíamos y bebíamos más de la cuenta, no sabía si ella se volvía más parlanchina o era yo quien encontraba fascinante cualquier cosa, lo cierto es que ella tenía muchos temas recurrentes, que de vez en cuando eran satirizados con cariño por mí. Me hablaba de sus clases de la universidad, de cómo su profesor le coqueteaba con descaro, de lo difícil que era ser tutora en la academia donde trabajaba. Ella siempre me decía que le parecía admirable lo que yo hacía, ayudar a las personas con sus problemas, y yo le respondía, que era agradable hacerlo, siempre y cuando me pagasen por hacerlo. Esta actitud siempre me la reprochaba y no entendía que se trataba de bromas malevas y burlescas que yo hacía para reírme de ella y su cucufatería. Como añadidura, Mariaelena siempre terminaba preguntándome por Rocío, mi ex enamorada. Ella se sorprendía que hubiera terminado conmigo luego de más de tres años si decía amarme tanto y yo le respondía que lo sorprendente era que yo la hubiera dejado ir tan fácilmente si en realidad yo la amaba tanto como decía. En alguna ocasión me mencionó las ganas que tenía por conocer a Rocío y entre copas alguna vez también me dijo que sería buena idea salir en pareja, Mariaelena y yo y Rocío y su enamorado y hoy conviviente. Con gran placer la mandé a la mierda avalado por la confianza de sus besos y los tragos que tenía encima. Suficiente eran las burlas de mis amigos más allegados como para que ella, una chica que no gozaba de mi total confianza, quisiera ridiculizarme frente a Rocío y a su morenaje, que como decían mis siempre bienintencionados amigos, de seguro se la cepillaba todos los días, acreditado por la vida de conviviente que ahora llevan.

A veces era difícil entenderla, y según me confirman algunos amigos, y en especial muchas amigas, las mujeres tienden a joderle la paciencia a uno por simple diversión. Tal era el caso de Mariaelena. Ella me decía que le encantaba hablar en inglés, que siempre lo hacía con sus amigos más cercanos y que le servía para practicarlo y para que no se le olvidara, pero entiendo que lo hacía para llamar la atención y sobrealimentar su ego. Le decía que no me agradaba hablar en ingles y mucho menos en la calle, “I really hate speaking English, specially on the bus”, y ella se burlaba de mí, de mi ingles masticadazo y de mi pésima pronunciación. Ciertamente era petulante Mariaelena y no se ruborizaba al demostrarlo.

No sé como pude involucrarme con ella, no lo lamento, pero aún me sorprende. Ella parecía tener otras prioridades respecto a sus romances y potenciales pretendientes, no parecía que fuera a interesarse en alguien como yo, un tipo sin mayores éxitos ni aspiraciones más que sobrevivir a la vida. Con ella pude tener el final que no logré (muy a mi pesar) con Mónica, una mujer de 31 años que doblegaba mis deseos de no tener una relación seria y de la cual vivo cautivado por la lejanía que me prodiga; sin embargo como buen oportunista que soy, pude obtener los favores de Mariaelena y acabar en sus brazos y ella en los míos viéndome dormir.

Las cosas entre nosotros iban bien y salvo las ultimas salidas, yo estaba feliz de haberme topado con una mujer tan amorosa y pasional, la cual en definitiva engalanaba mi corta y muy poco exitosa vida de soltero empedernido. Espero que Mariaelena no me haya guardado rencor por algunos sucesos de nuestras últimas salidas, y me haya perdonado la ocasión en la que tuvo que correr con todos los gastos de la noche. Recuerdo que lo que más le molestó fue tener que entregar su DNI al señor del hotel donde nos fuimos a pasar el resto de lo que quedaba de noche, “¿qué habitación le damos?”, preguntó aquel hombre un tanto aturdido por el sueño de madrugada seguramente, “solo déme una habitación que no tenga cámaras, por favor”, le dije. Al parecer mi chiste no le causó ni la más mínima gracia, ni a él ni a Mariaelena, por lo cual el camino hasta la habitación fue de un silencio atosigador. Luego de acomodarnos Mariaelena me reprochó tener el DNI vencido a pesar de que había transcurrido cerca de un año después de la fecha de caducidad. Su enojo era comprensible, ella no quería dejar ninguna huella del delito cometido, era bastante cuidadosa en ese aspecto, yo entendía su preocupación y aceptaba que era un irresponsable irremediable, pero a mí me parecía una exageración como para enojarse o acumular rencores. Luego de ello y pasado el enojo, supimos aprovechar el poco tiempo que nos quedaba juntos.

Mariaelena es una mujer muy bella y me gustaría seguir en contacto con sus formas hasta que ella me lo permita. En realidad la pasaba muy bien con ella, me causaba mucha gracia cuando nos dedicábamos canciones cursis o nos mandábamos mensajes de texto de madrugadas. Ella decía que haría de mí una persona menos desinteresada y más responsable y a mí me encantaba decirle que perdía su tiempo en tal empresa y que ella debería dejar de ser tan acartonada, que debería relajarse más y no tomar todo tan en serio. A veces insistía en llevarme a la iglesia evangélica donde ella asistía, pero gracias a sus escasos dotes persuasivos, continuamente le ganaba la partida. Siempre le decía que las malas personas como yo no podrían asistir, ni mucho menos pertenecer a una iglesia o religión, “el cielo no ha sido creado para nosotros”, le decía en tono de burla. Quizás no me insistía mucho en aquel tema pues sabía (y si no lo sabía, ahora se lo hago saber) que había gran inconsistencia entre su encomiable fe en todos los fundamentos cristiano - evangélicos y su estilo de vida de tres romances simultáneos. Ella decía que en ocasiones se sentía mal por no decirle la verdad a su novio y a aquel otro chico con el que salía también a hurtadillas, y yo le aconsejaba que no era mentir lo que ella hacía, sino que manipulaba la verdad y controlaba la información que les brindaba, que eran cosas totalmente diferentes. Ella reía y me besaba y al parecer las culpas se disipaban fácilmente de su conciencia, “sin cuerpo, no hay delito”, le decía con frecuencia.

Debo de confesar que me gustaba más cuando permanecía en silencio, no solo porque no tenía nada interesante que decir, sino porque era cuando más bella lucía. Su respiración era suave y sus ojos marrones profundos se perdían en un ensueño contrito, a veces desesperado del cual me gustaba rescatarla. Cuando esto pasaba ella me miraba y se reía suavemente, todo en ella era suave, y aquellos ojos marrones profundos se achinaban y me agradecían el rescate con un amago de beso que terminaba siendo un suspiro cercano. Luego ella se despedía de mí y siempre tenían que pasar más de treinta días para volver a vernos.

La última vez que la vi no terminamos nuestra conversación del todo bien, fue un feriado largo, pero no recuerdo cual de todos fue. Me llevó a su casa y me comentó su preocupación, alguna desgracia acontecida en su familia. No pude ser de gran ayuda para ella porque mi mayor motivación era llevarla a la cama y disfrutar de su lozanía en lugar de representar el papel de su terapeuta. Me marché de su casa impulsado por el aburrimiento y por las odiosas palabras que me dirigió tan ferozmente. Era cierto todo lo que me decía, que era un insensible y que al parecer ella no me importaba en lo más mínimo, pero también era cierto que un amante circunstancial como lo era yo, no podía cumplir aquel papel que ella tanto requería en aquel momento.

Ya llevo varios meses que no sé de ella y espero que se encuentre bien en todos los aspectos. Quisiera pensar que no me responde los llamados o los mensajes que le envío porque su novio – el ingeniero civil que la despojará dentro de pronto y quien trabaja en la serranía - lleva buen tiempo en la ciudad (y es que cuando esto acontecía, perdía por buen tiempo contacto con ella), en lugar de creer que ya no quiere hablar más conmigo. Quizás cuando lea esto – que creo es poco probable por las veces en que me decía que nunca revisaba las boberías que escribía y se burlaba de mí y decía que era un escritor aficionado con poca gracia – pueda entender que sí me interesa mucho y que le tengo gran estima. Y si esto sucediera probablemente también creería que su confianza fue traicionada, pues mi amada Mariaelena tiende a ser conservadora, mojigata y muy reservada en lo referente a su vida privada. Si esto llegara a acontecer y ella leyera estas líneas, espero pueda tomarlo de la mejor manera y si decide no hablarme más y olvidarse de mí, podré utilizar como excusa aquel alejamiento y complementarlo con la funesta experiencia de un estimado amigo mío, quien me enseñó a mí y a todos los que nos reunimos con él, de la peligrosidad que conlleva mantener una relación con una mujer con otros compromisos. Por tanto, si ella decide alejarse de mí completamente, podré decir: al cabo que ni quería… y me alegraré haber terminado mi romance con ella siendo una mala persona y un amante desleal, traidor y delator, en lugar de terminar con el ojo morado y avergonzado frente a mis demás amigos.

1 comentarios:

Sara_velarde dijo...

el corazon delator...
asi no se llama una de allan poe?