domingo 31 de mayo de 2009

¿Por qué me dueles tanto?


Por Fred Borbor

¿Por qué eres tan simple?
¿Por qué eres demasiado?

¿Por qué eres tan suave?
¿Por qué me quemas fuerte?

¿Por qué eres mi todo?
¿Por qué me vuelves nada?

¿Por qué eres tormento?
¿Por qué eres mi calma?

¿Por qué eres tú?
¿Por qué no hay otra?

¿Por qué tu hablar hiriente?
¿Por qué tu cruel silencio?

¿Por qué tu gran distancia?
¿Por qué tu vil presencia?

¿Por qué tus cartas duras?
¿Por qué no me escribes?

¿Por qué te siento aquí dentro
tan perenne y solidificada
como un abismo transportador
que me aleja de mi realidad
mientras creo que por fin
estoy siendo feliz y que tal vez
puedo arrancarte de mi corazón?

¿Por qué me dueles tanto?
¿Por qué me gustas mucho?

¿Por qué me desesperas?
¿Por qué me tranquilizas?
¿Por qué me sacias?
¿Por qué aún te deseo?
¿Por qué quise encontrarte?
¿Por qué no quiero perderte?

¿Por qué te encontré?
¿Por qué te pierdo siempre?

¿Por qué quiero olvidarte?
¿Por qué no puedo hacerlo?

¿Por qué quiero verte?
¿Por qué no debo hacerlo?

¿Por qué te quiero lejos?
¿Por qué te extraño tanto?

¿Por qué no sólo te quiero?
¿Por qué no sólo te amo?
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Retrato


Por Glaucos
La mirada cae como frágil lluvia
entre dos ojos que intentan…
sólo intentan.

Las manos temblorosas
cubiertas de frío y sudor
en siniestra conjunción.

El cabello revuelto, desordenado,
pasto de un jardín ya abandonado
donde se soñaba de pie
o a la sombra de un árbol.

Los labios inmóviles
lanzan impenetrables vacíos,
mientras veneran al silencio.

Por dentro,
el caer
sin caer del todo… nunca.
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sábado 30 de mayo de 2009

Anhelos reflejados


por Bryan Kabsther


Detesto mirarte todas las mañanas,
cruzar el umbral de mi habitación,
entrar en la tuya, pararme ante ti,
y oír lo mismo una y otra vez.

Maldito seas por no tener reparo en criticarme,
por no saber mentir,
tan solo deprimirme cuando busco
mas de ese amor adictivo en tus brazos.

Pero no puedo dejar de hacerlo,
no puedo abandonar tu parnaso.

Amo que muestres mis más profundos deseos,
que reflejes esas marcas de locura,
en mi pecho,
en mis brazos,
en mi abdomen.

Amo llegar a ese estado de falso hedonismo
en el que te desnudas y me tomas,
con ese pecho marcado,
con esos brazos falsamente fornidos,
con ese abdomen imaginariamente endurecido.

Pero cuando miro tus frías proporciones
y me percato de tu banalidad, te vuelvo a odiar.

Porque sé que cuando vuelva a despertarme
veré tu hermoso y tosco cuerpo otra vez,
me harás el amor como solo tu sabes hacerlo,
y nuevamente veré reflejado mis deseos en ti.,
y volverás a deprimirme con tu nula habilidad para mentir.
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jueves 28 de mayo de 2009

Memorias de un mongo (Parte I: Dibujos que aburren)


por Bryan Kabsther


-¿Dónde dejé la maldita llave?- me pregunte mientras apreciaba los resultados del tornado que había azotado mi habitación.

-¡Aquí estas hija de puta!- en el bolsillo de mi short. El orden nunca había sido un virtud (y por ende menos un hábito) en mi vida.

El reloj marcó las seis y había quedado con Claudia a las cinco y media. La hora no era mi preocupación en ese momento tomando en cuenta que era la primera y última vez que aceptaba salir con ella oficialmente. Salí y en el taxi recibí una llamada, era Claudia:

- Oye ¿Dónde estas?-
- Pues, en camino, el tráfico es una cagada… hora punta tu sabes-
de mi casa a Miraflores no había mucho tráfico, de hecho, caminando llegaba en treinta minutos y en carro con tráfico en quince.
-Bueno, no te demores mucho ¿OK?- no mi intención era esa exactamente, hacerla esperar. No solía ser tan tardón, especialmente en estas situaciones, solía llegar media hora antes y no me importaba esperar una hora mas. Pero ella era la excepción, no solo tenia la intención de llegar tarde, si no también un desden gigante por verme con ella.
- No, llego en 10 minutos, no te preocupes. Más bien disculpa por la tardanza.-
- Está bien, no te preocupes-

Salir con Claudia (o aceptar salir con ella) no era algo que me entusiasmara mucho, como ya mencione o di a entender; todo esto debido a muchos de sus factores actitudinales. La conocí en el teatro en la primera obra en la que trabaje fuera de las clases, a manera de amateur se podría decir. Cuando llegue al primer día de ensayo ella estaba sentada con un niño de no mas de doce años, riéndose y conversando como si fueran amigos de tiempo, razón por la cual le puse quince años de edad a lo mucho, a pesar de su estatura.

Me senté en una de las butacas, lejos de ellos (típico de mí) y me puse a jugar con mi celular. Y no hubo contacto verbal hasta la mitad del ensayo, en el que ella y el niño se encontraban detrás de la cortina. Salí de escena y me senté en el suelo, justo al frente de ellos:

-te van a matar- el niño soltó la burla ya que en la escena precedente a mi me sacaban esposado y en camino a la prisión, con pena de degollamiento.
- Siempre muero, ya se ha vuelto una costumbre- le esbocé una sonrisa sarcástica al muchacho.
- ¿Qué, ya has trabajado en otras obras?- Pregunto Claudia con su voz chillona, como la de la niña sabelotodo del salón.
- en dos, una en básico, y otra en intermedio. En ambas mi personaje moría- a veces me preguntaba porque me tocaban los personajes buenos (axiológicamente hablando). Debe ser una mezcla entre mi cara de candido y mi bajo nivel histriónico.
- ah… pero en esta no mueres, solo te encierran un rato- luego, Claudia y yo tuvimos un momento a solas, mientras esperaba en las cejas del escenario, en la que me arranco mas de una sonrisa molestándome; como bien dijo (y no solo ella), soy muy jodible.

Luego de una hora más de ensayo, como era costumbre, me disponía a salir del teatro y caminar hasta mi casa. Me pare en la entrada para prender un cigarro cuando escuche a alguien que me llamaba:

- ¡Bryan!, oye ¿fumas?-
- Pueees-
ya con el cigarro encendido en la boca –creo que si-
- Que mal, estas actuando, no deberías fumar-
- No debería hacer muchas cosas, pero las hago-
solté una risa a destiempo, para darle a entender a manera tardía que era una broma.
- ay, bueno… y ¿te vas a tu casa?-
- sep-
ya sabía que más venía.
- y ¿qué camino tomas?-
- pues, todos los caminos llevan a mi casa-

Y así me convenció de dar una caminata por la avenida Arequipa como quien espera a que llegue su carro. Pasada una hora y habiendo caminado mas 20 cuadras me di cuenta de lo monótono que era mantener una conversación con Claudia a pesar de ser una estudiante de publicidad y estar en el teatro.

De lo único que al parecer podía conversar era de dibujos japoneses, los famosos animes; el 80% de la caminata se había vuelto un monólogo sobre “Full Metal Alchemist”, “Inuyasha” y una interminable lista de títulos impronunciables.

Era una Otaku (a mi entender, así es como se les denomina los fanáticos acérrimos del anime) y una de las grandes ligas, a la segunda cuadra me había percatado de eso, por lo que trate salomónicamente de conversar con ella por un momento sobre anime. Me di cuenta a la quinta cuadra no solo que hablar de personajes con exageraciones oculares era sumamente aburrido, sino también que mis conocimientos sobre estos se había quedado en los años 90 con los Caballeros del Zodiaco (Saint Seiya) y Dragon Ball Z.

Tratando de seguir con el comportamiento diplomático insinué que mis conocimientos sobre el tema habían llegado hasta ese punto e intente sacar a flote otros temas que iban desde teatro hasta su misma carrera. Pero todo intento era inútil, todos los caminos llevaban al mismo tema… ¡malditas caricaturas orientales!, el único personaje animado que siempre ha robado mi atención es Batman, y en especial su archinémesis el Guasón. En un momento de abstracción mientras Claudia hablaba sin detenerse pensé “Mierda… ¿por qué no se tropieza y se fractura la quijada?… ¿me harías ese gran favor?”.

Ya casi llegando a la avenida Angamos, y con un Plaza vea al lado, no se me ocurrió nada mejor que entrar a comer algo y de esa manera ver si con la boca llena me otorgaba un minuto para hablar de otra cosa; mas tarde me di cuenta que esa idea no había sido la mejor.

En la sección de galletas, la simple búsqueda de un aperitivo se había vuelto para ella la locura, mientras yo buscaba algo ligero debido a mi seudo dogma alimenticio, ella ya tenia en los brazos un paquete de seis Morochas, uno de Choco Donuts y mas adelante jaló dos bolsas de Doritos. Para mis 23 años y mi ya mencionada alimentación eso era equivalente inyectarme azúcar y grasas saturadas como si fuera suero, pero que podía hacer o decir más que “bueno vale, pero vayamos por algo de beber”.

Caminando con las botellas de jugo trate de analizarla físicamente, analizar su vestimenta, su rostro; tenía unos jeans ajustados que no tocaban sus medias, zapatillas deportivas viejas, de esas que utilizan para correr y un polo negro con una imagen de “Naruto”; con eso, mas ó menos tenia una idea de cómo era. Físicamente estaba subida de peso, si bien era facialmente agraciada, el acne que le causaba comer tanta comida chatarra le quitaba muchos puntos y su cola de caballo no ayudaba mucho. Dadas estas pistas, había llegado a la tardía conclusión, estaba al lado de una niña de 20 años.

Una vez en la caja saqué la billetera para pagar el 50% de toda la marranada que ELLA estaba a punto de ingerir. Por supuesto pensé que luego de haber cogido casi veinte soles en golosinas y chatarra iba a colaborar con el pago de la cuenta. Pero no, avanzó para coger las bolsas y me dejo en la caja. “Que carajos, ¿ó yo soy realmente un mongolito o en verdad no sabe como funcionan las cosas?, me aguante las ganas (como siempre) y pagué todo.

Ya sentados, tomé un paquete de galletas y una botella de jugo, mientras comía lentamente para tratar de generar una conversación observé como Claudia engullía todo y por primera vez en la improvisada “velada” había dejado de hablar.

Pero como dice la ley número uno de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá”, y así fue, la cosa se puso mas turbia. Para seguir conversando con Claudia le comente sobre mi carrera y el hecho de tener una familia entera de abogados, llegando a bromear con el hecho de no tener miedo si es que me arrestan para sacarme plata, vamos… que comisaría no se asustaría con ver entrar una firma entera de abogados, y todos con el mismo apellido… y con la misma sangre.

Y todo iba bien, las risas fluían, mi sarcasmo y mi auto burla al fin daban resultado, había logrado calmar a esa bestia, al menos eso pensaba hasta que dejo de comer para hablar de su familia. Comenzó contándome sobre su dura infancia y como sus padres habían demostrado desde muy niña que ella no era mas que un accidente, siguió con su vida diaria con sus abuelos paternos y termino con algo que me dejo boquiabierto, una frase que le dirigió su madre una navidad, la última vez que la vio para entregarle algo de dinero, “eres un error por el que sigo pagando”.

Luego de esa frase me quede helado. Entenderán que para alguien que acepta su “mamitis aguda” la sola impresión de una madre que pueda ser una real hija de puta, como esta señora, me deja atónito. Pero mas gélido me dejo el hecho de contarle a alguien que recién conoce, de hecho que ni si quiera conoce, cosas tan fuertes como tus traumas infantiles. Podré parecer basura, pero definitivamente no me parecía atinado mencionarme eso (comenzando porque no me interesaba). Y así me quede respondiendo a todo lo que me contaba con un “manya”, “wow”, “puuuuta”, definitivamente esto no era lo que esperaba cuando me reía con ella en el teatro.

Le cena terminó, y el llamado de la naturaleza era inevitable. Una vez fuera del baño la esperé en al final de la escalera que desembocaba en los dos servicios higiénicos, tomó su tiempo, pero luego de un rato salió. Lo que vino no me lo esperaba, de repente bajo corriendo las escaleras, dio un salto en el último escalón, se deslizo y se estrello contra mí, quedando a unos centímetros de mi rostro, a unos centímetros de su boca y en lugar de reincorporarse se quedó ahí, estática; era como el consejo de “Hitch” a la inversa, ella avanzó el 90% y esperaba que yo de ese 10%.

Ahora, muchos podrán estar diciendo “Dios mío, que marica es este tipo”, pero exhorto a la lógica por encima del libido; ¿era prudente buscar un one night stand con una persona con estas características psicológicas (y porque no, biotípicas también)? Habrá muchos que dirán, “pero claro”, “hueco es hueco”, “que chucha, al menos la haces”, pero créanme queridos criptozoólogos, que yo no sigo esas tendencias.

Así que con una sonrisa fingida, dando a entender un “que paso, que paso, vamos ahí”, Salí del arrinconamiento y dije “te resbalaste, ¿eh?, hay que tener cuidado”. Luego del incidente la acompañe al paradero, esta vez a que tome su carro de una vez, lo mas rápido posible. En el paradero trataba de convencerme de tocar la guitarra para el Otaku fest en el que ella iba a participar y me dije a mi mismo “lo único que falta, el centro de convenciones María Angola repleto de 5000 Claudias… ni drogado”, pero antes de poder darle una respuesta, se percato de que su carro llegaba y antes de levantar la mano me abrazo, dándome las gracias por haberla escuchado, por comprenderla y por brindarle una tarde divertida; sin tan solo hubiera sido mutuo.

Llegue a la cafetería con 20 minutos de retraso, Claudia estaba sentada esperando sin un solo café en la mesa, por lo visto esta última velada también la iba a pagar yo.

- Hola- saludó con una tonalidad juguetona, implicaba que no estaba amarga o que se lo estaba aguantando.
- Hey, disculpa la demora, tú sabes el tráfico-
- Normal, no hay problema, pero ya hablemos, ¿como vamos a hacer con el fest?, mira yo quiero tocar Kazemachi Jet, pero como a ti te gusto la canción de Full Metal Alchemist…-
y comenzaba de nuevo con el mismo track, no soportaba mas; había aceptado reunirme con ella para aclarar que no iba a participar en el Otaku fest, no porque no me pueda gustar y sacar su maldito Kazemachi Jet, si no porque durante la semana me explicó que tenia que disfrazarme, salir temprano de la obra en la que trabajaba, y pagar mi entrada de treinta soles. Era increíble, o sea de cereza en la torta, no solo tenía que pagar un disfraz para tocar ante un extenso grupo de “infantisaurios” si no también pagar mi propia entrada para hacerle el favor.
- Esteee, sabes Claudia, hay un pequeño problema, a ver si me dejas hablar un momento. No pienso disfrazarme de ningún dibujo, ya tengo suficiente con disfrazarme del flautista de Hamellin para la obra; dos, no pienso restarle importancia a la obra, eso implica salir temprano o llegar un poquito tarde por estar en un lugar donde no me interesa estar; y tercero, no pienso pagar treinta soles para tocar una canción que no me gusta, en un lugar que detesto y rodeado de… – en ese momento me di cuenta que me estaba pasando de mal educado- … rodeado de un grupo socio cultural al que no pertenezco.
- Pero, pucha yo pensaba, pero mira si – y siguió, daba soluciones a ecuaciones inexistentes, no entendía que yo no iba a hacerle ningún favor -y a parte luego del fest podemos ir por ahí a pasear-
- no, no voy a ir a ese evento, lo siento pero sinceramente no me gusta eso-
se quedo pensativa un momento, del estado de pensador cambio a una especie de puchero disimulado- se que a ti te emocionan esas cosas, pero a mi no me gusta nada de eso y espero que entiendas.
- Pensé que te caía bien, que te gustaba-
su puchero se hacia mas notorio. En eso instante sonó mi celular, el nombre Marisol apareció en la pantalla y no dude un segundo en contestar.
- un toque… dime-
- Oye, ¿van a ensayar mañana?-
y Marisol fue la oportunidad perfecta para escapar de esta situación.
- Si… ya, estoy yendo para allá-
- ¿Ah?, ¿a dónde?, ¿de qué hablas?, ¿va a haber ensayo ó no?-
- Si, como siempre, nos vemos ahí-
colgué el teléfono.

De vuelta en la mesa, mire a Claudia y ella miraba su celular aunque en verdad miraba la mesa.

- Hey, me tengo que ir, disculpa por no ayudarte- preferí no hacer acotación sobre su último comentario- nos vemos en el teatro.

Fui hasta la caja, pague los dos cafés, cuando regresé ella seguía sentada:

-¿Te quedas?- al parecer no tenia intención de salir de su asiento, pero me pareció prudente (luego de lo totalmente imprudente que estaba siendo) preguntar.
-Aún no termino mi café, y tu tampoco el tuyo- cogí mis cosas con una expresión de prisa.
- Tómatelo, bye-

Salí del café, y tome el primer taxi que se acerco a la esquina. En el carro prendí un cigarro, me coloque mis audífonos y puse “3 Libras” de A Perfect Circle. No quise ayudarla, no quise ser buenito, no quise nada… solo quería mi cigarro… “no tenia por que ayudarla ni hacerle algún favor, que se joda, no soy ningún puto ángel”.


Agradecimientos especiales a MARISOL por las críticas destructivas, por la idea del Pokemón panzón y por llamar a mi celular en el momento preciso.
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lunes 25 de mayo de 2009

El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt4)

Por Fred Borbor

Nuestra historia había empezado oficialmente Elena, no con los bríos que ambos esperábamos, pero le dimos inicio de todas maneras. Y no voy a negar la emoción que ello me causaba porque sería tonto. Era la primera vez que vivía algo así, tan intenso y tan apasionante. Casi podría decir que mi alegría no tenía límites ya que al haber probado tus labios, haberte abrazado y al haber acariciado tu bello rostro; mi espíritu se sentía mucho más fresco y lozano que antes. Sí, definitivamente fue una gran inyección de bienestar a mi mente y a mi ser en general.

Aquel bienestar se hizo más palpable cuando poco a poco fuimos entregándonos por completo y cuando el deseo carnal iba apoderándose de nosotros. Ojalá aún recuerdes esas mañanas, Elena. Yo sí las recuerdo siempre –¿y cómo no hacerlo si todos los días me despierto en las mañanas e inmediatamente creo verte durmiendo a mi costado?–. Aquellas mañanas eran fenomenales, porque nos despertábamos antes que los demás y, tratando de hacer el menor ruido posible, nos besábamos y nos acariciábamos despacito, casi en secreto. A veces éramos más atrevidos y nos quitábamos alguna prenda para sentir mejor nuestra piel, algo que me gustaba mucho hacer, especialmente porque tu piel era la más rica que había tocado en mi vida entera, querida Elena. Y así, bajo el cobijo de nuestra frazada, escondíamos nuestros deseos de los ojos de de los demás, quienes ni se imaginaban –eso espero– que en nuestra cama se libraba una batalla amorosa con pólvora de líbido.

Sin embargo recordarás Elena, que únicamente este tipo de jugueteos podíamos practicar en nuestra casa, pues la presencia de nuestras amistades era siempre un impedimento para realizar acciones concretas de intimidad. Suponíamos entonces que eso iba a cambiar con el tiempo y con la mejora de las condiciones, lo que implicaba nuestra cómplice esperanza de mudarnos algún día y tener nuestro propio espacio libre de miradas curiosas o de oídos indiscretos.

Sin embargo grande fue nuestra sorpresa cuando, de la forma más imprevista, la primera vez que pudimos poseernos por completo lo hicimos en un lugar donde no solo estábamos rodeados de nuestras amistades, sino también de personas extrañas. Fue una noche en una fiesta muy colorida –eso me hizo creer que nuestra historia estaría siempre supeditada a ese tipo de reuniones sociales– y donde todo el ambiente estaba pesado, no solo por la bulla que había en la reunión, sino también por tus propios fantasmas, ya que te habías olvidado que en aquella reunión iba a estar presente también el muchacho con el que habías estado en la otra fiesta, aquella de la que ya hablé anteriormente. Y no imaginaste que su reacción iba a ser tan violenta al verte conmigo, pues se acercó a nosotros, te tomó por los brazos y con un “¡Quiero hablar contigo!”, te alejó de mí llevándote lejos.

Yo solo atiné a hacerme el desentendido, aduciendo que todo aquello no era asunto mío y que no me importaba en lo absoluto. Ya sé que muchos me criticarán por este tipo de comportamiento, y también sé que es uno de aquellos comportamientos que nunca me perdonarás Elena; pero quisiera que tú y el mundo entiendan que en aquellos tiempos mi mentalidad era otra. Simplemente no podía cumplir el papel de chico celoso y posesivo. No con el antecedente que ya tenía: la vergüenza que había pasado hacía solo pocas semanas atrás en la casa de aquella mujer no tan bonita como tú, que me tenía embobado.

Y es que en aquella oportunidad, impulsado por el alcohol, los cigarrillos y los celos , había llegado en la madrugada a la casa de aquella mujer no tan bonita y hermosa como tú, que me tenía embobado, sólo para decirle que era una mujerzuela, mereciendo aquella actitud mía una expulsión casi violenta de aquel recinto. Por favor no me pidas que te explique el por qué de mis acciones Elena, sólo trata de comprenderme. No quería que eso me vuelva a pasar contigo. No quería quedar mal otra vez. Me resistía tenazmente a comportarme nuevamente como un ser celópata. Y quisiera abusar un poco de tu confianza Elena, pidiéndote que me permitas agregar a estas líneas unas de disculpas para mis amigos por haber sido también expulsados aquella madrugada de esa casa junto conmigo. ¡Perdónenme muchachos! Especialmente por haber sido obligados a dejar las botellas de alcohol gratuito casi llenas.

Evidentemente esa era una vergüenza que nunca más quería volver a pasar –y que no volví a pasar, ¡no señor!– aún tratándose de una chica más bonita que aquella. Aún tratándose de una chica como tú Elena.

Los chicos que habían venido del sur me increparon mi actitud: “Oye Francis, ¿cómo es eso que Eli se fue con el chico ese y tú no haces nada? ¿Qué te pasa, acaso eres maroco?” Bueno, ahora, mucho tiempo después, recién me atrevo a responderles: Sí amigos sureños, sí. Fui muy maroco al no defender lo que era mío aquella noche. Sí, no tuve las agallas para hacerle frente a las circunstancias y entender que Elena ahora tenía una relación conmigo –aunque talvez no era lo que ella quería–.

Después de casi media hora volviste con los ojos llorosos, me abrazaste y me dijiste que querías irte de ese lugar. Que te sentías mal. Yo traté de calmarte y consolarte sin saber por qué. No sabía en realidad qué era lo que estaba pasando en esos instantes. Por momentos me venía a la mente la idea de sacar a flote el lado violento de mi personalidad y armar un escándalo en la fiesta por las lágrimas que estabas derramando, las cuales obviamente se debían a la entrevista que a la fuerza habías tenido que sostener con tu ex amante circunstancial. Pero mi lógico razonamiento –del cual ahora reniego– rápidamente me dijo que en aquellos momentos sólo había algo real y verdadero: un muchacho alterado que ahora miraba cómo caminabas tomada de mi mano, aguantando estoicamente el brutal restriegue que le dabas. Eso era suficiente para mantenerme con la boca cerrada en un acto de solidaridad con el género.

Debo agregar a todo esto, sin embargo, una confesión que espero no la vayas a tomar a mal Elena: yo no quería irme de esa fiesta. Había demasiadas cervezas y cigarrillos gratis como para desperdiciarlos abandonando la reunión. Así que traté de convencerte para quedarnos. De hecho, te convencí. Y a pesar de aquel primer impasse, creo que la pasamos bien en esa fiesta. Yo me embriagué. Las demás chicas se embriagaron. Todos nos embriagamos. Tú te acurrucaste en un rincón a llorar a solas (no te molestes Elena, pero supongo que a llorar por algo o alguien que ya no tenías al lado).

Cuando todo llegó a su fin no pudimos enrumbar camino a casa por el lamentable estado de embriaguez en el que casi todos nos encontrábamos. Y de buena gana, aprovechando la enorme casa que tenían; nuestros anfitriones nos invitaron a quedarnos y nos asignaron un colchón ruidoso para descansar pidiéndonos las disculpas del caso, pues si bien es cierto que contaban con varias habitaciones, sufrían de la falta de camas en ellas. No nos importó. Nuestros deseos bullían a flor de piel y pudo más nuestra tentación de estar los dos solos abrazados, a oscuras y echados en un colchón ruidoso.

Una vez instalados, no se hicieron esperar los besos y caricias que el momento propiciaba. Luego de besarnos apasionadamente por algunos minutos, mis manos empezaron a deslizarse por tu pecho hasta llegar a tus senos. Tus grandes, redondos, templados y excitados senos –eran demasiados ricos tus senos Elena–. Comencé a acariciarlos primero suavemente mientras sentía que segundo a segundo iban poniéndose más firmes y duritos. Nunca había acariciado en toda mi vida senos tan deliciosos como los tuyos, senos que con solo tocarlos me hacían llegar a un estado de excitación enorme. Anteriormente pensaba que nunca en mi vida iba a disfrutar de senos más excitantes que los de aquella mujer no tan bonita como tú, que me tenía embobado. Estuve equivocado, tus senos eran los senos más excitantes que había tenido en mi vida, no solo por todas las características que ya mencioné, sino por aquellos grandes pezones que tenías. Tus pezones eran distintos a todos aquellos que había sentido, palpado o succionado alguna vez. Eran grandes, especialmente cuando en tu máximo estado de excitación, se erectaban casi hasta llegar al cielo. Yo los acariciaba con mis dedos, los apretaba, los jalaba y jugaba con ellos como arpegiando las cuerdas de una guitarra. “Un día la ginecóloga me los apretó y me sacó un líquido”, me dijiste al ver mi rostro de admiración. “Habrás estado embarazada” repliqué. “No mi amor, nunca he tenido relaciones con nadie”, me aseguraste y mi excitación se elevó a la enésima potencia.

Sin importarnos nuevamente el ruido que con aquel colchón hacíamos, te levantaste el polo para dejarme abrir tu sostén, lo que hice con rapidez, dejando así a la intemperie tus hermosísimos y grandes senos. Mi rostro de admiración se convirtió en uno de shock. Tú te reíste con picardía y de manera coqueta. Sabías bien lo que tenías, bandida.

Lentamente acerqué mis labios a tu cuello y lo empecé a besar con pasión. Poco a poco iba bajando buscando desesperadamente probar de una vez por todas, aquellos redondos frutos que tan tentadoramente se movían en el aire. Tomé tu seno izquierdo con mi mano derecha y comencé a masajearlo con cuidado pero con firmeza. Mis labios recorrían a tu seno derecho con locura voraz y, casi sin esperar más, busqué con mi boca el pezón. Cuando lo encontré me sentí un bebe hambriento pues empecé a succionarlo de una forma voraz. Tus enormes pezones fueron mi satisfacción aquella noche Elena, pues como ya te dije, jamás había probado pechos y pezones tan grandes y deliciosos en mi vida. Pechos y pezones que disfrutaría cada día durante el tiempo que te tuve y que, con el pasar del tiempo, se han convertido en uno de mis más ardientes recuerdos.

En aquellos momentos ardía de ganas por poseerte y aparentemente tú también, así que nos olvidamos por completo de aquellos pudores que nos impidieron hacer el amor sabiendo que nuestras amigas estaban a solo unos metros de distancia. No nos importó que exista la probabilidad de que esa noche, estando ebrios y a oscuras, seamos descubiertos haciendo el amor en el colchón ruidoso de alguno de nuestros anfitriones. Nos desnudamos rápidamente, nos besamos con sincera pasión. Recorrí con mis labios cada centímetro de tu cuerpo. Besé, chupé y mordí tus senos, tu abdomen, tus brazos, los dedos de tus manos y tus piernas. Hice caso a mi ebriedad y a mis fantasías sexuales cuando al llegar a tus pies, te saqué las medias y de manera amorosa y desesperada los empecé a besar. Recordé que no tenías experiencia en esas cosas y te tranquilicé susurrándote al oído que todo estaba bien, que si no querías hacerlo no lo haríamos. “Tengo miedo”, mi dijiste en secreto. Te dije que me dejaras hacer todo, que si no te gustaba me detengas y que si te lastimaba tenías licencia para odiarme toda tu vida –no te lastimé aquella noche Elena, pero sí lo hice después con mi forma de ser. Ahora sé que me odias, talvez para siempre–.

Suavemente me deslicé hacia bajo y metí mi cabeza entre tus piernas. Acaricié con mi lengua tu intimidad y traté de hacerlo de la manera más cariñosa posible. Comencé a escuchar entonces tus primeros gemidos de placer y me sentí bien conmigo mismo. Luego de casi quince minutos de acariciar tu intimidad, luego de varios minutos más de tocarte, besarte, lamerte y degustarte; me acomodé encima de ti y con cuidado hice que nuestras intimidades se tocaran y rozaran. Debo decirte Elena que en aquel momento también yo me encontraba temeroso pero por estar haciendo algo que tal vez después no te gustaría. Por eso te pido perdón nuevamente. Perdón por haberte hecho algo de lo que ahora te arrepientes.

Poco a poco empecé a entrar en ti. Lo hice despacito y con calma, para no lastimarte y para que esa no te sea una experiencia desagradable ni para que nadie en la casa, a raíz de tus gemidos, sospeche que en aquel colchón ruidoso dos seres excitados y temerosos estaban haciendo el amor. Entré en ti con el cuidado de un cirujano y con el placer de un sátiro, lo hice despacito y con el gusto de sentir tu calidez interna honrando mi sexo agradecido. Tú ahogabas tus gritos de dolor con tus manos tratando de que no salieran y nos delataran, pero sin dar marcha a tras en ningún momento. Me entregaste tu cuerpo y tu feminidad como lo hace una mujer que ama a su hombre. Te agradezco por eso Elena. Ojalá que ahora, mucho tiempo después, sepas que yo también me entregué por completo a ti, no de la forma que tú esperabas, pero sí por completo.

Aquella mañana amanecimos juntos, abrazados y encantados por lo que había sucedido y a diferencia de la primera vez que amanecimos juntos, ahora no quería levantarme y separarme de ti. Nuca más iba a hacerlo durante el tiempo que te tuve. “Algún día cuando vayamos Vancouver, te mostraré los espectaculares bosques que hay allí”, te dije y tú te emocionaste casi hasta las lágrimas. Me abrazaste fuerte y susurraste a mi oído: “Es la primera vez que te escucho planear algo conmigo a futuro, espero que lo cumplas mi amor”. Ahora me da pena el no haber podido cumplir esa promesa Elena. Lamento que se haya convertido en una más de mis tantas promesas rotas.

Fueron pasando los días y yo me sentía encantado y embrujado por ti. Sinceramente era feliz a tu lado. Sin embargo Elvira, lejos de alegrarse por el bienestar que estaba sintiendo, fue la más sorprendida con las nuevas. Le gustaba el hecho de que su querido amigo Pancho se haya fijado en otra chica distinta (¡muy distinta!) a aquella mujer no tan bonita y hermosa como tú que lo tenía embobado. Pero no esperaba que aquella fijación se convierta en algo tan concreto como una historia amorosa. “A lo mucho me esperaba sólo unos besitos, como los de aquella noche.” Les comentó a Rosa y a Chabela.

La verdad es que no eran para menos sus expresiones, pues compartía con aquella mujer una relación amistosa muy buena, la misma que se fortaleció cuando empezó a salir con su mejor amigo, o sea yo. “Ay, pobre mi amiga. De verdad que hacía una bonita pareja con Pancho. Ella no se merece esto.” Solía decir.

Cuando me enteré de sus lamentos, busqué hablar con Elvira para explicarle que mi historia contigo era mucho más importante que las salidas que había tenido con su amiga. No pude, ya que cuando la encontré ella no reparó en cortesías amicales y de un grito me increpó la deslealtad que estaba cometiendo contra su amiga, hecho que me hizo sentir muy mal, pero que no desvirtuó en ningún momento mis ganas de seguir adelante con la historia que estaba formando contigo. ¿Y cómo iba a suceder eso, si tú eras muy amorosa y me encantaba estar a tu lado compartiéndote mis días? Me enseñaste a ser cariñoso y a ser un poco cursi, especialmente por ese marcado gusto que tenías por ponerle un sobrenombre a todo y a todos; y por supuesto que aún recuerdo bien el que me pusiste, el cual, evidentemente, no registraré en esta carta para no convertirme en objeto de burlas de todos aquellos que también la lean.


Casi podría afirmar que en el corto tiempo que te tuve a mi lado, comprendí que nunca es malo ser sensible a dar y recibir cariñitos, porque simplemente es rico y es bueno. Tú fuiste la causa de que en cuestión de semanas me vuelva un hombre casi, casi de familia, no obstante que no teníamos hijos (y que no llegamos a tenerlos). Pues me volví un ser dedicado enteramente a sus dos pasiones: el trabajo y la casa, ya que a diferencia del resto de mis amigos, que después de las labores no encontraban mejor lugar a donde ir que los clubes de la ciudad; yo no podía concebir un mejor lugar donde estar que no sea en mi casa, cenando lo que tú preparabas y haciéndote el amor todas las noches.

Así empezó nuestra verdadera historia Elena, una historia que hasta hoy la encuentro no solo en las fotos y videos que me quedaron como testimonio de aquellos tiempos, sino también en canciones, en programas de televisión, frases, lugares, etc. Y es que era emocionante estar a tu lado, tanto que hasta podría decir que a veces me sentía en una nube al solo recordar que te tenía y de lo bien que psicológicamente me hacía el estar emocionado por ti.

Todos los días me despertaba con una sonrisa en los labios y como ya dije, incluso el trabajo, al que antes consideraba el mayor creador de las infelicidades, me parecía agradable pues sabía que al culminar la jornada iría a casa y te vería ya no de lejos ni a escondidas, sino de cerca y sin reservas.

Todos los días cruzaba rápidamente las calles de distancia que había entre el edificio donde trabajábamos y la casa donde vivíamos. Al hacerlo me cubría de la lluvia o del frío tratando de sostener bien en mis manos mi almuerzo, el cual guardaba para poder ingerirlo en tu compañía. Llegaba a casa, con frío, mojado y cansado; pero antes de abrir la puerta me daba un tiempo para cerrar un ratito mis ojos y pensar en tu bello rostro. Entonces entraba para encontrarte casi siempre mirando la televisión, echada en la cama con tu pijamita blanca con pequeños detalles femeninos que tan bien te quedaba. Yo dejaba rápidamente todas las cosas en la mesa y me tiraba en tus brazos. Tú me cubrías por completo con tus besos y me envolvías con tus brazos y piernas mientras cariñosamente me decías: “Hola mi amor.” Y yo, dando un suspiro de complacencia y cerrando mis ojos mientras te sentía, te decía: “Hola mi pechocha.”

Por sus constantes miradas de reprobación y sus abundantes comentarios negativos sobre ti, te decepcionaste de la amistad que Elvira decía tenerte. Yo también me decepcioné un poco porque creí que lo correcto en esos casos era ser leal a la persona con la que dormía todas las noches.

Y ya sea por haber perdido a su mejor amiga, por haber perdido su parte de la cama o simplemente por envidia; Rosa, la parlanchina, también empezó a sentirse decepcionada, pero de tu amistad: “Ella dijo que nunca me abandonaría, pero ahora sólo vive pegada a Pancho”, se quejaba usualmente. Aunque debo admitir que en su caso, fueron también las constantes burlas que yo le propinaba las que hicieron que se lamente por tu actitud poco amical. “La verdad es que no me cae nadita tu novio Eli”, te dijo un día mientras almorzaban. A lo que tú valientemente contestaste con un: “Bueno, lo importante es que a mí me guste”. Aquello fue fatal para su amistad, ya que le hizo pensar a Rosa que, después de tantos años de fraternal cariño, ni ella ni su opinión tenían algo de importancia para ti. ¿Recuerdas Elena cómo nos burlamos de sus lágrimas cuando le dijiste eso? ¡Que risa por Dios!

Y para finalizar con broche de oro la avalancha de resentimientos y enemistades que nacieron en aquellos días, debo mencionar los problemas existenciales de Chabela, quien como buena artista, tenía un espíritu atormentado no obstante que trataba de demostrar lo contrario. Era estudiante de Artes Escénicas en una prestigiosa universidad limeña, le gustaba la literatura, la pintura, la música poética y las reflexiones a la luz del amarillento baño de la casa. Pero supongo que esas extravagancias llegaron a tocar un límite cuando se juntaron a su alrededor varios factores: su rompimiento sentimental con Homero, la lejanía de su familia y especialmente aquel creciente sentimiento de no sentirse entendida por nada ni por nadie. Y muy a pesar de que desde el inicio de toda esta historia, ella fue la persona con la que mejor me relacioné (fue en muchos aspectos mi soulmate, en el sentido estrictamente amical), no pude evitar ser el primero en los objetivos de sus desprecios. Por ejemplo una tarde, mientras tratábamos de tener un almuerzo civilizado, le pregunté algo y con el mayor de los desdenes me dijo: “Bueno ya expliqué eso. Si no lo entendiste, jódete”. Y en este punto me permitiré decirle algo a Chabela, con tu permiso Elena: eso realmente me dolió Chabelita y creó en mí un resentimiento bárbaro. Por eso es que ya no quise hablarte. Por eso es que sin la menor consideración hacia ti, tomé partido por Homero durante su rompimiento. Pero, vamos, ahora el tiempo ha pasado y ya no te guardo ninguna cólera. Te quiero y te respeto como la gran amiga que en algún momento fuiste y estoy seguro que, con el tiempo, llegarás a ser aquella súper actriz de Broadway que tanto anhelas ser. Y en todo caso, no tiene nada de malo eso de ser actriz de telenovelas peruanas; algo que realmente detestas ser. (¿Quién sabe Chabelita? Quizá en algún momento tengas que caracterizarte a ti misma en la teleserie sobre este relato... ¡Bah! No me hagas caso, ya sabes como soy de tonto a veces).

En ese estado, las cosas no podían caminar bien entre todos los habitantes de aquella casa. Por eso es que sin darnos cuenta, aún no sé cómo, se filtró la idea de la separación –es decir, ellas, de nosotros–. Yo particularmente no tenía problema alguno en seguir compartiendo la casa, total, era sólo un arrimado que se había infiltrado en aquel hogar. El único inconveniente que tenía era el hecho de no poder tener un espacio íntimo contigo Elena. El no poder disfrutar a plenitud de nuestra naciente y cada vez más creciente pasión. Pero tú ya habías tomado una determinación: no las querías cerca. Las querías fuera de la casa en la brevedad de tiempo posible. No te habían hecho mucha gracia aquellas habladurías de Elvira, los resentimientos de Rosa o las extravagancias artísticas de Chabela. No. Las querías fuera. Y no sólo por esos motivos, sino también porque ya habíamos empezado a dar rienda suelta a nuestros deseos; ya que todas las noches nos quedábamos despiertos, hablándonos despacito y tocándonos suavemente para no hacer mucho ruido que nos delate ante las demás chicas. Pero eso casi nunca funcionaba, pues era recurrente que a mitad de la noche alguna de ellas se despertaba y, entendiendo lo que sucedía, soltaba un suspiro o un carraspeo, diciéndonos tácitamente: ¡Silencio carajo! Gracias a esas imprudencias es que ellas entendieron también nuestras necesidades y decidieron sabiamente mudarse de casa. Y fue una gran suerte aquella gentileza y fineza de su parte, ya que así pudimos quedarnos solos, viviendo nuestro romance, viviendo nuestra aventura.

Sin embargo las chicas no se fueron sin antes enojarse mucho más contigo, ya que tu evidente apuro en sacar sus cosas y dejarlas en el pasillo mientras ellas no estaban, no fue definitivamente un buen agradecimiento por el favor que nos estaban haciendo. Elvira, una vez más, afiló sus comentarios contra ti: “¿Qué se ha creído Eli? ¿Acaso piensa que con esas actitudes es mejor que nosotras? ¿Qué se ha creído esa huevona para botar nuestras cosas? ¡Ag!” Aunque debo confesarte Elena, que era lo mismo que yo quería hacer. Yo también quería sacarlas de la habitación lo más pronto posible para así quedarnos solos y por fin poder dar rienda suelta a mis deseos por ti. Sólo que, como ya dije anteriormente, soy demasiado cobarde para hacer cosas así. Tú eras la indicada para hacerlo Elena. Tu carácter era el apropiado para cumplir esas pequeñas maldades. De tal modo que, una vez libre de compañías indeseables, continuó nuestra verdadera vida juntos.

Decía que gracias a ti y a esa fascinante vida que me diste, me convertí prácticamente en un hombre de familia. Y debo acotar que eso no solo me refería al hecho de vivir en pareja, sino también al hecho de sentir todo lo inherente a una persona que pasa por esa agradable experiencia, llámese preocupaciones, tristezas y enojos. Todo ello, junto a la felicidad y alegría que me producía el hecho de tener una chica tan linda a mi lado, hizo de ese periodo de mi vida uno de los mejores y de mí un completo hombre de familia.

Algunas noches, cuando dormíamos, me despertaba a mitad de madrugada, te buscaba con mis brazos y tú te acomodabas en mi pecho para continuar durmiendo. Era en esos momentos cuando quería abrazarte muy fuerte hasta pegarte a mí de una manera inherente para nunca más separarnos. Pero no quería despertarte y prefería entonces sostenerte suavemente y dejar que mi pecho sea tu almohada. Aún con mis ojos abiertos en la oscuridad y escuchando el relajante sonido de los enormes camiones pasando por la autopista, pensaba en que no podría tener mejores momentos que aquellos. “Me siento tan feliz”, me repetía hasta que poco a poco iba sucumbiendo ante el sueño y me quedaba dormido junto a ti. Y en honor a la verdad y a la sinceridad, debo decir que no eran pocas las mañanas en las que me despertaba antes que tú Elena, solo con el objetivo de aprovechar las primeras luces del día y observarte mientras dormías para poder ver tu despertar. Esa era una de mis mayores delicias a tu lado. ¡Ah! Debes saber que te veías preciosa cuando dormías, Elena. Tu perfecta y respingada nariz mirando hacia el cielo daba la impresión de una naturalidad inmaculada y casi pasaba imperceptible la intervención quirúrgica de la que había sido objeto para alcanzar esa belleza. Tus labios carnosos se conjugaban perfectamente con tus rosadas mejillas, lo que te daba una hermosura sin par, digna de ser admirada todas las mañanas mientras permanecía en la quietud y paz del sueño. Habían también ocasiones en las cuales, mientras aún estabas dormida, ponía mis dedos sobre tu rostro tratando de ser cauteloso y de la manera más discreta te acariciaba suavemente, tratando de no despertarte para que no creyeras que era un imprudente. Te miraba extasiado mientras lo hacía y a la vez escuchaba tu respiración tan calmada y tan pausada, distinta de la que aveces tenías en medio de la noche, cuando por culpa de tu compulsiva adicción al cigarrillo, te agitabas y emitías unos sonidos nasales alarmantes que me asustaban, pues me hacía creer que te perdía.

No teníamos muchos temas de conversación, es verdad, ya que tus gustos y mis gustos era bastante distintos. Tus costumbres y las mías también lo eran, pero aún así era feliz a tu lado. Aunque debo reconocer que algunas veces (como aquella cuando fuimos al súper mercado a hacer las compras de la semana) me vi obligado a decirte cuanto me aburría contigo: “Cuando estoy con alguien tan cabeza hueca que no pueda sostener un tema de conversación interesante, me aburro demasiado”. Claro que tú nunca entendiste mis palabras –afortunadamente–. “Es que tu eres un conversador compulsivo mi amor”, me respondiste.

Nuestras diferencias nunca se notaron mucho en aquellos primeros días. Tal vez porque, al ser los primeros días de nuestra convivencia, estabamos mucho más abocados a emocionarnos, desearnos y explorarnos que a analizarnos. Los problemas típicos de una pareja joven que deciden vivir juntos no nos hacían mella todavía, y cuando sí, nuestra primigenia tolerancia y nuestros comprensivos deseos nos ayudaban a superar el tramo.

Uno de los primeros problemas que nos aquejó, no fue uno de importancia en realidad, pero sí causó en mí una cierta sensación de malestar. Y es que Elvira, seguramente por la inquina que aún sentía hacia ti por el mal comportamiento que tuviste cuando se mudó de casa con las demás chicas, afiló nuevamente sus maliciosos comentarios en tu contra y afirmó que, llegado el momento, se burlaría de mí delante de todos mis amigos por lo inocente que era al creerte cuando me decías que eras virgen. Y no sé si te diste cuenta en ese momento Elena, pero en realidad creo que ese tipo de comentarios tuvieron como punto de inicio la boca parlanchina de Rosa, tu mejor amiga. Sólo ella pudo haber afirmado tamaño embuste para tomar eco en los comentarios ácidos y lacerantes de Elvira, mi mejor amiga.

Quiero ser muy sincero en este punto, Elena: nunca he sido un buen conocedor de hímenes. Nunca he sabido diferenciar entre uno intacto o uno rasgado, y tampoco me ha gustado preguntar sobre la condición de ellos a sus respectivas poseedoras. Nunca me importó, ni me importa, cual sea la condición de un pedacito de piel en la intimidad de las mujeres. Siempre me he dejado guiar por la información que me brindaban las mismas dueñas de los hímenes que iba a visitar, porque lo único que me importa de ellos es que no estorben en el disfrute de la acción carnal. Solo recuerdo a un himen en especial que no necesitó de presentación para saber que un enorme pene había hecho estragos en él, no obstante lo cual, de todas formas lo disfruté a rabiar. Pero ese no es el tema de este escrito. Tu himen, sea que haya estado rasgado previamente o no, me encantó y no solo lo disfruté a rabiar, sino que también lo llegué a amar con locura y pasión. Así que, a pesar de las envidias de las demás chicas y las futuras burlas que Elvira me iba a propinar frente a mis amigos, tomé por ciertas tus afirmaciones de inmaculada virginidad.


pero como ya dije, aquello fue un simple problemita que no causó más que un cierto malestar e incomodidad. Aún no teníamos los problemas reales. Aquellos que vendrían muy pronto y que fueron la representación innegable del huracán violento y el furioso clima que aún es tu recuerdo para mí.
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lunes 18 de mayo de 2009

El acento en el hombre

“Uno no siempre hace lo que quiere,
pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”
Mario Benedetti

Murió Mario Benedetti, el poeta del compromiso, del amor y de la alegría. El domingo 17 de Mayo del 2009 dejó de existir Mario Benedetti, uruguayo de nacimiento y hasta la muerte, víctima de una enfermedad penosa e inmisericorde que lo tenía confinado a largos periodos en el hospital y que nunca pudo vencer sin sacrificarse así mismo para hacerlo.

Dueño de una estética coloquial y de versos preciosos, irrepetibles, inconmensurables, Benedetti era capaz de conmover las cotidianidades y hacerlas poesía con la facilidad con la que se hace trazos invisible en el cielo y de liberar incandescentes ráfagas de clamor popular haciendo sentir su voz de protesta ante la injusticia despiadada de la dictadura en tiempos convulsionados. El silencio que nos deja hoy don Mario es distinto tantos otros grandes personajes, un eco vacío de recuerdos que quienes lo leímos en principio con candor y luego lo sometimos a escrutinios menos gentiles en lecturas profundas o en borracheras espontáneas, seamos quienes acallemos tal silencio retomando su obra.

Benedetti será recordado por muchos como un gran poeta latinoamericano por quienes lo leyeron, admiraron y criticaron y como gran persona, amigo y hombre humilde por sus más allegados, sin embargo a mí me gustaría recordarlo como un ser sensible de naturaleza estrafalaria que, como decíamos alguna vez, tiene el maravilloso don de decir todo lo que uno siente en una miserable línea y decirlo con las palabras correctas, justas y sencillas como si los de su estirpe tuvieran la magia de componer cuantas veces sea necesario el universo a través de las palabras.

Sorbos, colillas y letras intenta brindar un profundo homenaje al maravilloso ser que fue Mario Benedetti. Descansa en paz, Maestro.
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sábado 16 de mayo de 2009

Canta Warmi

Por Joseph Neyra

En los últimos años son las mujeres quienes van dejando en alto el nombre de nuestro Perú; con sus triunfos nos dan alegrias y alivian por un momento ese sabor sabor amargo que se apodera de uno cada día al prender la televisión y ver los noticieros. Sí, entre ellas, Sofía Mulánovich, Kina Malpartida, Claudia Llosa y Magaly Solier, personaje en quien nos vamos a enfocar.

Esta señorita nacida en Huanta (Ayacucho) ha dado mucho que hablar por su eminente triunfo como mejor actriz en el Festival de Berlín, siéndole otorgado el 'Oso de Oro', por la película que ya todos debemos conocer, 'La Teta Asustada'.

Magaly ha demostrado ser una cajita llena de sorpresas. A su triunfo cinematográfico ahora le suma su debut musical, un disco llamado 'Warmi', palabra quechua que significa 'mujer'; en el que encontramos 9 temas y 2 bonus track, cantados en su mayoría en quechua.

He escuchado un par de temas de este disco: 'Para Para'(Lluvia Lluvia) y 'Citaray'; déjenme decirles...es realmente muy bueno. Esta fusión andina sin duda alguna va agradar a muchos, va encantar a muchos, como lo ha hecho conmigo. Ambas canciones desprenden melodías vivaces, llenas de energía, con la voz de Magaly que encaja a la perfección entre la guitarra, violín y percusión a cargo del maestro Cali Flores, productor y arreglista que ha trabajado con artistas como Gianmarco, quien apoyó a Magaly en la elaboración de este disco, guiándola y estructurando los temas a través de las composiciones de Solier.

La música que esperaba hace mucho, que esperábamos hace mucho, un aire fresco, novedoso, innovador en lo que concierne a la música andina, género el cual la mayoría de veces lo he encontrado monótono, y nunca me ha llamado mucho la atención...hasta ahora.

En las diversas conferencias y entrevistas en las que se ha visto a Magaly, se percibe inmediatamente a una persona llena de humildad, nobleza, con ese aire de niña despistada, carismática, que recien va descubriendo el mundo, por la puerta grande, pero que a pesar de eso no olvida de donde viene; y eso lo plasma en su disco debut, al que Solier presenta como 'una película', ya que nos encontramos con la historia de Maribel, Citaray y Sonia, mujeres desvelando los abusos a los que son sometidas, maltratos cotidianos, en una sociedad aún herida por el terrorismo.

Sin duda alguna un disco para la colección, para explorar su temática y concientizar un poco. Qué mejor manera de seguir apreciando cada vez más lo nuestro.

Aquí les dejo un tema del debut de Magaly, llamado Citaray, nombre de una de las protagonistas de este disco conceptual.







(Visita el blog de Joseph haciendo clic en el título del artículo)
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lunes 11 de mayo de 2009

Crónicas


Por Hector Ccahua:


Cada tanto tiempo me da por ignorar la realidad en la que vivo, aquella maraña de desvergüenzas e insólitas vivencias que llenan de frustración la vida mía. La ignoro y me afinco en el mundo de las fantasías, que es donde puedo hacer todo lo que la realidad me impide hacer y de paso, donde me siento más cómodo. Y sí, efectivamente es un mecanismo de escape, uno que me mantiene las ganas de emprender cualquier cosa, un artificio que me da un respiro, un espaldarazo de aliento, un soplo de vida, que hace que olvide la realidad que me toca vivir a diario. Sin embargo hoy no pude abstraerme en mis fantasías y caí pesadamente en el pavimento frío y doloroso del mundo concreto que se ensañó con mi conciencia y la zarandeó furibunda y sin piedad.

Andaba yo de regreso a casa un domingo en la noche, que por coincidencia era día de la madre. Caminé al paradero como de costumbre, con los mismos pasos y las mismas ropas de ayer y los mismos miedos de ser atracado a cada esquina. Pensé que hoy, como tantos días atrás, no había hecho nada productivo más que abrazar a mi madre y demostrarle nuevamente que yo no era el hijo que ella se merecía. Tuve la suerte de encontrar una combi parada en medio de la pista recogiendo pasajeros y ocasionando un tráfico atroz y un ruido infernal de cláxones inmisericordes. Subí a la combi masticando mi indignación por el ruido y me pareció injusto que un vehículo tan deficitario pueda hacerse responsable de la vida de tantas personas abordo y que estas tengan que doblarse en dos o tres para acomodarse, si así se le puede llamar a ocupar un sitial en tal vehículo. Me senté al fondo como siempre lo hago para evitar perder mi privilegiado asiento frente a alguna mujer embarazada o con niño en brazos. Era también de esperarse que el dichoso carro espere estar repleto para recién emprender su rumbo, tal como lo hizo pasado diez largos minutos.

De un tiempo a esta parte suelo buscar la cara del chofer con la mirada para poder maldecirlo dentro de mí y lanzarle mil y un conjuros y blasfemias. Así lo hice y me sorprendí al ver el rostro de aquel tipo desgarbado, de pómulos prominentes y una juventud más bien envejecida, me pareció haberlo visto antes hasta que lo recordé. Era el mismo tipo que días antes informaba a los choferes de combi en el paradero donde estuve parado hace minutos, uno de esos famosos “dateros” que tanto abundan en la ciudad hoy en día. Lo recordé porque días atrás protagonizó una encarnizada lucha con otro datero por el territorio virgen que significaba aquella esquina. Su rostro aún presentaba algunas marcas de la pelea sostenida hace pocos días. Mi traicionera memoria fue clemente con ese tipo y evoque por tanto que se tratada del mismo ladronzuelo y drogadicto que rondaba las calles de mi casa poco menos de un año atrás y era el terror de los parques a partir de las diez de la noche. Me pareció increíble estar sentado en el mismo carro con tal delincuente al volante y me pregunté como era posible aquello.

Tal hecho no hacía más que reafirmarme la idea que vivía en un país de informalidades e improvisaciones, en resumen, una tierra absurda donde quienes nos despojan de las pertenencias también se encargan de nuestras vidas frente a un timón. Pensé por un momento bajarme de la combi y esperar otra que por lo menos tenga a un conductor con un prontuario menos alarmante y así no poner en riesgo mi vida. Pero el frío que ya empieza a envolver a Lima implacablemente y la flojera de estar parado por largos minutos a la intemperie, me hicieron desistir de mis deseos, al fin y al cabo no sería la primera vez que pongo mi vida en serio riesgo, pensé y me enrumbé a casa resignado a morir en un accidente automovilístico o siendo víctima de un robo por parte del choro que fungía de chofer.

A mitad de camino, la intervención de una policía de tránsito en su motocicleta y confinada en aquellos pantanosillos ajustado - que seguramente sería el delirio mío aquella noche fría y del adolescente de miraba afiebrada sentado dos asientos adelante– demoró mucho más mi llegada a casa. Mientras la mujer policía le pedía al chofer todos los documentos y le recriminaba las faltas al reglamento de tránsito que había cometido desde donde ella lo había interceptado, yo cruzaba los dedos para que lo multe fuertemente y le quite la licencia de conducir – si la tenía, claro esta –. Pese a mis ruegos desmesurados la policía partió dejándole solo un buen sermón y una advertencia al chofer, “ya lo sabe señor Choque, que sea la última vez”, le dijo al tiempo que se acomodaba en su motocicleta. Al parecer nadie en la combi se percató del hecho, pero yo no pude saltarlo por alto, “¿Cómo carajos un chofer puede llevar semejante apellido?, ¡por dios!”. Choque, un chofer que se apellide Choque, qué tipo de presagio malévolo o azaroso significaba aquello, me preguntaba mientras temía más por mi vida. Estaba perdido, pensé y convencido que si aquella noche llegaba a casa sano y salvo, iba a ser de puro milagro e iba a comprobar que en efecto, nací bajo una buena estrella. Que un chofer se apellide Choque es como si un médico firme sus informes bajo el nombre de Matasanos o un abogado se llame Modesto, es decir, era inconcebible, ridículo y absurdo. Seguí buscando dentro de mi cabeza otras alternativas tan descabelladas como aquella, jugaba con estos ejercicios en mi mente para distraer la angustia de mi muerte, que de seguro estaría próxima.

De pronto ya no tuve la necesidad de hacer más esfuerzos para olvidarme del tema. Delante de mí se había colocado una señora con su pequeño hijo de aproximadamente cinco años. La señora también me parecía conocida, la había visto vender caramelos en distintos vehículos de transporte público, siempre bajo el mismo argumento, su marido la había abandonado con un hijo y por tanto se encontraba en un estado de pobreza tal que se veía obligada a subir a los carros a incomodar nuestro placentero viaje con su verbo florido y sus gomitas sabor a frutas. Tenía una voz áspera y el pellejo bien pegado a los huesos, su cabello era corto y ondulado a la fuerza y su mirada poseía aquella demencia típica de las mujeres parlanchinas, bullangueras e hipócritas. Su hijo era más bien un niño de hoyuelos risueños, un despojo de sonrisas, encantador y algo pícaro. Quiso sentarse solo en un asiento, pero eso significaría un pasaje más, por tanto la madre cariñosamente lo agarró del brazo y entre susurros lo sentó en sus rodillas y le dijo, “Párate mierda”. Hasta allí no había problemas, seguramente yo había oído mal y nadie más se percató del hecho. Pasado unos minutos, el pequeño volvió a reclamar el lugar donde creía debería sentarse y empezó el show.

El pequeño había cambiado de estado de ánimo, ahora se encontraba malhumorado, acalorado e irascible, quería su asiento al lado de la ventana a como dé lugar y luchaba por él con admirable pundonor. Golpeaba a la madre fieramente para que esta se saliera de su sitio y gritaba chillonamente por su capricho. Muy compungido por el desdén de su madre, decidió arremeter contra sí. No dudó en sacrificarse así mismo para desadormecer el instinto maternal de su progenitora. Por tanto empezó a rasguñarse la cara frenéticamente, a jalarse los cabellos y a propinarse puñetazos violentos, acompañando su inmolación con sendos alaridos que empezaban a irritarme, a mí y a todas las demás personas encorvadas y hacinadas en la combi.

La madre muy sabiamente había preferido ignorarlo y miraba por la ventana y comentaba para sí la desvergüenza de los borrachos de esas horas y las adolescentes de prendas breves pululantes por las calles. La desesperación del chiquillo iba de a pocos contagiando a su madre y la situación se tornaba insostenible. A cada golpe del niño, la madre se reprimía las ganas de levantar la mano y golpearlo con igual o mayor fuerza por el mal momento que le hacía pasar. Levantaba el puño, lo enseñaba en tono amenazante al pequeño y lo apretaba fortísimo y sus ojos se hacían enormes y desbordaba ellos el odio más execrable que yo haya podido ver en las pupilas de una madre hacia su hijo.

La combi se convirtió en un loquerío. Los gritos del mocoso estaban por alterar mis nervios, cuando en esos ajetreos, una señora de semblante amable y rodillas inflamadas - que de seguro había pasado un buen agasajo por el día de la madre por el buen humor que ostentaba -, se acercó al pequeño de una manera conmovedora y angelical y le dijo “no mi amor, eso no se hace, no se debe golpear a los demás ni llorar de esa manera”. Nadie me creerá pero el niño tranquilizó su llorosa pena y dando un respiro, respondió el gesto amoroso de la señora de rodillas inflamadas con un pellizco incandescente en el cuello de esta y le dijo con una voz casi diabólica: “!Cállate!” estremeciendo con su clamor todo el vehículo. “Muchacho del demonio”, le respondió ella mientras miraba a la madre de su joven agresor, quien seguía mirando por la ventana y hablando sola, “que niño tan malcriado”, le dijo ahora a su circunstancial vecina de asiento y ella asintió. La madre al ver todo el escándalo ocasionado por su hijo, tomó otra sabia decisión. Sacudió a su hijo del brazo y luego de dos o tres bofetadas y amenazas espeluznantes, tranquilizó a su muchacho.

“¡Santo remedio!”, me dije y seguramente todos allí en la combi pensaron también en ello. Y hasta cierto punto, tal hecho podría argumentar sesudamente lo positivo y aleccionador del castigo físico a los niños y de seguro muchos padres y madres adoptarían aquel razonamiento para maltratar a sus hijos a diestra y siniestra. Sin embargo la tesis nuestra fue derruida a los pocos minutos cuando el pequeño endemoniado reanudó la trifulca con su madre por el asiento anhelado con mayor vehemencia y desesperación. Ya nadie quiso entrometerse y menos cuando el pequeño empezó a insultar a cualquier persona que osara mirarlo. “Cállate”, chillaba, gruñía y se retorcía completamente atribulado.

El niño había sido poseído por el alma de un perro rabioso incontenible. Mi ojo clínico me impulsaba a lanzar una teoría y a jugarme por un diagnóstico preciso para el mal que aquejaba a aquel pequeño, “esta enfermo de madre”, pensé y hasta hoy lo reafirmo. En definitiva si algo había de malo en el niño, esto sería su madre. Enseguida pensé en el futuro que le esperaba al niño de hoyuelos risueños y me sobrevino una pena conmovedora y una preocupación insufrible. Al niño le aguardaba un futuro atroz y desolador. El ser que le había dado la vida cinco años atrás, ahora le prodigaba la muerte, una muerte lenta y trágica, que arrastraría consigo no solo a su retoño sino también a quienes vivieran cerca de él. Terminaría siendo un desadaptado social más y la mayor incógnita sería saber si iba a ser la droga o la delincuencia su primer estadío. Si algo se podía hacer para evitar el trágico destino del pequeño, esto sería definitivamente extirparle la madre. Fue inevitable pensar que el choro que fungía de chofer, el joven envejecido, el tan mentado señor Choque - que iba a asesinarme o a robarme metros más adelante en el trayecto de la combi -, habría tenido quizás una niñez tan igual o peor que este niño, con una madre tan o más sórdida que aquella. Seguramente así fue.

La madre lo zarandeó y lo abofeteó con abominable desparpajo y se sentó un asiento adelante a regañadientes para dejarle libre el asiento que el niño quería, “que no estés quieto ahora nomás, mierda”, le decía con esa voz áspera y punitiva. Y luego agregó casi mordiéndose los labios de cólera, “vas a ver en la casa, desgraciado”. El niño se calmó. Estaba cansado y sudoroso por el esfuerzo realizado pero satisfecho por el triunfo, no obstante, no dejaba de insultar a la señora de rodillas inflamadas cada vez que esta lo miraba.

Antes de bajarme de la combi, pude apreciar como la madre del pequeño discutía con el cobrador, un tipo obeso y sudoroso de escasa inteligencia y mucha picardía por el precio del pasaje. La madre se negaba a pagar el pasaje aduciendo que ya le había cobrado hace rato, cuando la verdad era que aún nadie había pagado el pasaje. Lo pagó luego de ser desenmascarada en su mentira. Me bajé antes que la madre y su hijo y al pisar tierra, agradecí no haber muerto en el viaje ni haber sufrido robo alguno, pero me invadió de nuevo la pena primero en la infancia del choro que fungía de chofer y del niño endemoniado, que a estas horas debe haber sufrido la paliza que su madre le había reservado por el espectáculo en la combi.

Llegué a casa y empecé a escribir la crónica de cómo un día no pude evitar sentirme triste y preocupado por la realidad en la que vivo y en la que me espera.
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sábado 9 de mayo de 2009

Es tan fácil romper un corazón


Por Fred Borbor

Solo basta un deseo
tímido,
escondido,
imperceptible.
Que no es deseo
por no ser querido,
por ser solitaria cosa
en la casa de las culpas.

Solo basta una decisión
concreta,
fascinante,
Sin maldad.
Que sí servirá
para dar el bien
al alma creadora
de un poeta curioso.
Solo basta alguna acción
completa,
atronadora,
sinvergüenza.
Que sea gozosa
pero sin prejuicios
del tipo que detienen
a ese deseo preexistente.

Solo basta algún disfrute
rico,
lindo,
suave.
Sin más
objetivos
que el gusto
de dar el gusto.
Solo basta un placer
fuerte,
salvaje,
violento.
Que vista
de arrogancia
la gran virilidad
del rompecorazones.

Solo basta algún descuido
tonto,
cojudo,
estúpido.
Que quizás
es la traición
del corazón roto
de la amante burlada.
Solo basta una lágrima,
un llanto,
una tristeza,
un sufrimiento.
Que es el reclamo
hecho por quien ama,
y es el inicio de un gusto
por lo que implica una burla.

Solo basta un arrepentimiento
sincero,
concreto,
verdadero.
Que busque
tocar el recinto
del perdón negado
y el bien del amor quitado.
Solo basta algún recuento
cínico,
agridulce,
lúdico e irónico.
Que ayude a escribir
las vivencias en un poema,
y enseñe a nunca más volver
a meter el pene donde no se debe.
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jueves 7 de mayo de 2009

La masturbación primera

Por Fred Borbor

Del sexual placer el advenimiento primero,
en mi mano con blanca mancha se detuvo.

Fueron su puerta mis infantiles ojos chicos
y las hojas de mucha pornografía su medio.

Por mis órganos se deslizó él, impertérrito,
hasta que en mi pene, gélido, hizo su casa.

Un fugaz ideal cruzó mi cabeza cual trueno
haciendo que mis ociosas manos expriman
aquel pene erecto y listo para escupir todo.

Mi cuerpo se movía en mi larga cama azul
mientras de arriba a bajo y con insistencia
mis lisas manos recorrían un súper mundo;
el mundo de la prisa, lo oculto y prohibido.

Los latidos de mi joven corazón aceleraron
buscando el placer embrutecedor del alma.

Saltaron mis venas bailando un brutal pogo
porque las embriagantes músicas del placer
excitaban con vehemencia y con descontrol,
perturbandolas con el delicioso sabor a sexo.

Muy rápido y muy decidido llegó el clímax.

Muy fuerte y muy violento sacudió mi ser.

Me agarró cansado, jadeando y eyaculando.

Me convirtió en un buen y verdadero púber,
con mi mano manchada en la blanca materia
y creyéndome complacido de haber conocido
por fin, la rica y dulce masturbación primera.
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Decir nada


Por Joel Caceres

Ahora precisamente,
fue en aquel instante
en donde cavilando, cavilando
no sé me ocurría decir nada.
Pero tenía las ganas de expresarlo.
Simplemente quería decir nada.
Pero no una nada alimentada de todo,
ni conmiserable,
sino una nada en su más completa marginalidad.

Imaginé traer un cuaderno
y aquel lapicero negro que
direcciona hacia mí,
para así exponer con mediana inmensidad
esta nada tan inquietante.
Y vi el ordenador frente a mis ojos:
me era más fácil escribir en Word.

Entonces me di cuenta de lo complicado de mi misión,
¿Cómo podía yo decir nada?

Luego se me ocurrió desistir de esa idea
y escribir,
escribir sin cesar,
sin importarme nada,
pero no tenía nada que decir,
en verdad no tenía nada que comentar.

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Y bueno, al cabo de tibios pensamientos
de una cosmovisión
y de teorizar el porque del orden de estas teclas borrosas
concluí de lo imposible de aquella tarea.
Vi el dormir de mi hermano
–qué rico es tener 14 años carajo! me dije–
cerré los ojos por un momento
y derrotado como en aquella situación que no quiero evocar,
después de aceptar guardar los cambios
y apagar el ordenador,
me eché a dormir.

En los cercanos instantes
me vino la imagen de la película tiempos modernos de Chaplin.
Aún no terminó de comprender completamente por qué.

Vi estas líneas encolumnas en la mañana
y me invadió nuevamente las inquietantes ganas de decir nada,
pero en vez de perder el tiempo
decidí hacer algo mejor
–no sé hasta que punto lo que iba hacer era mejor, me dije–.
Le di unas pequeñas correcciones de algunos subrayados rojos,
copiar y pegar,
y lo publique en el blog.
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miércoles 6 de mayo de 2009

Poema de un amor desesperado

Por Hector Ccahua

¿Si me gustan los pericos?
Nada en lo absoluto.
Me gusta el licor y los cigarrillos
dormir hasta el mediodía
y jugar con mis genitales
pero,
¿los pericos?
Nada en lo absoluto.

Me gustan los buenos chistes
el lomo saltado
y soñar con un `ménage a trois´
pero no los pericos.

Me gustarían si se pudieran comer
o fumar
o beber
o en todo caso
si estos me acercaran
más a ti.
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domingo 3 de mayo de 2009

Cómo darte cuenta que tu mejor amig@ te quiere más de lo normal.


por Bryan Kabsther

¿Quién no ha tenido alguna vez ese(a) buen(a) amig@ al que todos en un momento consideramos como un herman@ mayor o menor? Sí, esos que nunca tuvimos así seamos el séptimo hijo del séptimo hijo. Estas son unas pequeñas señales para que los extremadamente candidos, que aún creen que un hombre y una mujer pueden ser “Los mejores amigos”. A menos que patees con las dos piernas. Cuidado varón, cuidado señorita; si tus compañeros dicen que tu amiguit@ no te ve tanto como un amig@, o que ella te mira con otros ojos, deberías analizar mejor tu relación y usar un poco de razonamiento lógico, o sea tu cerebro. He aquí 10 señales que te harán mas fácil la tarea y la llegada de la deducción lógica. El orden no importa, pero si con la última señal aún tienes dudas es porque sencillamente eres demasiado candelejón.

1. TE ACOMPAÑO
El “buen amig@” suele acompañarte sin refutar una sola palabra a la punta del cerro San Cristóbal a las 4 de la mañana, ya que no hay mayor felicidad para él o ella que perder el tiempo contigo. Mientras que el verdadero amigo, el verdadero pata, te manda al carajo cuando le solicitas tamaña estupidez. Te responde eufóricamente con un “Anda solo y no jodas”, “¿Sabes qué?: Hablamos por el Messenger” o “¿Estas fumado o qué?”.

2. NO ME CAE ESE TIPO
Este espécimen suele reconocer las debilidades, defectos y anomalías psicológicas (incluso morales) de las personas, específicamente de aquellas que son tu objeto de aprecio in extremis. Tu verdadero pata ante la clásica pregunta “Me gusta ese tip@, ¿tú qué opinas?”, te responde: “Cómetel@” o “Hazle el chuculún por detrás”.

3. POR TELEFONO SI
Las llamadas inútiles y sin sentido abundan en el teléfono del “buen amig@”. Considera cualquier motivo como vital para levantar la bocina y marcar tu número, o a veces solo presionar el discado automático. Típica conversación: “Ah, te llamé porque estaba aburrid@”, “Es que necesitaba hablar con alguien y ya que solo tú me entiendes”, “Oye cómo dices que se preparaba el arroz a la cubana”, “Oye y qué estas haciendo (a las ocho de la mañana de un domingo). El verdadero amigo te llama solo cuando le debes dinero, cuando quiere que le prestes dinero, cuando necesita algún órgano vital, transfusión de sangre o por último cuando quiere libar alcohol contigo.

4. LA TRANCA LE SIENTA BIEN
Por alguna extraña razón en las reuniones el “buen amigo" busca de una u otra manera dejarte en un coma etílico. Las artimañas van desde “la competencia bárbara del quien aguanta mas”, “el todito”, “verdad o castigo” y muchas más. Por otro lado la “buena amiga” tiene un lapsus hormonal que hace que todo el instinto maternal se desborde así le vomites en su regazo. Si estas demasiado gracioso, se ríe contigo, si ve que estás tomando a razón de 3 vasos por ronda te dice: “Oye ya no tomes tanto”, si comienzas a bailar solo y a abrazarte con cualquier desconocido, te esconde la botella. En casos muy raros, la “buena amiga" asume el rol de ebria y finge una borrachera para poder justificar su desinhibición, la cual suele terminar en una noche apasionada (contigo, obviamente); esto es útil para ella ya que al siguiente día arregla todo con la vieja excusa: “Estaba muy ebria, sorry”, “Tú sabes que eres mi pataza” o “¿¡Yo hice qué!?”.
El verdadero amigo bebe contigo sin medir los grados de alcohol consumidos. Si ve que estas picado te da mas alcohol para tumbarte. Si ve que estas cargoso te bota al piso, te saca la billetera y paga la cuenta con tu plata (y agarra para su pasaje).

5. OSITO CARIÑOSITO
Generalmente con la “buena amiga" suele ocurrir un evento denominado E.S.E.S.S.S (Exceso Sentimental En Situaciones Sin Sentido). Durante este suceso la “buena amiga" considera cualquier situación (a veces incluso el silencio) para arroparte en un abrazo capaz de moverte las costillas flotantes y cambiarlas de lugar. La “buena amiga" reacciona ante un simple “Creo que me estoy resfriando”, “Me saque 12 en literatura” o “Qué feo esta el día” con un efusividad que prácticamente te deja como kolinos usado. El yunta no se viene con estupideces. Si te ve deprimido, te invita trago. Si te ve feliz, te pide que le invites trago y cualquier iniciativa de algún gesto fraternal es respondida con un “Suéltame que no soy marica” o un “¡Shu! ¡Shu!”.

6. CAMBIO DE PERSONALIDAD
El “buen amig@" tiene la habilidad de mutar su personalidad tomando como escala tu personalidad. Los cambios a veces son leves e imperceptibles al ojo inexperto. Por ejemplo: “Ve los programas que tú ves”, “Utiliza tus frases”, “Utiliza los nicknames que pones en el Messenger”. Y a veces son desvergonzádamente notorios, incluso para el más candido, tales como: “Adoptar tu modo de vestir”, “Escuchar tu música”, "Compartir tus opiniones políticas y religiosas (no importa que seas un socioanarcosatanista)". En fin, si tu opinión hacia los judíos es tan o mas radical que la de Hitler, ella o él va a concordar contigo así sea descendiente directo del Rey David. El verdadero pata en cambio, si no concuerda contigo te manda al cuerno. Si no le gusta tu estilo, se burla públicamente de ti. Si no le gusta tu música te lo dice en la cara y te hace escuchar La gárgola, para que sepas lo que es tener flow. Si te pasa algo que te hace sufrir, lo publica en Sorbos, Colillas y Letras ya sea en narrativa o en poesia.

7. HABLA DE TI HASTA EN LAS ENTREVISTAS DE TRABAJO
Tanto el buen amigo como la buena amiga no pueden evitar hablar de las habilidades, aventuras y peripecias de su objeto de adoración (o sea tú, su “buen amig@"). El momento no importa, la situación siempre es ideal. Nunca falta en las reuniones familiares o de otros ámbitos sociales, en medio de una conversación o en un monólogo; siempre interrumpirá con un: “Oye alucina que a mi pata se le cayo un sol ayer.”, “Sí, eso es interesante, pero te cuento que ayer mi pata me contó un chiste buenazo…” o “Eso no es nada. Alucina que a mi mejor pata le paso algo peor”. En cambio tu Causa, tu Uña y mugre; no te recuerda al menos que le debas algo y sólo te menciona solo cuando quiere dar ejemplo de cómo no se debe actuar en estado de ebriedad.

8. A ESTUDIAR
La "buena amiga" o el "buen amigo" siempre se desviven por tu desenvolvimiento académico. Ellos pueden estar tan aprobados que no tienen que estudiar durante el tiempo que resta de carrera, pero quieren que tú estudies. Tus reprobados son laceraciones en su espalda. Las llamadas preguntándote si ya estudiaste u ofreciendote apoyo didáctico son usuales. Mientras que al verdadero amigo le importa un pepino que estés apunto de repetir el ciclo. Es más, si estas jalado hace pública tu ignorancia en... bueno un blog literario por ejemplo. Incluso te pondrá chapas como “Pedazo de bestia”, “Retrasad@”, “Calabaza” o simplemente “Bruto@”.

9. TE REGALO
El “buen amigo" encuentra cualquier ocasión propicia para darte presentes en muestra del gran “cariño” que te tiene. Las muestras pueden ser solapas como aretes, un disco de música (grabado por él o por ella), una pulserita o un chocolate (si cuestan más de 1 sol, esta confirmado). Hasta las muestras mas extremas como peluches (si mide mas de un metro se trata de una obsesión), celulares (¡esto es cierto eh!), discos de música originales, o en el caso mas ridículo una canción compuesta por él o ella mism@ (lamentablemente, esto también es cierto). El verdadero amigo en cambio, te regala un caramelo Monterrey para tu cumpleaños. A veces, si tiene plata, un helado turbo para navidad. Y evidentemente, espera que le des un regalo que sobrepase el sueldo mínimo vital. En caso de viaje te suela regalar las chucherias que le dan en los hoteles o te trae un trago para tomárselo contigo, aunque de seguro lo piensará 2 veces antes de decidir si es tu regalo o no.

10. TE AMO… ¡OOPS!
Es la señal más notoria y delatora de que estás tratando con un “buen amig@". Suele ser repentina e involuntaria, lo cual no le quita la etiqueta de "Declaratoria de amor desesperado". Quizá empiecen a discutir sobre algún problema tuyo y tú te comiences a cerrar ya que no te interesa ni tu propios problemas; es en esos casos cuando la “buena amig@" puede soltar un susurrante: “¿No entiendes que te quiero?” y arreglarla estúpidamente con un “como amigo” o en otros casos "Te amo… como amigo", "Te deseo… como amigo", "Sueño contigo… como amigo", "¡Te quiero tener amarrado a mi cama... como amigo!" De otra parte, la única muestra de afecto que vas a recibir de tu verdadero pata es un: “¿Eh? ¿Me decías algo?” O un “'Ta que triste tu vida.” O “Ah sí pe. Bueno apúrate y pasa el troncho”.
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viernes 1 de mayo de 2009

El furioso clima en la isla de tu recuerdo (pt3)


Por Fred Borbor

Decidí olvidarme de aquel asunto pues sentía que no valía la pena volverse loco por una situación tan estúpida y, hasta cierto punto, tan cómica como aquella. De modo que poco a poco fui recuperando mi buen humor, y mis pensamientos volvieron a estar volcados a otras cosas.

"O-oye P-aancho ¿v-vamos a co-comer a-algo?”
"No tengo dinero Carlos. Discúlpame. Otro día te acompaño”.
"B-bueno. t-tú de-decides m-man. s-si q-quie-quieres que-quedarte allí t-tirado en t-tu c-cama, p-pues a-allá t-tú.”


Pues sí, en realidad así es como quería quedarme: tirado en la cama, tomando cerveza, viendo series familiares al medio día y riéndome a carcajadas cada vez que recordaba mi estúpido comportamiento aquella noche. No sé, en esos momentos sentía que me hacía falta la presencia de la mujer no tan bonita y hermosa como tú Elena, pues estaba seguro de que si ella hubiese estado allí conmigo nada de eso habría ocurrido; por eso a menudo me preguntaba: ¿Por qué carajos ella tenía que estar tan lejos? ¿Si la extrañaba? Pues sí. Hasta cierto punto, sí. No tanto como días atras, pero aún quería tenerla cerca.

Sin embargo era hora de pensar en otras cuestiones tales como el trabajo. Porque muy a pesar de mi poco interés por el trabajo, sabía quede todos modos tenía que hacerlo ya que los gastos se incrementaban más cada día y, claro, no se iban a pagar solos. Es por ello que me emocioné tanto cuando encontré un buen lugar donde laborar. Eso me hizo sentir realmente contento. Especialmente porque los servicios con los que contaba no me iban a ser quitados y, además, eso haría que mi mente esté más ocupada en algo distinto a ti, mi querida Elena.

Ahora bien, si tengo que hablar del trabajo, debo decir que no era muy difícil, pues no requería de mayores destrezas intelectuales o demasiada cantidad de conocimientos en materia alguna. En realidad sólo era una maquinaria humana al servicio de las necesidades de un enorme mercado de consumidores. Eso hizo que de alguna forma vea traicionado mis ideales de chico pretencioso, pero no tanto como para dar un paso atrás. Necesitaba el trabajo y lo tomé sin baratos remordimientos de universitario idealista. Eso es todo. Al diablo con filosofadas contrarias al sentido común y al pragmatismo.

Los días pasaron y mi mente empezó a distraerse bastante por las amistades que hacía cada día en mi centro laboral. Los efectos de eso no se hicieron esperar: cada conversación graciosa, cada salida a la media noche al centro comercial o cada visita sorpresa a mi habitación; hacía que mi enojo, mi autodesprecio y mi pena se disiparan. Compredí nuevamente el gran poder que tiene sobre el ánimo individual el estar rodeado por personas que te divierten. A decir verdad, ahora ya no me interesa mucho ese poder dado el hecho de que ya no albergo esos sentimientos negativos en mi corazón. Pero en aquellos momentos sí que lo necesitaba, y mucho. Desde aquí quiero enviarles un gran agradecimiento a todos esos chicos que me hicieron tanto bien con su compañía: gracias muchachos. (Disculparán la falta de emotividad en mis agradecimientos, pero gracias.)

Todo iba bien, hasta aquella mañana cuando, después de desayunar y cruzar las calles con un frío atroz hasta llegar a la empresa donde trabajaba, me sorprendí tan agridúlcemente al verte allí, con un uniforme, atendiendo a las indicaciones que te daba la señora Linda (mujer admirable y virtuosa que debes recordar con cariño y afecto al igual que yo). Ella me saludó con su acostumbrada amabilidad:
"¡Francisco! ¿Cómo estas esta mañana? Ella es Elena, trabajará aquí desde hoy”.
"Sí, nos conocemos. Hola Eli.”
"Hola Pancho. ¿Qué sorpresa no?”


Así nos saludamos Elena, con un atisbo de cierto recelo. Con una pizca de cierta vergüenza mutua. Tal parecía que tanto tú como yo, teníamos claro que lo sucedido en aquella fiesta nos desbarató; no obstante que nunca habíamos pronunciado frase o palabra alguna que dé a entender el carácter sentimental de nuestras nuestras acciones. Lo sucedido en la fiesta fue un enfrentamiento psicológico que no necesitaba de muestras explícitas o concretas para dar como resultado esa sensación de disconformidad e incomodidad aquella mañana.

Dije que grande y agridulce fue mi sorpresa cuando aquella mañana te vi en las instalaciones de la compañía, y lo fue porque debo confesar que tu presencia allí tan cerca, significaría de todos modos algo grato, a pesar de lo lastimado que estaba mi corazón de amante desdeñado y mi espíritu de celoso burlado. Así que tomé la decisión de comportarme esta vez sí a la altura de las circunstancias: “Somos compañeros de trabajo y como compañera de trabajo la trataré”, me dije. Además -discúlpame la sinceridad Elena- ¿por qué debería morir mi estrenada emoción por el trabajo al estar tú tan cerca? ¿Acaso no debería significar ello un elemento más que contribuía al agradable ambiente laboral que en esa compañía existía? ¡Caramba! Tú sólo habías sido mi amiga hasta ese momento, nada más; por lo tanto era estúpido que exista tensión alguna entre nosotros.

Gracias a estas reflexiones mi emoción por el trabajo resurgió, y mi vida parecía volver a tomar un ritmo muy agradable ya que era sumamente bonito trabajar en ese lugar. Era imposible que alguno no se sienta emocionado y feliz en esas condiciones. Al menos eso creía ya que yo me sentía así. Pero estaba equivocado, porque no todos estaban emocionados. No a todos les embargaba una cierta felicidad porque su vida tomaba un ritmo agradable; pues tu sonrisa seguía siendo tan triste como siempre Elena. Tu mirada aún se dirigía a un vacío que tal vez solo tú comprendías e incluso, solo sonreías cada vez que atendías a un cliente; no lo hacías siempre. Al alejarse el cliente, nuevamente tus labios volvían a un estado sereno y melancólico haciendo que tu sonrisa desaparezca. Cundo te miraba desde lejos también encontraba las respuestas a aquellas preguntas que me hacía mientras pasaba los días tirado en la cama, tomando cerveza, viendo series familiares al medio día y riéndome a carcajadas cada vez que recordaba mi estúpido comportamiento aquella noche de celebraciones: eras hermosa.

Un día mientras trabajábamos, tomé un descanso y, fiel a mi carácter burlón y jodido, fui a verte a tu estación. Te observé por algunos segundos desde lejos y cuando estuve a punto de regresar decidí hablarte: “¡Hey tú! Trabaja pues.” Tú me miraste un poco sorprendida por mi audacia de hablarte de manera amistosa y simpática y me respondiste con una de las sonrisas más hermosas de las que tiene registro mi memoria -y quiero creer que una de las mejores que has dado en tu vida-. Aún era una sonrisa triste, pero a la vez era hermosa. Aquella sonrisa se ha convertido, debo aceptarlo, en la referencia a las posteriores sonrisas de las cuales yo pueda ser merecedor: “No se parece a la sonrisa de Elena”. “Más o menos se parece a la sonrisa de Elena”. “Le falta mucho para que sea como la sonrisa de Elena.” Y es que talvez se trate de una sonsera de mi parte, pero tu sonrisa fue una de tus cualidades que más disfruté mientras te tuve. Ahora solo la veo en las fotos y videos que tengo como recuerdo de nuestra historia, y créeme cuando te digo que es una de mis más grandes melancolías.

La tranquilidad en la que vivía aquellos días era atronadora. Casi, casi era la vida perfecta: buen sueldo, trabajo fácil, alejamiento total de una vida caótica como la que llevaba hasta hacía unas semanas. Incluso hasta empecé a dejarle de tener interés al embobamiento que sentía por aquella mujer no tan bonita y hermosa como tú. La estaba pasando muy bien a decir verdad auqneu debo aceptar que aquella tranquilidad se vio un poco alterada por la llegada repentina de dos caricaturescos personajes que venían del sur. Ellos le pusieron dos cosas a mi estancia: mayor cantidad de compañeros de trabajo y la necesidad de una habitación privada ya que eran pareja. “Suertudos” –pensé- “vienen en pareja así que se podrán calentar todas las noches.” Y como buen hospedador acepté brindarles mi habitación, sin tomar en cuenta que eso me dejaba repentinamente en la condición de desposeído habitacional. Una vez más comprobaba que el ser buena gente, atento y comedido, nunca me iba a dar buenos réditos. Aplausos talvez, pero buenos resultados prácticos jamás: ¿Dónde carajos iba a dormir?

Afortunadamente ustedes como buenas amigas me ofrecieron un espacio en su casa; oferta que acepté de inmediato y de manera gustosa, aunque es menester dejar en claro Elena, que no acepte esa oferta por querer aprovecharme de la situación y mucho menos porque buscaba un acercamiento físico contigo. Me gustabas, pero si hay algo de lo que me puedo enorgullecer, es que siempre tengo un trato cordial y correcto con las mujeres. Además que para ese momento yo ya me encontraba bastante concientizado acerca de la imposibilidad física y moral de tener algo contigo; tal vez por mi poca autoestima, tal vez por mi macho orgullo masculino herido aquella noche en la fiesta. ¿Quién sabe? A lo mejor por tonto. Aunque sí es necesario reconocer que me encontraba un poco contrariado por aquella situación Elena, pues si bien es cierto la iba a pasar muy bien con ustedes, también es cierto que un hombre durmiendo entre cuatro mujeres, incomoda a cualquiera. ¡En fin! la oferta estaba aceptada y la decisión tomada. No me quedaba más que acomodar mis cosas y convertirme en una más de de la habitación, aunque eso suene un poco maricón.

“Bueno Panchito, tendrás que acomodarte no más.” –me dijo chabela cuando me trasladaba.
“Recuerda que no queremos ronquidos, bullas innecesarias, ¡y mucho menos pedos ah!”
“Jajaja. Gracias chabelita. No te preocupes que de mi no saldrá flatulencia alguna”.
“¡Ah! me olvidaba: ¡nada de mañoserías tampoco ah! O sea, yo entiendo que seas hombre, pero supongo que sabrás controlar tus impulsos.”
”Pucha amiga, encerrado en un ambiente tan pequeño con cuatro bellezas… ¿No crees que me puede dar ganas de ver aunque sea un dedo gordo del pie calato?”
”Jajaja, ay no se, pero te me controlas papito, ¡te me controlas!”
”Entendido chabelita.”


Y así, sin más ni más, me mudé aquella noche a tu casa, intentando dormir en una cama de plaza y media, acompañado por dos mujeres; el sueño de todo hombre para algunos y la peor pesadilla para otros como yo, acostumbrado a dormir desparramado en una cama de dos plazas, sólo, emitiendo las flatulencias que me daba la gana y moviéndome bruscamente cuanto quisieran. Así que debo confesar que esa experiencia no fue nada chévere ya que la pasé muy mal. La incomodidad que experimenté mientras intentaba dormir con Chabela y Elvira a mi lado, me hizo sentir una lady que no podía soportar dormir incómoda y me daba mucha verguüenza a decir verdad. Esa vergüenza no era producto de un simple capricho, no. Esa vergüenza era producto de mi crianza Elena. En serio. Para ser más claro te contaré lo que pasaba por mi mente en aquellos momentos, mientras intentaba dormir junto a ustedes: resonaban las palabras que mis dos hermanos mayores -militares ellos- cuando me decían que "Un hombre de verdad nunca se queja.” “Un hombre de verdad lo soporta todo.” “Un hombre de verdad nunca es débil.” “Un hombre de verdad es como una piedra.” Entonces, mientras me acomodaba en el suelo, pensé: “Supongo también que un hombre de verdad debe saber dormir donde sea y como sea.” Y me sentí mal conmigo mismo; pues por aquellos tiempos yo estaba muy seguro que sabía asimilar todos los preceptos que en mi familia me daban. Es más, los practicaba en mi vida diaria y realmente quería ser aquel hombre de verdad. Pero no pude Elena. No aquella noche. Tú sabes que soy capaz de soportar cualquier incomodidad. Sabes también que nunca me quejo y soporto todo. Nunca me muestro débil y a veces soy como una piedra. Pero si de dormir se trata, sabes que soy una completa lady. Sencillamente no me gusta dormir incómodo. Nunca busco faltarle el respeto a mi sueño y -perdona Elena y perdónenme chicas- pero aquella noche, al dormir con ustedes en su habitación, si sentí que le estaba faltando el respeto a mi sueño y a mi persona.

Fue así como la noche siguiente ya no estuve dispuesto a pasar por aquella pesadilla nuevamente, y aunque al transmitirles mis pesares e incomodidades me iba a sentir más lady aún, decidí aguantarme el roche como macho y terminé quejándome de todos los dolores de espalda que me causó el hecho de dormir en el suelo y del intenso temor de caerme que sentí cuando trataba de acomodarme en la misma cama con Elvira y con Chabela. Ustedes, como era de esperarse, soltaron sonoras carcajadas las cuales, no me causaron mucha gracia. No podía entender como eran incapaces de comprender los padecimientos de alcoba de alguien. “Son unas arpías. Eso son, unas malvadas arpías.” -les dije-. Pero debo reconocer que, a pesar de lo arpías que eran, para mí siempre tenían el corazón en la mano chicas. Por eso entre las cuatro decidieron que era mejor que la lady de Pancho duerma contigo y con Rosa ya que ambas eran más pequeñas y por ende ocupaban menos espacio en la cama de plaza y media que les pertenecía y evidentemente, yo estuve de acuerdo. ¿Cómo iba a rechazar semejante oferta? Era la oportunidad perfecta para estar a tu lado por primera vez aunque sea por necesidad, sentir tu respiración, sentir tu aroma, sentir tu cuerpo dormido junto al mío. Claro, siempre y cuando a la fastidiosa de Rosa no se le ocurriese dormir en medio de los dos.

Me emocioné porque podría compartir contigo algo tan íntimo y tan personal como el sueño, e incluso pensé que tal vez podría hacerme el dormido y así abrazarte y luego justificarme diciendo que estaba dormido: “¡Pucha, sorry Eli! Estaba dormidazo y no sé si estaba soñando o qué, pero de veras que no te abracé a propósito.” O tal vez solo hacer el papel de quien no recuerda absolutamente nada -no sería la primera vez que iba a hacerlo-. Todo ello, claro está, corriendo el riesgo de que tu reacción sea totalmente negativa. ¿Quién sabe? Talvez te despiertes y me armes el escándalo del siglo en medio de la oscuridad haciendo que las demás chicas se despierten también y entre las cuatro terminen botándome a patadas del cuarto por mañoso, atrevido, aprovechado y sin vergüenza. Pero obviamente yo no era tan osado. Nunca me iba a atrever a realizar tamaña riesgocidad. Soy demasiado cobarde para eso Elena. Tú lo sabes bien. Sin embargo, aún consideraba que aquella era una oportunidad que no podía ser desaprovechada.

La verdad es que aún me gustabas Elena, y mucho. Aún saltaba mi corazón al verte, al escucharte o al pensarte. Por eso tomé la decisión de hacer algo menos osado, menos valiente y menos riesgoso: “Me quedaré despierto toda la noche.” Y así lo hice. Me quedé despierto toda la noche. Quería tener el placer de disfrutar cada minuto de tu sueño y no quería correr el riesgo de perderme un solo instante de tu descanso. Quería observar tu hermoso y bello rostro mientras estabas en el reino de Morfeo.

Pero ahora que lo pienso bien, debo reconocer que, además de la decisión que tomé; el insomnio fue otra de las razones por las cuales no pude cerrar los ojos aquella noche. Un repentino problema de nervios, supongo. Lo cual era algo extraño en mí ya que nunca había sufrido de insomnio ni en los peores momentos de mi vida. Por lo tanto sólo me puse a ver la televisión y luego de dos horas de Headbangers Balls, una hora de The Fresh Prince in Bell Air y algo más de otra cosa; apagué el televisor para intentar mitigar el sueño y vencer al insomnio. Me eché boca abajo, hice silencio y afiné los sentidos. Quería sentirte. Afortunadamente tú te echaste en el medio de la cama, es decir a mi costado, y podía sentir tu brazo pagado a mi brazo. Tú dormías profundamente y yo a veces me movía un poco tratando de pegarme más a ti y creo que tú también lo hacías. Todo era silencio alrededor. En aquella noche me di cuenta de que a pesar de las apariencias que trataba de imponer en mi persona, era un hombre bastante temeroso. De ello me di cuenta por los nervios que empecé a sentir por el solo hecho de saberte junto a mí Elena.

Mantenía los ojos bien cerrados más que por estrategia, por los nervios, y me mantenía inmóvil más que por el sueño profundo en el cual, se supone, me encontraba; por el placer que me producía el sentir tu encantador brazo pegado al mío, rozando tu piel a la mía. Entre mis pensamientos más impuros, creo que el que pasaba por mi cabeza en aquellos momentos era el más puro: "Que delicioso será abrazarla desnuda en la cama." Y ese no era un pensamiento nuevo en mi cabeza pues ya días antes, mientras te observaba cuando caminabas por la habitación y mientras trataba de disimular mis miradas cambiando compulsivamente de canales; pensé algo similar: “Qué delicioso y que rico será abrazarla y darle un besito en la mejilla.” E iba creciendo en mí, un deseo platónico, casi utópico: el poder tener algún día una mínima oportunidad de tocarte, de abrazarte tiernamente, de besarte despacito y con calma… De quererte.

Pero en esos momentos me seguía manteniendo inmóvil. No quería despertarte Elena. Te sentía tan exquisita a mi lado. Te sentía tan exquisita mientras oía tu respiración. No, no quería despertarte. Mi inmovilidad solo era interrumpida cada intervalo de tiempo por leves movimientos, acomodos y reacomodos que, como ya te dije, buscaban tramposamente pegarme más a ti. Tú seguías profundamente dormida. Tu rostro mostraba una serenidad tan complaciente que transmitía la idea de paz y tranquilidad. Me encantaba tu brazo pegado junto al mió. Por un momento me erecté por el placer que me producía la sensación de tu brazo rozando mi brazo, así que despacito y tratando de hacer el mínimo movimiento posible, llevé mi mano izquierda a mi sexo y comencé a acariciarlo. Cruzó por mi cabeza la idea de seguir haciéndolo hasta llegar al clímax, pero fui demasiado cobarde para hacerlo pues pensaba que si lo hacía, talvez te despertarías por los ruidos y los movimientos bruscos. Decidí solo continuar con mis ojos cerrados, sintiendo el roce de tu encantador brazo y acariciándome el sexo suavecito, casi imperceptiblemente. Sin embargo no contaba con la repentina aparición de un viejo padecimiento corporal que, inducido no sé si por las cobijas de algodón, por la cercanía de tu calor o simplemente por mis nerviosos placeres circunstanciales; se convirtió en mi peor enemigo: mi execrable tendencia a sudar en cantidades casi industriales. Execrable tendencia que tú supiste soportar estoicamente durante todo el tiempo que nos tuvimos. "Definitivamente no podré soportar esto toda la noche,” –me dije- “tengo que moverme.” Craso error.

El movimiento que hice fue tan brusco que te despertó y así, sin más ni más, me diste la espalda y continuaste durmiendo. Otra vez me sentí derrotado Elena, ya que al parecer no tenía la habilidad de acertar a hacer algo bien cuando te tenía cerca. Desalentado tomé el control remoto del televisor y comencé a ver The Daily Show y mientras Jon Steward se burlaba de la candidata presidencial que creía que África era un país; tímidamente volteé a mirarte solo para darme cuenta que tu espalda se había convertido en un muro infranqueable. Nuevamente te había perdido. Di un largo suspiro y pensé: "¡En fin!" Apagué el televisor y comencé a hacer denodados esfuerzos por quedarme dormido. La noche iba avanzando y, ¿cómo no? Yo Pancho, la lady que no podía dormir en el suelo, el chico mañoso que se había estado acariciando el sexo mientras tú rozabas tu brazo contra el suyo; no podía dormir. Esta vez ya no por decisión propia sino porque simplemente no podía. Sin embargo pensaba que no era posible tanta cobardía de mi parte. Algo tenía que hacer. Si ya todo estaba perdido, ¿qué me importaba correr un riesgo aquella noche? Si tenía que salir de aquel cuarto iba a hacerlo teniendo la conciencia tranquila y sin el pesar de no haber intentado por lo menos una pequeña valentía para acercarme a ti, aunque ello implique el ser eyectado de ese cuarto a patadas por mañoso, atrevido, aprovechado y sin vergüenza.

Me atreví a voltear con dirección a ti, me pegué un poquito a tu espalda y di un pequeño suspiro. Y de repente, en medio de tanto insomnio, en medio de tanta desesperación por estar durmiendo al lado de una de las chicas más hermosas que había conocido en mi vida y no poder siquiera mantener su brazo rozando al mío, en medio de la ansiedad que me causaba la no llegada del amanecer; de repente sucedió un milagro: volteaste, pegaste tu rostro al mío y, aún con los ojos cerrados, diste un pequeño suspiro. Mi alegría y mi emoción no tenían cabida en ese momento en algo tan pequeño como mi corazón. A pesar de no saber si lo habías hecho adrede o sin pensarlo, estaba feliz. Ya no cabía ni siquiera la sugerencia de mantener los ojos cerrados. Te miraba Elena. Te contemplaba con toda la pasión que sólo un espíritu salvaje como el mío era capaz de tener.

Luego de aquella pequeña victoria caí en cuenta de que tal vez no era tan malo eso de correr pequeños riesgos. Me animé a más. Decidí poner mi brazo sobre tu cintura sin importarme ya lo que vendría después. Tú te pegaste más a mí Elena y mi corazón comenzó a latir furiosamente. Poco a poco y casi temblando por la emoción, levanté mi mano y acaricié tu rostro; ese mismo rostro tan admirado, tan adorado, tantas veces deseado. Ese rostro que, en adelante, se convitió en mi total felicidad. Tú te pegabas más a mí. Con tus dedos me cogiste la barbilla tiernamente diciéndome en el lenguaje que solo los amantes saben entender: te quiero.

Dejé que los minutos pasen. Quería disfrutar al máximo de tu bien pincelado rostro. Después, cuando ya las emociones se encontraban hirviendo violentamente en nuestros latidos, recordé aquellos pensamientos puros que tenía cuando te miraba y te di un besito en la mejilla. Fue un besito tan rico, tan suave y tan dulce que hoy, cuando lo recuerdo me sumerjo en un mar de tristes e innavegables nostalgias Elena. Esos besitos a tu mejilla se multiplicaron y extendieron por algunos minutos más. Tú los recibías callada, como tú solamente eres. Mantenías los ojos cerrados, no sé si por sentirlos y disfrutarlos mejor o tal vez imaginando que se trataba (ahora lo creo así) de los besitos propinados por el protagonista de alguna historia guardada en tu corazón. No me importa. Yo lo estaba disfrutando.

Luego de largos y deliciosos minutos dándote besitos en la mejilla, decidí intentar besarte en los labios. ¡Ah esos labios tuyos mujer! Tan riquísimos que fueron. Acerqué tímidamente mis labios a los tuyos y los rocé despacito, con calma y con paciencia. Sacié mi sed desmesurada de ti. Te acariciaba tu pincelado rostro mientras poquito a poco iba disfrutando de tus labios embrujantes. También con calma, tú ibas masajeando mis labios con tus labios. Me abrazaste fuertemente haciéndome sentir que era el único hombre sobre la tierra. Te pagaste tanto a mí que casi compartíamos el mismo latido y la misma respiración. Tus pies tocaron los míos y con ellos comenzaste también a acariciarme. Con el temor siempre de equivocarme, afirmaría que aquel momento realmente había sido también esperado por ti Elena. Ojalá que sí.

Así pasamos toda esa noche hasta que vimos juntos el amanecer. No nos interrumpimos con alguna palabra. No hubo diálogo entre nosotros ya que hacerlo hubiese sido algo muy banal, muy vulgar y muy pueblerino. No podíamos manchar la pureza de aquella experiencia con superfluos anexos. Y cuando el amanecer se impuso y las demás chicas despertaron, me levanté, me puse el uniforme y me fui a trabajar. Ni siquiera te di un beso de despedida Elena.

Aquel día, la mujer no tan bonita y hermosa como tú que me tenía embobado, terminó de desaparecer por completo de los registros y anales de mis pensamientos. Sin embargo días después descubriste que aún mantenía contacto con ella y me lo recriminaste. Me lo recriminaste tarde Elena, porque para ese momento ella ya había recibido una carta en la que, con todas las características patéticas que el caso ameritaba, le decía adiós.
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