
-Hey, Ya llegue, ¿por donde estas?- Pregunte confiado de que Marisol no estaría muy lejos del punto de encuentro.
-Mmmmm… estoy por Javier Prado- Eran las seis de la tarde, en dirección al centro de Lima, con el tráfico en su punto de ebullición… tenia por lo menos una hora de camino.
Decidí esperarla. El cielo panza de burro se tornaba púrpura y mi tercer cigarro caía al suelo. De repente mi celular vibró, un mensaje de Marisol:
-esteeee… todavía estoy en Javier Prado, si no llego en quince minutos ve nomás- algo me decía que el paseo al cementerio lo iba a hacer solo. Por un momento pensé en cruzar la avenida, tomar el carro de regreso y guardar el dinero para futuras eventualidades, pero dos cosas me hicieron cambiar de parecer; mis recuperadas ganas por hacer las cosas solo y la entrada ya pagada.
Las luces del palacio de justicia siempre me recuerdan las hipocresías de las que esta hecha mi carrera y esa noche no fue la excepción. Dos leones vigilando la entrada a una guarida de lobos, almas a la mano del mejor postor, operadores dispuestos a simplificar las operaciones por una gentil dádiva. Suerte que decidí no seguir mas.
Cruzando la Plaza San Martín, una caravana de buses tapaban las estrechas calles del centro y ponían en slow motion (mas de lo normal) al tráfico, las calles de lima entre los baches y los buses parecían las arterias de un señor de 50 años, fumador y con una dieta basada en pollos a la brasa. Los gigantes me advirtieron que los grupos estaban por zarpar camino al cementerio Presbítero Maestro, así que acelere el paso (porque solo los atletas y los desesperados corren).
La cola era inmensa, era de un tres personas de ancho y de una cuadra de largo, al llegar al final de la fila todos lo que me precedían voltearon a observar… que bicho raro, viene a un paseo al cementerio solo, sin amigos, sin amigas, sin enamorada, sin enamorado, sin su mama, sin su papa, sin su hermano, sin su hermana. Será que el limeño esta acostumbrado a realizar cualquier tipo de actividad en grupo (a excepción del onanismo… y hasta esta actividad puede tener una excepción con relación a su usual práctica individual). Yo me estaba acostumbrando a realizar las cosas más grupales solo. Almorzaba solo, iba de compras solo, veía películas solo, salía solo... y otras cosas mas. Pero nunca esta demás tener algo de compañía para reírse o discutir un rato, razón por la cual mis dientes rechinaron el nombre de Marisol. Para ser sinceros… por un momento todas esas miradas de “¡QUE LOSER!” eran las que me hacían refunfuñar.
-Oe ¿donde estás? Ya llegaron los carros- La llame con el afán de no parecer un loquito solitario que va al cementerio por las noches.
-Llego en quince minutos- lo que significaba media hora a cuarenta minutos más.
La cola empezó a avanzar, y los buses a llenarse, decidí esperar al cuarto y último bus, tenia fe en que los quince minutos de Marisol fueran reales. Pero llegado el momento, la voz del guía pidiendo prisa y orden me obligo a subir al último carro. Ya en ese punto me dejo de importar ir solo, cogí un asiento al lado de la ventana, saque mi cuaderno de apuntes, y empecé a escribir.
Luego de un rato sentí un pequeño temblor en mi asiento, levante y giré la mirada, una zanquilarga rubia se había sentado a mi lado, con el teléfono en la mano intentaba comunicarse con alguien, al parecer no era el único candido que estaba en el viaje solo a causa de la hora Cabana. La mujer de la blonda cabellera no era de aquí, al parecer era alemana. Entre los balbuceos de español pude reconocer el problema, al parecer sus amigos no habían alcanzado el bus y estaban tomando un taxi para llegar al cementerio, y la germana estaba intentando decirles la dirección. El problema era que ninguno de sus amigos al parecer hablaba español, y la única palabra que el taxista sabia en ingles era “hello”, palabra que usaba incluso para despedirse.
Seguí prestándole atención a mi cuaderno hasta que la rubia se paro y se apoyo en el respaldar del asiento que estaba al frente, dejando relucir su perfecto abdomen y su tatuaje, era como una torta cubierta enteramente de chantillí con un pequeña choco fresa… esa es la analogía para su tonificado abdomen y la mancha en el lado inferior derecho, el tatuaje era un kanji.
- ahhh… i can talk with the taxi driver and tell him where to go… if you want- al fin estaba usando mi ingles de instituto.
- ¿Really? Awesome… take it- … que confiada.
- Maestro, al cementerio Presbítero Maestro…. ¿Como no va a conocer?… donde vive, en arequipa y viene a taxear acá…. ya mire esta en el jirón Ancash.... al frente del cementerio el ángel… ¿nunca ha enterrado a nadie?.... ya….- colgué el teléfono y se lo de a la rubia - ok… your buddies are on their way to the graveyard… i hope so...-
-Thanks a lot- miró su celular y yo regrese a mi cuaderno. La rubia levanto la mirada y volvió a agradecer en ingles, yo atine solo a levantar la cabeza mirarla y soltar una sonrisa a medias y regresar la mirada al cuaderno.
El carro comenzó a avanzar y a los minutos mi móvil sonó: -Hey ¿Cuál es la dirección del cementerio?- Marisol recién había llegado al centro.
- pues dile al taxista que te lleve al cementerio Presbítero Maestro, al frente del cementerio el Ángel, en Ancash.
- ¿No hay problema si llego por mi cuenta no?- Pregunto Marisol.
- Pues no… siempre y cuando llegues a tiempo- la llamada se cortó. Mientras seguía tomando notas, no pude evitar ver el letrero en la pantalla protectora detrás del conductor, este decía:
“PROHIBIDO INGERIR CUALQUIER TIPO DE ALIMENTO DENTRO DEL OMNIBUS (HAMBURGUESAS, HELADOS, CEBICHES, GASEOSAS, ETC.)”.
Me parecía normal ver gente subir al bus con un sándwich (o una hamburguesa), con una gaseosa o un helado… ¿pero con un cebiche? No me imaginaba a alguien subiendo con un plato de cebiche mixto, ventilándose la boca con la mano, y luego inclinando el plato para terminar con la leche de tigre. Si alguien puede subir con un cebiche al bus, porque no también subir con unos choritos a la chalaca, con un tiradito, con un arroz con marisco, un poco de comida novo andina para los mas sofisticados (en un taper para los no tan sofisticados). No pude evitar reírme al imaginarme a alguien comiendo cebiche a mi lado.
El centro de Lima parecía zona de guerra. Entre la construcción de la central del sistema de buses de Lima Metropolitana y las reparaciones para el APEC, el paso en ruedas se hacia cada vez mas trabajoso. Teniendo en cuenta que el tráfico del centro a cierta hora es un pandemonio y lo estrechas que son las calles de este, la idea de hacer reparaciones y construcciones al unísono no había sido la mejor decisión del Alcalde Luis Castañeda. Algunas personas hasta el día de hoy se aventuran a decir que la destrucción masiva (ya que no solo era en el centro de Lima, si no en muchos distritos, lo que causaba un malestar colectivo) era producto de una trampa para hacer que la popularidad de Castañeda bajara antes de las elecciones presidenciales, supongo que los resultados de la susodicha jugarreta se vera en los próximos comicios presidenciales, donde todos los candidatos tienden a sacarse los trapos, la ropa, las cortinas y las sabanas al aire.
La Plaza Mayor en verdad era el centro, el corazón del centro, su majestuosidad solo era comparada a la cantidad de turistas flirteando con los bricheros reposando en las bancas, cual plato a la carta. La gente esta reunida frente a un escenario con una enorme R, la tienda por departamentos Ripley se encontraba haciendo una campaña, los famosos días R de Ripley, y los limeños, que aprovechamos cualquier evento (si es gratuito mejor) para salir de casa, parecían groupies esperando a su banda favorita a los pies del escenario. Los escalones de la entrada de La Catredal estaban repletos de parejas, algunos mirando la Plaza, otros dando rienda suelta a sus pasiones, otros comiendo algún manjar criollo. Quien pensaría que un símbolo de opresión al amor causaría una imagen tan romántica hoy en día.
Mientras mas avanzábamos en dirección al cementerio, mas oscuras se volvían las calles, la pobre iluminación convertía a las zonas próximas a este en nidos del hampa. Me percate de la cercanía del cementerio cuando los puestos de venta de flores se hacían cada vez más abundantes. Me parecía raro que a las ocho de la noche, estos puestitos siguieran abiertos, ¿Quién sería capaz de ir a uno de los dos cementerios en la noche, comprar un ramo de flores y dejarlas?
Las señoras conversaban muy alegremente, el hecho de tener a sus espaldas a miles de muertos, miles de recuerdos dolorosos, y miles de almas vivas paradas al frente de un frío (bueno depende de la temporada) cadáver no les afectaba en lo absoluto. Les convenía que la costumbre de visitar cuerpos en estado de putrefacción no desapareciera ya que esto les daba de comer, comenzaba a ver como la muerte no necesariamente era dolor y pena, si no también una salida para muchos.
Yo había perdido, hace mucho tiempo, la costumbre de visitar a mis antecesores y conocidos. La verdad nunca gané la costumbre, solo iba porque mi tía, mi tío o la familia de mi padre me llevaba a ver su tumba. Pero conforme fue creciendo y ganando libre albedrío, me pareció cada vez más irrisorio ir los domingos en la mañana a visitar un cuerpo, en señal de respeto… o en señal de cualquier cosa. No encontraba sentido en pararme a hablarle a un nicho, ¿había diferencia en intentar hablar con mi padre en el cementerio, en una iglesia ó en mi cama?, ¿acaso el espíritu de mi padre iba a estar los domingos en la mañana en el cementerio o en la iglesia?, esa misma ideología me llevo a dejar de ir a la iglesia, en un principio, de ahí vinieron otras razones que la reforzaron.
El carro se detuvo y empezamos a bajar del bus, la rubia se levanto y se despidió tan rápido que no me dio tiempo de corresponderle oralmente.
La oscuridad producto de la paupérrima iluminación de la calle le daba un plus a la entrada del parque temático llamado “noches de luna llena”. Era la segunda vez que estaba parado de noche en la puerta del cementerio. Durante la primera visita no hubo tanta algarabía y alboroto, pero en esta visita, el número de gente esperando a entrar superaba fácilmente al número de gente en tres discotecas celebrando Halloween o el día de la Canción Criolla. De nuevo me abstraje por un segundo pensando en lo lucrativo que era la muerte; floristas, funerarias, excursiones, transportes, comida, arte, la lista de beneficiados podría seguir… ¿INC?. Sin dudas la muerte fue, es y siempre será un buen negocio, siempre y cuando tú no seas objeto del negocio.
Al entrar solo dirigí mi mirada hacia un objeto, era imposible no hacerlo, por mas que visitaras todos los días el panteón. El monumento a Matías Maestro. Cuatro pilares y una cúpula cubriendo un sólido cuerpo reposando por toda la eternidad (o hasta que se lo roben). Si bien existían dentro del cementerio, mausoleos mucho más majestuosos y tumbas desoladoras pero hermosas, para mis ojos no había, en ese lugar, una representación mas clara de las cualidades que yo mas admiro en la mayoría de cosas, simpleza y belleza.
Me abrí camino entre la muchedumbre hasta estar cerca. La única iluminación provenía de las cámaras de video, los flashes y las linternas. Saque de mi morral una linterna y un cigarro, ya había pasado mas de media hora sin nicotina lo que causaba ligeros síntomas de desesperación. Siempre he dicho, si he de morir, será de cáncer pulmonar (o de algún otro de los miles de deterioros que causa el cigarro), y lo más posible es que pase antes de los cincuenta. Muchas veces ruego porque en verdad sea así, no me imagino hecho un anciano, haciendo la vida imposible o más complicada a mis supuestos seres queridos.
La primera preocupación y dicha del hombre, el fuego, se había convertida en la mía. Hubiera sido útil un decorado con teas para estos pequeños imprevistos. Busque entre la multitud a alguien con el mismo vicio, alguien dispuesto a terminar dentro de unos años en el cementerio contiguo o uno en las afueras de Lima. Y encontré a mi lado a uno, me acerque y puse mi dedo sobre su hombro. El individuo dio un sobresalto quedando en el medio de su círculo de amigos y volteo para ver que era lo que había tocado su hombro. Luego de quedarme mirándolo y soltar una pequeña risa, le hice la pregunta:
- ¿me prestas tu cigarro, por favor?-
- ¿ahh? ¡ahhhhhh! Claro, toma, pucha me asuste- era simpático el chico, y sus amigos también, pero no pude evitar reírme mas, no de la situación, si no de su candidez (o de manera menos cortes, de su idiotez).
Con mi cigarro encendido me dispuse a escuchar la presentación de la visita, no sin antes darle una llamada a Marisol para ver a cuantas horas estaba del cementerio.
- Estoy en la puerta ¿Dónde estás?... ya.
Retrocedí hasta salir del cúmulo de gente reunida alrededor del monumento. Me pare frente a una tumba muy grande, que daba la entrada a una de las cuatro esquinas que convergían en el centro. Levante la mirada para ver quien era el difunto y tuve el grato placer de conocer (lastimosamente no en vida) al autor de las Tradiciones Peruanas y los Marañones, Ricardo Palma.
De entre sus tradiciones, recuerdo mucho una, El Caballo de Santiago Apóstol, en la que Marcos Saravia, un militar de caballería que en vísperas de la batalla de Chupas y conociendo la fama de los seguidores de Almagro el Mozo, victima del miedo hace formal la promesa al apóstol Santiago de regalarle su caballo si salía con vida del combate. Y esta era una promesa muy costosa ya que esos tiempos el gobierno no proveía al jinete de caballo, este lo tenía que comprar y el precio de estos no era barato, igual que hoy en día. Y así el buen Marcos Saravia libra de la batalla, sin un solo rasguño.
Así que al siguiente día se dispuso a hacer efectiva la promesa, pero le costaba trabajo pensar en convertirse en infante y tener que hacer toda la campaña a bota, así que le hace una proposición al Santo, cuya efigie se encontraba delante de el. Le propone pagar lo equivalente al caballo en oro, así que saca cuatrocientos pesos y los pone en el altar, dejando fe de que es buen pagador. Pero el Apóstol Santiago lo toma como una trampa, ya que todos sabían que lo menos que valía un caballo era el doble, y era demasiada pendejada ponerse a regatear sobre el precio de un caballo con alguien tan entendido de estos, tanto así que nadie lo había visto de pie, sino siempre sobre su corcel.
Al salir de la iglesia Marcos se sube en el caballo, pero el animal, terco como su primo (característica impropia de este animal dicho sea de paso, ya que siempre solía ser manso y obediente), decide no dar paso. No era posible que el caballo de un día para otro cambie de humor, para marcos solo podía ser obra del santo. Saravia decide regresar al altar y le dice al santo:
-¡Ah picaronazo! No hay quien te la juegue- frase que personalmente me dio muchísima risa, me imaginaba entrando a la iglesia mas cercana, acercándome al Cristo crucificado y diciendo: ¡Ah Pendejaso! Tu si no te chupas el dedo ¿no?
Saco mas monedas y puso sobre el altar una cantidad igual a la previamente dejada. Cabalgo nuevamente sobre su animal, y este volvió a ser la mansa paloma… o equino de siempre. El soldado miro de nuevo la iglesia y murmurando el siguiente verso siguió su camino:
“Santiago, Patrón de España,
No eres santo de cucaña ni de paja.
Accedes a hacer favores;
Mas tus caballos peores
Nos los vendes sin rebaja.”
De pronto, entre la multitud logro reconocer un rostro familiar, una mujer alta y delgada, vestida de sastre. Era “la ardilla”, lo único familiar en ella era el rostro, ya que nunca llegue a conocerla bien en los seis años que estuve en la universidad. A diferencia de mí, ella era casi una abogada, al menos eso parecía:
-Hamster, ¿que haces acá?-
-Pues lo mismo que tu-
-Sigues con tu cresta, ¿y que, has venido solo?- hizo un gesto de rareza.
-pues no, vine con una amiga que aún no llega- en ese preciso momento sonó el teléfono y antes que pudiera contestar, Marisol apareció a mi lado.
-Bien puntual, ¿a que hora saliste de tu casa para llegar a las seis y media en el lugar en donde quedamos?- tenía curiosidad. Yo era tardón, pero ella ya ostentaba la famosa hora “Villaorduña”, entre dos o tres horas mas tarde que la hora Cabana.
-Mmmmm- con una expresión de vergüenza infantil junto los dedos a la altura del pecho- a las seis.
-Ahhh ya, y pensabas llegar en media hora al centro de Lima, con el tráfico en hora punta… ¡eres la cagada!- solté una risa para que supiera que no la estaba recriminando, si no, burlándome con ella… bueno de ella (aunque yo fui el torombolo que espero casi una hora).
No me había percatado, pero con ella había llegado una pareja. Por el trato que se tenían supuse la relación, pero en verdad eran primos… bueno ya conozco historias así, por lo que preferí no hacer pie de página en el asunto.
Antes de comenzar a caminar por las calles del cementerio, el anfitrión tomó el micrófono y dio la bienvenida a todos los presentes, “BIENVENIDOS A LAS NOCHES DE LUNA LLENA” (aunque luna llena no había, y si había, no era visible). El recorrido tuvo como preámbulo una presentación musical, un vals criollo cuya lírica era digna de la locación:
“…Sacarte del sepulcro…
Después de verte hecha festín de los gusanos
reírme a carcajadas de tu orgullo…”
Mientras escuchaba atentamente el vals, Marisol se comenzó a adentrar entre los nichos, así que decidí darle el alcance. Mientras me alejaba escuché al anfitrión hablar de Clemente De Althaus quien amaba la guerra por la guerra misma, ¿por que otra razón alguien amaría la guerra?... bueno por el dinero, pero eso se ha convertido hoy en día en parte de la guerra, así que da lo mismo amar la guerra por el dinero que por la guerra, a menos que sea un simple soldado que aún cree en la defensa de la soberanía nacional y no un empresario que puede obtener bonos de muchos ceros por vender vehículos.
Lo que me trajo a la mente el famoso Mausoleo de los Héroes, hombres que amaban y odiaban la guerra… todos en un solo lugar, al fin y al cabo, no importa quien seas, ni en donde te entierren, o si fuiste bueno o perverso, la muerte les llega a todos. Es en lo único en que no podemos aludir diferencias de raza, sexo, credo, o políticas, todos morimos, todos volvemos a la tierra, algunos mucho mas rápido que otros.
Y si pues… los mas ricos tienen mausoleos y los menos ricos tienen fosas en un cerro, pero eso no importa, todos lo sabemos… incluso los que creen mucho en la adoración al cadáver.
-Oe, ¿Dónde te has metido?- llame a Marisol, a quién no encontraba entre tantos nombres- estoy con tus patas.
-ahh estoy… bueno por ahí, ¿Donde están ustedes?... nos encontramos en el monumento a Matías Maestro.
Luego de encontrarnos, dimos un paseo en búsqueda de algo que pueda asustarnos, cosa que no sucedió, al parecer entre tantos vivos, los muertos prefieren no llamar la atención. Y vimos así muchos nombres que solo veías en los libros del colegio; a José Santos Chocano, quien duerme eternamente de pie, a Mariategui, cuya lapida es nada menos que una enorme roca piramidal, a Felipe Pinglo, cuya lapida esta adornada con un pentagrama musical. Sobre este último cabe relatar que no siempre se supo de esta ornamenta sepulcral, hasta que en una visita guiada, Javier Echecopar, quien había hecho una presentación previa, se percato de este singular arreglo, una reja de cinco líneas que cercaba la lápida, y en esas cinco líneas, notas musicales. Por supuesto que muchos se habían percatado de las notas musicales, pero fue tomado como una ornamenta común, notas musicales para un músico.
Pero Echecopar se dio cuenta que el meticuloso trabajo metálico era más que una simple reja. Empezó a traducir las notas del pentagrama silbando y grande fue el asombro de todos, cuando entre los silbos se reconocía las primeras notas de El Plebeyo, la obra maestra de Pinglo. Era la segunda vez que estaba sobre esa tumba, y era la que mas me gustaba.
Quise por un momento buscar el nicho que contenía los restos de mi antepasado Max Kabsther Soto, pero a diferencia de mi hermano, no tengo facilidad para pasearme entre los nichos y encontrar los restos de todos mis familiares, y como que los cuerpos no están enterrados en orden alfabético o numérico como para usar la lógica. Aún así me parecía divertido mostrarle a Marisol que en el Presbítero había un Kabsther.
De regreso a la puerta principal, el ángel de la desolación descansaba eternamente, vigilando la tierra en la que descansa el cuerpo de cuyo nombre en estos momentos no recuerdo. El ensayo de la obra de teatro Don Juan Tenorio estaba a la mitad. Se había hecho usual que en octubre se pusiera en escena esta obra, tomando como anfiteatro las calles del cementerio.
En la zona de los niños, los monumentos generalmente tienen pequeños ángeles, y coronas de rosas, estas se suelen encontrar de cabeza simbolizando la muerte y la resurrección.
-No estuvo tan divertido- Dijo Marisol. La verdad no lo estuvo, luego de que visitas el cementerio unas cuantas veces y ya te sabes las historias a relatar, pues como que no hay mucho mas que hacer… y a los que esperan que los muertos se levanten de sus tumbas o ver apariciones fantasmagóricas levitando, pues mas probabilidades tienen de verlas en la casa embrujada de su respectivo barrio.
-Si pues, Mucha gente además, cuando yo fui en el cementerio solo habían treinta o cuarenta personas, hoy he visto al entrar mas de cincuenta, sin contar los que ya estaban adentro.
Luego de que el taxi la dejo lo más cerca de su casa y prosiguió su ruta a la mía, el taxista empezó a hablar:
-¿Tu flaquita?- negué con la cabeza -¿tons tu agarre ó te la quieres agarrar?-
-Nada que ver, es una amiga.
-ahhh, por la forma en que se trataban, pensé, “si este huevón es su gil o se la quiere gilear… esta mas perdido que surfer en Bolivia”-
-Jajaja- en verdad no causaba gracia, pero entendía al tío, era de esa época en que el hombre era un verdadero chauvinista, y la verdad no era un ejemplo a seguir… no por ser un “ex pendejo”, si no por lo estúpido que fue plus de ser pendejo. Entre líneas me contó que de joven el ganó mucho dinero trabajando en una empresa, tenia plata para hacer lo que quería, dentro de la modesta vida limeña, asi que comenzó a salir todas la noches, a fornicar con cuanta meretriz se le presentaba y a despilfarrar el dinero en casino que pisaba. No tardo en dejar en cinta a una chica (que luego se convirtió en su esposa), dejar su billetera en déficit y perder su trabajo debido a sus faltas. –Pues no, ni es mi flaca, ni me la quiero gilear, es una buena amiga-
-Pero ¿nunca te ha dado por hacer algo con ella?, porque no está mal la flaquita-
-La verdad… No, por eso es una buena amiga, porque no tengo ganas de comérmela… aunque al principio si me vacilaba un toque, pero cuando la conocí mejor me di cuenta de muchas huevadas de ella que me revientan, y se que no la aguantaría dentro de una relación. Y es lo mismo conmigo, yo se que tengo huevadas que a ella fácil le llegan demasiado… a parte, y por último, tiene enamorado y yo no estoy dispuesto a jugar a las triadas… otra vez.
-Ahh tons esta bien, sean buenos amigos-
-Tan buenos amigos somos, que yo se la estoy poniendo a un amigo, que si se muere por ella, y ella lo único que hace es aprovechar el interés de mi pata para salir con el, ya que el novio esta fuera, o sea que cuando esta aburrida, no falta mi pata que la llama y la invita a salir y listo… fin de semana asegurado-
-Ahhh entonces no es tan pan de Dios como aparenta- acotó el taxista.
-Jajaja… no… ella ES LA MUERTE-
Bryan Kabsther
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